POSADAS. “Queremos llorarla en su tumba, tener un lugar en donde visitarla. Alguna vez se van a aclarar las cosas, no perdemos esa esperanza. Queremos una respuesta, mi papá y mi hermana merecen descansar en paz”, dice Alfredo (30). El tiempo, como la vida, se pasó volando. A doce años de la desaparición de Julieta Ehinger (29), su hermana, no hay siquiera un indicio o una pista que los guíe.Y el dolor es doble. Porque el de hoy será el primer aniversario sin papá Julio (67), el hombre que luchó contra viento y marea, y no se cansó de denunciar la impunidad que cubrió el caso de su hija y el de tantos otros en la provincia.“Se siente mucho dolor, porque nos hace mucha falta. Se la extraña mucho. Todo te queda marcado: la pieza en la que dormía, los lugares en los que compartimos cosas, los momentos que pasamos juntos. Es un recuerdo constante”, se sincera Alfredo en diálogo telefónico con PRIMERA EDICIÓN.El de Julieta fue un caso paradigmático. Su familia la vio por última vez el lunes 25 de febrero de 2002 en su casa de Ruiz de Montoya, donde vivía junto a su concubino y su hijita de dos años. Y donde, de repente, se esfumó por completo.Así se inició la inabarcable lucha de Julio Ehinger, su papá. El hombre movió cielo y tierra en busca de Julieta. Así logró que la Justicia removiera el piso de la casa de Ruiz de Montoya, donde se encontró un cuchillo ensangrentado. La Policía detuvo entonces al concubino de la joven, quien por falta de pruebas quedó en libertad al poco tiempo.“Nunca supimos más nada después de esos allanamientos”, se lamenta Alfredo, con la incógnita eterna de saber qué hubiera pasado si aquel trabajo policíaco-judicial se hubiese hecho como correspondía.Lo cierto es que, desde ese momento, Julio no bajó los brazos. Si hasta se recibió de Perito en Criminalística para entender qué fue lo que se había hecho mal en los procedimientos. E incluso fue uno de los responsables de que se creara la División Homicidios de la Policía, ya que nunca estuvo de acuerdo con el trabajo que los investigadores realizaron en el caso Julieta.Julio Ehinger, “Don Julio”, fue también artífice de la Asociación Madres e Hijos del Dolor, que nucleó a familiares de víctimas de la impunidad y recorrió las calles de Misiones en busca de justicia.En varias entrevistas, desnudó su lucha. “Quiero que la Justicia me brinde la verdad verdadera, para un día poder depositar una flor con mi nieta y saber que ella descansa en paz. Esa es mi misión”, le dijo a los medios en varias oportunidades. Pero la vida se le fue peleando y el sábado 12 de octubre de 2013 dijo basta. En el certificado de defunción decía “fallo cardiorrespiratorio”. Pero hay algo que los médicos no entienden. Julio se murió de angustia.“Ella, la hija de Julieta, fue la que más lo lloró en el entierro. Le había hecho la promesa de que antes de irse le iba a dejar un lugar en donde poder llevarle una flor a su mamá. Pero se fue sin lograrlo”, cuenta Alfredo. Julio se quedó sin fuerzas después de casi doce años de lucha.Hoy la niña vive en Buenos Aires y está a punto de cumplir quince años. “Allá le va mejor en el estudio. Acá sufría mucho”, dice su tío desde Capioví. Para ella y para todos en la familia es difícil cada 25 de febrero. “Siempre se recuerda, es un día marcado por mucho dolor”, agrega.Hoy, Alfredo y el resto de la familia tienen planeado visitar a su papá en el cementerio de Capioví. “Le vamos a dejar una flor, como él quería para su hija y para su nietita”, admite. Y aunque no lo dice, sus palabras esconden una ligera sensación de alivio. Es que, como todo guerrero, Julio ha sabido burlar a la muerte: después de tanto andar, finalmente pudo reencontrarse con Julieta. Fue una muerte por amor.





Discussion about this post