POSADAS. A los vecinos de tradicionales y característicos barrios de esta ciudad no hay que hablarles de “progreso”. Esa palabra tiene un significado desdichado para ellos, no representa su identidad como pueblo, amenaza con llevarse sus raíces y modificar sus costumbres. Así lo sienten cuando ven a sus vecinos partir por dinero, cuando son testigos de la llegada de empresas multinacionales que, lejos de comulgar con sus vecinos, construyen altas paredes de división.Este es el caso de las familias de la Bajada Vieja de esta ciudad. El barrio que fue el puntapié de inicio de esta localidad que recibía a navegantes y viajeros del majestuoso río Paraná.Ese progreso que miran de reojo llegó. En esa zona de la ciudad se presentó en forma de costanera. Ella se encargó de revalorizar el lugar y así fue que se cotizaron terrenos y aumentó el pedido de inversionistas que quisieron una parte de dicha zona residencial.A la costanera la vendieron como “el balcón de Posadas”. Es cierto, la ciudad cambió significativamente su fisonomía y la costanera la enalteció. Esta situación atrajo inversionistas que quieren crecer y para hacerlo miran hacia arriba. El problema de la construcción de edificios en la costanera no es nuevo. El malestar de los vecinos por ese hecho, tampoco. Pero la queja siempre toma un nuevo tinte cuando se habla con las familias. “No nos preocupa lo que se construye en este momento, sino que si es así hoy significa que las construcciones van a continuar y ahí qué va a pasar. Hablan de la costanera como ‘el balcón de la ciudad’, pero ¿quién pone una pared de cemento detrás de un balcón?”, se preguntaron los vecinos del lugar. Sucede que desde hace un tiempo, los inversionistas y constructores ven con buenos ojos la zona para altas construcciones donde posadeños puedan vivir. Piden, incluso, que no se limite el crecimiento de la ciudad. “No hay una ordenanza que prohíba la construcción de edificios en la costanera, pero sí hay regulaciones que establecen una cantidad de parámetros establecidos. Hay zonas donde no se pueden construir más de tres pisos de altura y en otros pueden llegar a más de veinte, según el lugar, el espacio de construcción y otros factores a tener en cuenta”, indicaron arquitectos especialistas de la Unidad Ejecutora de Proyectos Especiales de la Municipalidad local.“Se tendría que rever esa ordenanza porque van a dejar a uno de los primeros barrios de la ciudad detrás de una mole de cemento”, pidieron los vecinos. Los especialistas aseguran que previo a la toma de decisiones, se hicieron estudios que determinaron los mejores lugares para construir y las alturas pertinentes. Pero las quejas no terminan ahí, “se construyen de manera muy lenta y muchas veces los materiales de la obra, con los vientos y lluvias caen sobre los techos de las casas y las destruyen; y una vez más, somos los vecinos los que debemos hacernos cargo de esos gastos”, señalaron. Tal es el caso de la familia Ortellado, una de las más antiguas del lugar. Su casa se encuentra al lado del excolegio San Patricio. “Allí iban a construir el Jardín del Colegio pero después quedó abandonado. Se vino a vivir una familia y los dueños empezaron a construir los dos pisos permitidos para el lugar. Tiempo después construyeron dos pisos más, pero no pusieron la protección que corresponde. El resultado en mi casa fueron paredes rajadas, caída de materiales sobre el techo, el derrumbe del piso del baño que tuvimos que hacer de nuevo. Recién ahora pudimos solucionar el tema del techo, nos perjudicaron de una manera notable”, relató Noelia, parte de la familia, a PRIMERA EDICIÓN. “En ningún momento les importó, apenas entrás a mi casa te das cuenta que el piso está hundido, las paredes de las habitaciones rajadas, el cielorraso podrido”, agregó. También insistió en el reclamo de los habitantes del lugar, “es verdad que cambió la idiosincrasia del barrio. Es reconocido como uno de los lugares más antiguos de la ciudad pero perdió su estilo. Es una pena y todo sucede por las megaconstrucciones que buscan abarcar más espacio de lo que les corresponde. Lamentamos que un barrio tan antiguo se vea opacado por esas construcciones”, finalizó Noelia. “Ahora empezaron con la construcción de un nuevo edificio en costanera casi Bolívar. ¿Nadie piensa en los vecinos que, literalmente, quedarán tras una gigantesca mole de cemento? Desde algunas terrazas podíamos ver el puente y el río. Ahora gracias a esta construcción lo único que vemos es una pared de ladrillo”, contaron vecinos del lugar. Además, “la ordenanza permite una cierta cantidad de metros, pero no tienen en cuenta que nuestro barrio está en un barranco. Entonces, ¿cuál es el límite?, ¿desde dónde miden esos metros?”, se preguntaron. Un tema sensibleAmbas partes se pueden sentar a discutir la problemática y los argumentos que exhibirán serán válidos en los dos casos. Pero los vecinos tienen un “as bajo la manga”, una carta que puede inclinar un poco la balanza a su favor: la pérdida de su idiosincrasia como barrio, de las costumbres y tradiciones. En el lugar había postales que se repetían: las familias en las veredas con mate en mano, la infaltable mesita con “algo para picar” llegada la nochecita, el parloteo de los vecinos de vereda a vereda. “No tenemos que perder la historia. En este lugar, así como donde está hoy la costanera, está el sacrificio de cientos de vecinos que se fueron para su construcción. Es un espacio muy agradable, tiene buena vista y tenemos que cuidarlo, pero no sólo eso, debemos pensar en los vecinos que han dejado atrás su vida para irse a otros lugares por el bien del ‘progreso’. La gente que vino construyó casas muy lindas pero con muros altos, entonces se perdió una de las mejores cualidades que tenía nuestro barrio: la comunión entre vecinos”, señalan. Desde un lugar un poco más técnico, sin mezcla de sentimientos, los profesionales encargados de controlar y organizar el desarrollo urbano de la ciudad sostienen que “esas construcciones no las hacen individuos normales, las hacen grandes empresas o grupos de empresarios que apuestan con inversiones importantes en la ciudad. Lo que los vecinos no saben es que cuando el edificio pasa una cierta cantidad de pisos, los dueños deben pagar un impuesto municipal alto, que después vuelve en obras para los posadeños como: recolección de basura, limpieza de las calles, avenidas asfaltadas, etc.”. La respuesta de los vecinos es igual de significativa:
“A nosotros no nos importa la plata, porque entonces es siempre lo mismo: la gente con dinero puede hacer lo que quiere, y la que no tiene a nadie le importa”.





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