POSADAS. No son motoqueros, no habían hecho nada parecido en toda su vida, pero hace una semana se decidieron. Alberto Soraire (60) y su esposa Ketty Valenzuela (58) se treparon a la moto con dos mochilas y viajaron 900 kilómetros desde Posadas hasta Gualeguay (Entre Ríos), en una aventura que no programaron demasiado, pero que les volvió a hacer sentir la adrenalina de la juventud.“Cuando éramos jóvenes andábamos en moto, pero por Misiones nomás. Después uno crece y deja de lado esas cosas… y nos entraron ganas de volver al túnel de los recuerdos”, dice Alberto, un reconocido maestro de Judo (sexto dan) muy popular en Posadas por sus años de dedicación a este deporte como discípulo de Yoshihiro Matsumura, y que además trabaja en el Centro de Empleados de Comercio. Reconoce que lo que más le emocionó de toda la experiencia -que todavía está a medio camino-, es que su esposa Ketty haya decidido acompañarlo “de una” cuando le hizo la propuesta. Ketty decidió romper con la rutina de su rol como madre y abuela, y secretaria de un gremio local. Apenas horas después de que Alberto le transmitió la idea, se calzó unos jeans, unas zapatillas, juntó unas cosas en el bolso, se puso el casco y volvió a aferrarse a la cintura de su compañero de toda la vida con destino a la aventura. Sobran los motivosGualeguay es el pueblo natal de Soraire y su intención fue volver a ver y reconocer esos lugares de su infancia, las casas de los parientes, los patios donde jugaba. La travesía también fue un homenaje a sus padres, ellos sí fanáticos de las motos. “Los dos eran motoqueros, mi papá hizo este mismo recorrido en moto cuando vino a Posadas, y mi mamá corría carreras de regularidad, que eran muy populares cuando yo era chico”, recuerda Alberto.Su padre Ramón Alberto falleció hace muchos años, pero Delicia Brunetti, la intrépida madre motoquera, todavía vive en Posadas y está a punto de cumplir 88 años.Alberto y Ketty partieron hace ocho días, en la madrugada del sábado 14, y llegaron a destino a las 5 de la tarde del domingo. “Claro que íbamos parando para estirar los huesos y acomodar la estantería”, comenta Alberto, tomándose con humor los achaques de la edad. “Perdí el invicto” agrega muerto de risa y con picardía, en referencia al efecto de tantas horas sobre la moto en cuerpos no acostumbrados. Todavía falta la vuelta, la otra mitad de la aventura. Y siempre riéndose aclara, para “tranquilidad” de la familia: “Creo que volvemos, si me recupero”.




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