POSADAS. “Esto es un asalto, quedate quieta y no intentes nada porque sos boleta”, le dijo José Antonio Romero (36) a la policía que custodiaba el tragamonedas del Parque Paraguayo. Eran las 2.50 del sábado 23 de febrero de 2008 y la pesadilla acababa de comenzar.Los tres hombres armados redujeron a la sargento ayudante, le apoyaron una pistola en la cabeza e ingresaron. Se dividieron el trabajo: uno fue por la recaudación y los otros dos despojaron a los apostadores. Tuvieron en sus manos la vida de 40 personas. Después de unos diez minutos, escaparon hacia la costanera con 40 mil pesos, joyas y relojes.Fue uno de los asaltos más violentos y terroríficos de los últimos años en Misiones. Y no fue el único de la banda, que la madrugada anterior se había llevado cuatro mil pesos de una parrilla céntrica, bajo la misma modalidad.Por el asalto a esa churrasquería, Romero recibió cinco años de prisión y Luis Carlos “Luisito” Acosta (33), uno de sus cómplices, tres. Aún tras las rejas, días atrás ambos volvieron a recibir una condena, esta vez por el asalto al tragamonedas del Parque Paraguayo.Así lo pudo saber PRIMERA EDICIÓN que, mediante sus fuentes, confirmó que Romero fue sentenciado a ocho años de prisión, Acosta a siete, Rolando Rubén “Cordobés” Rivero (41) también a siete y Alfredo Gregorio “Chapu” Sosa (48) a cuatro años.No obstante, la Justicia unificó varias condenas que pesaban sobre Romero, quien ahora deberá cumplir 23 años tras las rejas, nada más y nada menos.El último 30 de diciembre los cuatro confesaron el atraco ante el Tribunal Penal 1 de Posadas, y firmaron un juicio abreviado. Sin dudas, no fue un buen final de año para la “banda del porteño”, como se conoció en aquel entonces al grupo que ahora pasa sus días en prisión.“Bajá el arma porque sos boleta”La policía observó a los tres hombres que cruzaban el Parque Paraguayo en medio de la soledad de aquella madrugada de 2008. Jeans, remeras y zapatillas. Parecían clientes, pero estaban lejos de serlo.Apenas llegaron a la casa de juegos de Roque González y Sargento Cabral, fueron por la uniformada. “Bajá el arma y no intentes nada porque sos boleta”, le dijeron -consta en el expediente- una vez que la mujer intentó resistirse. No había opción.“A la caja, a la caja”, fue la orden del cabecilla a sus cómplices, mientras tomaba por el cuello a la sargento y le apoyaba un arma de fuego en la sien. “Esto es un asalto, no intentes nada; la plata, la plata”, le dijo el ladrón al encargado de la caja. En un momento el empleado trató de activar la alarma, situación que la policía aprovechó para intentar nuevamente una reacción.“No hagas que te lastime y dame el arma, a los milicos como vos los hacemos boleta, vos sabés”, volvió a advertirle el ladrón, esta vez al oído. Ahí le sacó el arma reglamentaria y se la guardó en el pantalón. Más tarde, ese elemento sería clave para el esclarecimiento del hecho.Mientras Romero se hacía con 40 mil pesos de la caja, Acosta y Rivero recorrieron la sala y mantuvieron cautivas a unas 40 personas. Robaron teléfonos, joyas y más dinero, que guardaron en una bolsa de polietileno de color gris.La tensión duró unos diez minutos, hasta que Romero dio la orden de ponerle punto final al golpe. “Vamos, pendejos”, lanzó. El trío volvió a ganar la calle, caminó hacia las escalinatas que terminan en la avenida costanera y se perdió en la oscuridad.De las primeras investigaciones policiales surgió lo inevitable. Por las descripciones físicas de las víctimas, las armas utilizadas y el “modus operandi”, estaba claro que esa banda era la misma que en la madrugada anterior había asaltado una parrilla de avenida Corrientes, entre Entre Ríos y La Rioja.Había sido el viernes 22, a la 0.20, y otra vez los ladrones irrumpieron, sembraron el terror entre los comensales y se llevaron 4 mil pesos, entre la recaudación de la caja registradora y las billeteras de los clientes.La sociedad estaba conmovida. En apenas horas, la banda había golpeado dos veces en el centro posadeño, en teoría, la zona más segura de la provincia. Era un verdadero desafío para la Policía.Sin embargo, los datos comenzaron a llegar y terminaron por cerrar. La banda no era de Misiones y, tras cometer los dos robos, escapó hacia sus tierras. Pero la inteligencia tenía más información: regresarían a la provincia una vez que todo se enfriara.El día clave fue el jueves 6 de marzo. En horas del mediodía, Romero, Acosta y Rivero volvieron a pisar tierra misionera. Tenían previsto otro golpe. Sin embargo, no lograron siquiera salir de la Terminal de Ómnibus: un megaoperativo policial los rodeó y llevó tras las rejas. Ese fue el final de la “banda del porteño”, como se la había bautizado “en honor” a su cabecilla que, en realidad, era oriundo de Santa Fe. Justamente de esa provincia llegaba el trío cuando fue detenido. En uno de los bolsos, vaya casualidad, llevaban la pistola nueve milímetros que le habían robado a la mujer policía.Confesión y condenaDías atrás, el martes 30 de diciembre de 2014, Romero volvió a comparecer ante la Justicia. Recibió en juicio abreviado ocho años de prisión por “robo agravado por el uso de arma de fuego, portación ilegal y adulteración del número grabado del arma”. Sin embargo, pesaron en su contra otras tantas condenas que lo llevarán a cumplir 23 años tras las rejas.Acosta, en tanto, fue condenado a siete años por el primero de esos delitos junto a Rivero. Para Sosa, hallado autor de ese mismo hecho pero en carácter de partícipe secundario, lo esperan cuatro años en las sombras. Fue el punto final para una larga carrera ligada al delito y la violencia.




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