São PAULO, Brasil (Agencias). La presidenta Dilma Rousseff tendrá que mostrar mañana, cuando asumirá un segundo mandato lleno de retos, el carácter combativo que la hizo merecedora del título de “dama de hierro”.El gigantesco escándalo que golpea a la petrolera estatal Petrobras, la enquistada corrupción que azota permanentemente al país o el desafío de reactivar una economía debilitada, con las cuentas públicas en rojo y una inflación en alza, cercana al techo de la meta (6,50 por ciento anual), son algunas de las batallas que tendrá que afrontar en los próximos cuatro años.Y aunque Rousseff se dice una acérrima combatiente de la corrupción, sobre la que ya ha anunciado un pacto nacional, y no le tembló el pulso para destituir a siete ministros implicados en turbias maniobras con dinero público en su primer mandato, los desvíos siguen siendo la horma de su mandato.Tras imponerse en octubre al senador socialdemócrata Aécio Neves en las elecciones presidenciales más ajustadas y polarizadas en la historia de Brasil, Rousseff tomará posesión el 1 de enero para ejercer, durante cuatros años más, la presidencia del país y elevar a 16 años la hegemonía del Partido de los Trabajadores (PT) en Brasil.Sin embargo, esta economista natural del estado de Minas Gerais, dos veces divorciada y abuela de un único nieto continúa, para muchos, a la sombra del que fue el presidente más carismático del gigante sudamericano: Lula, de quien se convirtió en mano derecha tras pasar antes por el Ministerio de Minas y Energía.





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