Cuna de la imprenta sudamericana, Reducciones de Nuestra Señora de Loreto

El 18 de septiembre de 1770 se escribió el primer libro en Misiones, obra del padre José Serrano y se trató de una copia de un texto del Martirologio romano, en el que se describe ordenadamente los nombres de santos y mártires de la Iglesia Católica.

10/03/2019 18:24


Las Reducciones Jesuíticas Nuestra Señora de Loreto se encuentran en el Departamento de Candelaria, a proximadamente 55 kilómetros de Posadas.

Hay pueblos grandes y pueblos pequeños sólo por su tamaño. Este es uno de ellos. Es su historia, no siempre valorada, la que lo hace inmensamente rico. Aquí, hace más de dos siglos, se imprimió el primer libro de Sudamérica, en la Misión Nuestra Señora de Loreto.

Como todo inquieto buscador de la historia, Rubén Emilio García dedicó parte de su vida a escudriñar el pasado, especialmente en todo aquello que involucre a Andrés Guacurarí y, por otro lado, al padre Antonio Ruiz de Montoya, pues Misiones es mucho más que “un crisol de razas, yerba y Cataratas del Iguazú”, incluso es autor de varios libros, como “Nuestros Años de Sueños y Utopías”, “Mártires del desatino”, “Misiones. La República Utópica de los Jesuitas” y “La Batalla de Mbororé”, y fue él quien recordó que “Carlos Arancio menciona que el día 18 de septiembre de 1770 se escribió el primer libro en Misiones. En realidad fue el primero en Argentina y en Sudamérica, pues los anteriores se editaron en México”.

La obra la concretó el padre José Serrano, justamente, “en la imprenta de la Reducción de Nuestra Señora de Loreto, que se construyó con la mejor madera de la región, los tipos se elaboraron mediante aleación de hierro y estaño, impregnados con tinta extraída de variadas especies de jugos vegetales, incluido la hoja de la yerba mate”, sostuvo.

En las Reducciones de Santa María se exhibe una réplica de la imprenta que supo recorrer las misiones.

El primer libro impreso fue copia de un texto del Martirologio romano, en el que se describe ordenadamente los nombres de santos y mártires de la Iglesia Católica, y a este sucedieron otros tantos textos, muchos incluso narrados en idioma guaraní, castellano o ambos, lo que significaba un gran esfuerzo lingüístico.

Sin embargo no todo se limitó a Loreto, todas las misiones escribieron libros y esta misma máquina se encargó de imprimirlos, pues fue transportada de un lugar a otro en forma organizada a través de la selva.

Lamentablemente en “Argentina el Día del Libro se celebra el 15 de abril, recordando que en esa fecha del año 1908 se entregaron premios por un primer concurso literario organizado por el Consejo Nacional de Mujeres. Luego concretado en efeméride mediante el decreto 1038 del año 1924”, entendió García e hizo hincapié en que bien podría haberse tenido en cuenta “el 18 de septiembre, cuando tuvo lugar la primera impresión de un libro escrito en Argentina y con la epopeya comunitaria y humanista de las Misiones Jesuíticas, el único sistema de gobierno socialista concretado sobre la faz de la tierra. No hubo otro”.

Las ruinas, invadidas por la vegetación, ocupan una extensión de 75 hectáreas. Como otras misiones, presenta un trazado ordenado alrededor de la plaza.

Los “ingenieros”

Los fabricantes de la imprenta fueron los padres Juan Bautista Neumann y José Serrano. Según el historiador de las Misiones Jesuíticas padre Guillermo Furlong, los jesuitas reclamaban desde 1632 a España que se enviara a un impresor, como finalizando el siglo XVII aún no habían logrado este cometido y ya desesperanzados por el arribo de religiosos expertos en las artes tipográficas, Neumann, austríaco nacido en Viena el 7 de enero de 1659, hizo que se construyera una imprenta con maderas nobles de la región y una aleación de plomo y estaño para fabricar los tipos.
Serrano, andaluz que llegó al Río de la Plata con sólo 24 años, lo acompañó en la tarea que supo dar grandes frutos, pues en los inventarios realizados en 1767, cuando los Jesuitas son expulsados, aparecen ediciones en muchos pueblos y libros como, por ejemplo, el “Flos Sanctorum”, una obra del siglo XI que trata la vida de los Santos de la Iglesia, traducida al latín y al guaraní; una traducción al guaraní de la “Diferencia entre lo temporal y eterno” o “Explicación del catecismo en lengua guaraní”.
Obviamente, esta imprenta tuvo licencia para trabajar, como se requería en la época, se otorgó en Lima, el 5 de septiembre de 1703, según consta en el Prólogo de la “Diferencia entre lo Temporal y Eterno”.

Se observan los cimientos y canalizaciones de las letrinas. Las teorías sobre la canalización indicarían que el material que éstas recogían era utilizado como fertilizante en los huertos.

Las Reducciones de Loreto

La primera reducción de Loreto se la fundaron los Padres José Cataldino y Simón Masseta, en 1610, en el Guayrá, en la ribera izquierda del río Pirapó. En 1631 emigró junto con San Ignacio y otros pueblos conducidos por el padre Antonio Ruiz de Montoya a las márgenes del arroyo Yabebirí y, tras algunos asientos provisionales, se estableció en 1686 en el lugar donde hoy quedan los restos de sus ruinas, en cercanías del actual pueblo de Loreto.

Al igual que otras misiones, presenta un trazado ordenado alrededor de la plaza donde se alzaba el conjunto de la iglesia, sacristía, casa de los padres, escuela, cementerio, huerta y otras dependencias comunitarias. Las tiras de vivienda de los aborígenes guaraníes ocupaban los lados restantes, y continuaban por el lado sur del conjunto eclesial.

Aquí existen además restos de obras utilitarias, esta misión es la única donde se hallaron restos del sector de letrinas, con un sistema de cloacas que permitía generar abono para las huertas, canalizaciones de riego, de las que se han extraído importantes testimonios arqueológicos de la vida cotidiana en las misiones (botellas de vidrio, vajilla de porcelana, etc.).

Los restos de las construcciones dan cuenta que, como en todos los casos, los materiales más utilizados fueron piedra, adobe y tapias; las estructuras eran de madera y las cubiertas principales de tejas.

El año más funesto para esta reducción (al igual que para Candelaria, Santa Ana, San Ignacio y Corpus) fue 1817, cuando tropas paraguayas invadieron, saquearon y quemaron cuanto encontraron a su paso, llevándose en carretas cuanto objeto de valor pudieran hallar.

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