IGUALA, México (Medios Digitales) “No sabíamos la cruda realidad que se estaba viviendo en México; yo veía en la televisión que secuestraban, pero nunca pensé que me iba a tocar”, dice don Mario, hojalatero de Tlaxcala y padre de uno de los 43 desaparecidos de Iguala. “Aquí se viene uno a enterar de muchas cosas: que hay fosas con cientos de muertos y que van a encontrar miles con más miles de muertos. Es mi México desnudo. Pero yo sólo le ruego a Dios que mi hijo esté bien y nos los regrese porque este dolor es demasiado terrible, estamos acabados y ahora también indignados y enojados”.Mario hablaba así justo antes de participar en la gran manifestación que recorrió la avenida más turística de Acapulco, con miles de personas exigiendo justicia y el regreso con vida de los 43 estudiantes de la escuela de magisterio Normal Rural de Ayotzinapa.Desaparecidos, muertos, fosas clandestinas de una a otra punta del país, vínculos entre policías y narcos, entre narcos y autoridades… “Iguala destapó las cloacas de México”, aseguraba Abel Barrera, el director de la organización de derechos humanos que apoya a las víctimas de Iguala, Tlachinollan. “Se acabó la simulación. Esto no es una democracia real aunque votemos y haya partidos”. Barrera asegura que en muchos lugares del país “no hubo transición” y el poder “sigue ejerciéndose de forma caciquil, con policías que realmente son pistoleros a sueldo del señor, sin formación y sin cultura de derechos humanos, y el crimen organizado se empotró en ese sistema gracias a la corrupción y la impunidad”.Según el experto en crimen organizado Edgardo Buscaglia, en torno al 80% de los municipios están infiltrados por los narcos y los controles del Estado han colapsado porque no se han combatido las raíces del problema: la corrupción y la impunidad.




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