Recitadora de largos poemas, con un humor poco visto en estas épocas y llena de vida. Así es Solinda Sosa, viuda de Vivero, quien cumplió el mes pasado nada menos que 102 años. Pero su larga edad no es sinónimo de merecimiento por sí sola sino que va acompañada de una interesante historia de vida.Paraguaya de origen, vivió de pequeña el tornado de Encarnación que recuerda como si fuera hoy y hasta a ella le llama la atención su memoria. “Yo era chica, iba a la escuela, habrá sido en los primeros grados. Me acuerdo que ese día nos hicieron ir a todos a la casa porque anunciaban algo feo, como un ciclón. El cielo estaba amarillo, después empezó una lluvia torrencial, mi mamá rezaba y decía vamos a morir todos. Yo me prendía de su pollera. Se escuchaban como truenos y era el viento. Llovía a cántaros, la calle parecía un río y creía que iba a haber inundación, pero no fue así. Justo estábamos en la Villa Alta y a una cuadra se escuchaban lamentos. Al día siguiente pasaban las carretas con muertos, nosotros los chicos salimos todos a la calle a mirar. Llevaban los muertos y los tiraban en una fosa común. En una casa murieron todos, uno se salvó porque no estaba. Estaban todos encimados, ¡pobres! Seguramente se protegían. Una tía mía estaba también en el puerto en la casa de una señora y se salvó. Todos vinieron a mi casa porque perdieron todo. Estuvieron mucho tiempo hasta que se recuperaron. Eso todo me acuerdo…”, por momentos suelta una carcajada contagiosa y también se le llenan los ojos de lágrimas. Emotiva y cándida como salida de un cuento de García Márquez.Solinda no se olvida de su joven hija María Estela quien enfermó de lupus y no pudo sobrevivir. Falleció a los 23 años y dice: “Era la más linda, muy amorosa, hasta el último día ella estaba sonriente”, cuenta mirando al gran cuadro que tiene en la pared con su foto. Y tuvo que sobrevivir porque tenía más hijos y la vida continuó para ella sin descanso. El secreto de vivir y pasar los cien años a pesar del dolor es para ella el haber sido pobre. “Cuando somos pobres todo aguantamos. Siendo pobre se aguanta todo. Tuve que aguantar mucho y seguir adelante, ahora se aguanta muy poco porque tienen todo”, y no deja de sonreír. Para dar fe de lo soportado recuerda que planchaba los guardapolvos con la plancha a carbón, “los tenía siempre limpios y las maestras me felicitaban porque los chicos siempre tenían los guardapolvos bien blancos”, dice orgullosa y agrega que también pasó a la plancha eléctrica, pero mucho después. Tampoco se olvida de su esposo quien fue el dueño de Casa Vivero y como hombre de aquel entonces no ayudaba en la casa, era el proveedor y ella quien se ocupaba de ser la mejor ama de casa. Además recuerda y se emociona: “Yo tenía una suerte porque linda no soy, no soy elegante, no soy nada. Pero me querían mi maestras, mis compañeras aunque ellas eran caté (de clase alta) y yo no. No sé… era alegre, me daba con todos y me querían. Quizás fue esa sonrisa la que conquistó al que fue su esposo a quien conoció en un velorio (más risas). “Era el velorio de una tía de él. Estaban dos chicas vecinas conmigo y andaba él por ahí y les dije: “Vamos a ver quién gana ese churro” y “me gané yo” (muerta de risa y con carita de pícara). Fernando la visitó durante un año y se casaron, cada año llegó un hijo, primero las nenas y luego los varones. La vida comenzó para ella en 1914, los años pasaron, llegaron los cien y hubo una gran fiesta, ahora ya son 102 y Solinda sigue celebrando la vida. Por Rosanna [email protected]




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