PUERTO IGUAZÚ (Sergio Alvez y Juan Marchak, enviados especiales). Hace menos de tres años, Antonio Blanco y su esposa, Mirta Acosta, ambos afectados por el cáncer, tenían, según la medicina convencional, las horas contadas. La mujer padecía una invalidez cercana al 85% y Blanco veía día a día crecer su tumor en el pecho. Ya casi no podía trabajar. Ambos, son apicultores y agricultores. Viven desde hace doce años en una chacra de las Dos Mil Hectáreas, donde los núcleos productivos se entremezclan todavía con el monte. Tiene un hijo, Pablo, de 24 años. Entre los tres, impulsados por consejos de personas conocedoras de la materia, decidieron entonces consumir y producir su propia medicina natural, echando mano de las bondades del entorno en el que viven, donde abundan las plantas y frutas que la medicina natural y ancestral señala como las adecuadas para abolir diversas dolencias. Los resultados, aseguran ellos en primera persona, son verdaderamente increíbles. Para ellos, es simplemente, la consecuencia del buen uso de la naturaleza virtuosa. “A nosotros nos salvó la vida la medicina natural. Mi tumor desapareció gracias a eso y no a otra cosa”, dice Mirta. Su esposo, enseñando un resabio de lo que fuera un tumor del tamaño de un balón de fútbol y que hoy es una leve inflamación, agrega “a mí los médicos me habían dicho que mi esposa ya no tenía curación, que tenía que resignarme a perderla, y que mi situación también era muy delicada. Pero nosotros creímos en la medicina ancestral, la curación de la tierra y la naturaleza, y hoy podemos decirle a todo el mundo, que nosotros estamos luchando muy exitosamente contra el cáncer, estamos ganando la batalla y llevando nuestras vidas normalmente sólo con medicina natural producida por nosotros en nuestra chacra”. Graviola, la planta curativaEn la chacra de la familia Blanco, crecen tres especies de graviola, la planta amazónica a cuyas hojas y frutas se les adjudica en distintas partes del mundo, propiedades curativas y anticancerígenas. Una gran cantidad de estudios realizados en los últimos treinta años en universidades e institutos de diversos países, sugieren que la graviola contiene poderosos principios activos anticancerígenos o citostaticos, las acetogeninas, que se sitúan en las hojas. Se efectuaron estudios comparando el efecto con la adriamicina (conocido quimioterápico) y se observó que es más potente, y que mata las células cancerígenas sin dañar las células sanas como ocurre con la quimioterapia.Estas investigaciones coinciden en que las propiedades de la graviola protegen y elevan el sistema inmunológico. Por ello, desde hace cuarenta años se la utiliza en tratamientos contra el cáncer de colon, cáncer gástrico, cáncer de páncreas, cáncer de próstata, cáncer de mamas, cáncer de riñones y cáncer de pulmones, tanto en Latinoamérica, como en Estados Unidos, y algunos países de Asia y Europa. “La naturaleza trae virtudes, la flora y la fauna se encuentran. Y a través de los pájaros que trajeron semillas, acá donde vivimos crecieron estas plantas que necesitamos para curarnos. Y las descubrimos. En la graviola encontramos nuestra cura y la de muchas otras personas”, asegura Antonio Blanco. Es Mirta, junto a su hijo Pablo, quien se encarga de la recolección y preparado de las hojas y los frutos de la graviola. “Fuimos aprendiendo de a poco, tenemos graviolas con frutos con forma de riñón, otras con forma de corazón, y en las hojas está el poderío. Aprendimos a hacer cápsulas, y como nos dio resultados tan impresionantes contra nuestra propia enfermedad, también empezamos a compartir con otras personas enfermas que se acercaron a nosotros. Hoy estamos haciendo cuatro mil cápsulas cada tres meses, para la gente que viene a comprar porque quiere tratarse el cáncer, y quienes no pueden pagar, aunque no es un producto caro para nada, nosotros se las regalamos, porque lo que nos importa es que la gente sepa que esta planta salva vidas”, sostiene Mirta. “Volví a caminar”La apitoxina es el veneno producido por las obreras de varias especies de abejas, que lo emplean como medio de defensa contra posibles predadores. Esta sustancia, es utilizada y ha demostrado ser efectiva en tratamientos contra varias dolencias humanas, y otras afecciones articulares, ya que posee propiedades antiinflamatorias, supresoras del dolor, analgésicas y porque actúa sobre el sistema inmunológico corrigiendo ataques de anticuerpos hacia las articulaciones y mielina.La utilización de la apitoxina se enmarca dentro de lo que se conoce como la apiterapia, que según la Asociación Argentina de Apiterapia, es “la ciencia que se ocupa del mantenimiento o restablecimiento de la salud mediante el uso de productos de la colmena: miel, polen, propóleos, jalea real, apitoxina o el veneno que la abeja induce por picadura”. En la chacra de Antonio y Mirta, y gracias a los conocimientos desarrollados por su hijo Pablo, se practican tratamientos con apitoxina, en los cuales se utilizan las abejas de las propias colmenas que posee la familia para su emprendimiento apícola, que genera al año entre 400 y 500 kilos de miel. Para Mirta, gracias a la apitoxina volvió a caminar, “se lo debo a mi hijo que me ayudaba con las aplicaciones, es realmente efectivo contra el dolor y para mejorar de cualquier tipo de enfermedad”. Pablo cuenta que el tratamiento consiste en “la aplicación durante veinte días seguidos de la apitoxina a través del aguijón de la abeja”.




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