POSADAS. Como una persona dulce y serena, como una gran mujer que trabajó por su familia y se dedicó íntegramente a ella. Así definen a Solinda Rosa “Mariquita” Vivero, sus hijos, en vísperas de su cumpleaños número 100. Como afirmando estos dichos, “Mariquita” sonríe, mientras trata de introducirse en la charla, explicando que no tiene recetas para la longevidad. Encarnacena de nacimiento, llegó a Posadas junto a su mamá, después de terminar sexto grado. Y luego de algunos años conoció al que sería su esposo, el reconocido comerciante Isaac Fernando Vivero, que por aquel entonces se desempeñaba en Casa Iturbe, un comercio de venta de instrumentos musicales, representante de la Antigua Casa Núñez.Con Vivero tuvo siete hijos: Aurora Concepción, Blanca Nidia, Irma Graciela, Rubén Fernando, Rosa Beatriz, María Estela y Juan Carlos -los dos últimos ya fallecidos-. Sus días transcurren en su casa de Villa Sarita, en compañía de su numerosa familia a la que se agregan 18 nietos y 18 bisnietos, quienes esta noche la agasajarán con una fiesta en el Club Itapúa. Cuando vino a la Argentina, “Posadas no era muy grande. Ahora es mucho mejor y me gusta más. Siempre fui ama de casa y me arreglé sola. Hoy las parejas no pueden criar un chico y, sin embargo, yo solita, me ocupé de los siete retoños, de lavar, cocinar y mandarlos a la escuela, con plancha a carbón y sin pañales descartables. Muchas veces colocaba los delantales sobre sillas y debajo encendía carbón para poder secar la ropa. Aún así, mis hijos siempre iban a la escuela bien limpios, aunque venían sucios. Las maestras siempre me felicitaban por eso”, recordó.Inquieta, siempre se ocupó de todos los quehaceres. Cosía a máquina hasta hace pocos días cuando el aparato se descompuso, bordaba a mano con bastidores, cantaba y sigue recitando como lo hacía en la escuela. Aún hoy cuando la familia se reúne, con voz segura, sorprende a todos con “El consejo maternal”, un poema de Olegario Víctor Andrade. Su sueño fue tocar el piano pero asegura que no logró el objetivo porque no podía afrontar los gastos de la academia. Sin anteojos, lee libros de espiritualidad o las historias de santos, y reza el rosario por cada miembro de la familia.





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