Claudia Olefnik
Artista plástica
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Después de las celebraciones, los brindis, las sobremesas que parecen eternas y los fuegos artificiales coronando la noche, hay un momento silencioso y casi sagrado: ese espacio en el que nos detenemos a mirar hacia adelante, a imaginar qué será del año que empieza. Es ese instante íntimo, casi imperceptible, donde se gestan los proyectos, los deseos, las ganas de construir algo nuevo.
Y entonces vuelvo siempre a pensar en esa imagen: un lienzo donde la esperanza se hace visible. La Esperanza (L’Espérance), del pintor francés Pierre Puvis de Chavannes, no es solo una figura en un cuadro: es un símbolo de lo que esperamos cuando el calendario cambia. En una escena que parece suspendida entre ruinas y luz, una joven sostiene un ramo de olivo, símbolo antiguo de paz y reconciliación, mientras la luz asoma más allá de las colinas. Flores brotan entre piedras, anunciando que, incluso tras el invierno, la vida puede renacer.
La obra fue creada en un momento histórico atravesado por conflictos, pero su fuerza no está en el pasado al que refiere, sino en su valor universal y atemporal: cada uno de nosotros, cuando pone un proyecto en marcha, cuando decide empezar de nuevo, está invocando esa misma esperanza. Esa luz que dice: “Todavía queda un día por pintar”. Es como si el lienzo hablara directamente a quienes sienten, en lo más profundo, la necesidad de creer que algo mejor se viene.
En la pintura, la figura serena no mira atrás, ni se aferra a la nostalgia por lo perdido. Su postura es contemplativa y al mismo tiempo expectante: está justo en ese punto donde nace un futuro posible. Si miramos su gesto y los elementos que la rodean, el ramo verde, el cielo que se ilumina, las flores que rompen el suelo duro, encontramos una metáfora del corazón humano que late con nuevos planes, esperanzas y sueños.
Qué hermoso es imaginar que, así como esa figura avanza hacia la claridad, también nosotros podamos hacerlo con nuestros proyectos, con nuestros afectos, con nuestros deseos más profundos. El arte tiene esa potencia: no solo muestra lo que vemos, sino lo que podríamos llegar a ser. Nos recuerda que cada mañana es una página en blanco, un nuevo motivo para crear, imaginar, construir y compartir.
Tal vez por eso tantas veces miramos una pintura y sentimos un quiebre interno, una puerta que se abre. Porque el arte es ese puente: nos liga con nuestras propias ganas de empezar de nuevo, de confiar en que hay luz aun después de la oscuridad, y de creer que cada pincelada que damos en nuestra vida, por chiquita que sea, tiene un significado profundo.
El año que comienza nos regala, así, la oportunidad de volver a poner la primera mancha de color en el lienzo de nuestros días. Que la esperanza nos acompañe y que cada proyecto florezca como lo hace la luz detrás de las colinas en “La Esperanza”. Porque los comienzos no son promesas vacías: son actos de fe, fortaleza y belleza.







