Por Rubén Osten.(Docente y escritor misionero)Escuchando una bella canción de uno de los más grandes cantautores argentinos, Peteco Carabajal, en vivo en la costanera de Posadas en 2014, me transportó a un tiempo sin tiempo a través de ese lenguaje fascinante de la música: “Las manos de mi madre son como pájaros en el aire, historias de cocina entre sus alas heridas de hambre”. Así comienza la letra de la maravillosa canción. Cuando pienso en la mujer, irremediablemente primero la pienso como madre, tal vez porque de ella venimos a este mundo. De una mujer los hombres somos hombres, aprendemos a conocer el amor, el primer amor, un poco edípico, un poco platónico. Aprendemos a través del sencillo pero impregnante lenguaje de las caricias y las miradas que sólo una mujer puede tener hacia sus hijos, el significado del amor verdadero y puro. Cuando Dios creó a la mujer, le asignó la bendita tarea de ser ella quien transmitiera la dulzura, la ternura, la comprensión infinita.Pero después de recordar esa misión sagrada de madre, la pienso como la compañera de ruta, de sueños compartidos, aquella que nos sorprende cada día con su perfume refinado, su delicadeza, su amorosa presencia en nuestras vidas.El amor de una mujer puede mover montañas, y por ella han caído imperios como Troya, en la antigua Grecia, que llevó a la guerra a dos naciones por causa de Helena, raptada por Paris. En su infinita sabiduría nuestro creador le dio a la mujer la magia del encantamiento, del hechizo fulminante. El perfume de mujer es único, puede sentirse hasta lo profundo del alma, inclusive a distancias infinitas. La mujer tiene el poder de hacernos soñar con ella, de ilusionarnos, de movilizarnos hasta alcanzar la cima de las montañas más inmensas. Nos hace delirar con ese primer beso tan ansiado, tan idílico, a esa roja boca de fuego y pasión. Y como dice la letra del tango más hermoso del mundo (El día que me quieras), "y al viento las campanas, dirán que ya eres mía, y locas las fontanas se contarán su amor". ¡No hay nada más hermoso que estar enamorado de una mujer!Y cuando las margaritas florecen en primavera, llegan esos pimpollitos perfumados, de suaves pétalos, anunciando tiernos arrullos y nanas. Biberones y pañalitos, ositos de peluche, baberos para los padres, que caemos derrotados ante tanta belleza. Ahí todo vuelve a renacer, todo vuelve a comenzar, ya fuimos hijos, novios, esposos y llega el tiempo de experimentar intensamente una nueva etapa, pero yendo de la mano por la vida con esa niñita tan coqueta y curiosa. ¡Tener una hija es una bendición tan grande y tan hermosa!Nuestra existencia es más linda, más dulce, más maravillosa cuando tenemos a las mujeres cerca.Recuerdo a mis amigas como hermanas de la vida, elegidas para transitar juntos un tramo del camino terrenal. Confidentes, solidarias, jugadas, compinches, hasta que cada uno, un día tomamos senderos distintos, desplegamos las alas, nos entregamos a los vientos del cambio y nos dejamos, simplemente llevar. allá vamos con los sueños en la mochila, ávidos de conocer qué nos depara el destino, si es que lo hay. De vez en cuando me encuentro con ellas o simplemente nos escribimos por un face. ¡Es tan reconfortante saber que puedo seguir contando con ellas!Mis compañeras de trabajo son mujeres valientes, que dejan a sus hijos al cuidado de otras mujeres, para llevar el sustento a su hogar. Las admiro, porque sé de lo difícil que es para una madre dejar a sus pimpollitos solitos. Así es la vida, nos forja para ser mejores personas. He aprendido mucho de ellas, son buenas maestras, docentes por naturaleza. Son leonas defendiendo sus posturas, aunque no sé si siempre tienen razón, pero eso no importa, al final siempre nos ponemos de acuerdo. ¡Doy gracias por la oportunidad de tenerlas a mi lado trabajando y compartiendo sus vidas con la mía!Y cuando llegan los días de retoño y las nieves del tiempo anidan en su pelo, surge una nueva mujer, más madura, más sabia, más comprensiva. Ellas miran a sus nietos detrás de los espejuelos aumentados. Las arrugas de sus manos y sus rostros nos dan esa ternura infinita. Ellas, coquetas, malcrían a esos locos bajitos, los miman, son cómplices de aquello que jamás lo fueron con sus propios hijos. Mi abuelita cuando la iba a visitar a su Tucumán querido me preguntaba “¿qué quiere que le cocine hoy mijito?” con su enorme sonrisa y sus alpargatitas gastadas. Si tuviera que elegir a un ser sobre esta tierra, elegiría una y otra vez a una mujer. Y me echaría a dormir entre sus brazos, sabiendo que su abrazo infinito trascenderá el tiempo y el espacio. ¡Feliz día mujeres, son el encanto, la sal de la vida misma!




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