El año empieza casi siempre con una lista invisible: proyectos, deseos, promesas. Queremos que lo nuevo sea mejor, más liviano, más verdadero. Buscamos señales. Y a veces, esas señales aparecen en el arte. Hay una obra de Gustav Klimt que vuelve con fuerza cada enero: “El Árbol de la Vida”. No es un árbol cualquiera. Sus ramas no crecen en línea recta; se enroscan, se expanden, se cruzan. No buscan llegar rápido: buscan permanecer.
Klimt entendía que la prosperidad no es una carrera, sino un proceso. Que lo que crece sano necesita tiempo, cuidado y sentido. En su árbol, el dorado no es ostentación: es luz. Es la energía vital que circula cuando algo está alineado con lo que somos.
Me gusta pensar los proyectos así: como árboles. Primero, raíces. Después, tronco. Recién al final, flores y frutos. Nada verdadero nace de la prisa. Todo lo que vale la pena necesita un ritmo propio.
En estos días de comienzos, el arte nos invita a elegir “cómo” queremos crecer. Si hacia afuera o hacia adentro. Si acumulando o profundizando. Si persiguiendo metas o construyendo caminos.
El Árbol de la Vida también nos recuerda que no todo es control. Hay curvas, desvíos, nudos. Y está bien. De hecho, es ahí donde la forma se vuelve interesante. Donde la historia se vuelve única.
Prosperar no es tener más. Es “estar mejor”. Es sentir que lo que hacemos tiene raíz en algo auténtico. Que nuestros proyectos nos representan. Que no estamos copiando un modelo ajeno, sino dibujando el nuestro.
Este nuevo año, elijo desear eso: proyectos que crezcan con sentido. Esperanza que no sea ingenua, sino sostenida. Buen augurio que no prometa perfección, sino coherencia. Que cada uno encuentre su árbol. Que lo riegue con paciencia. Que confíe en sus tiempos. Porque cuando las raíces son verdaderas, lo que florece lo es también.








