SANTIAGO DE COMPOSTELA, España (AFP-NA-Medios Digitales). La excesiva velocidad se perfilaba ayer como la principal causa del trágico accidente ferroviario en Santiago de Compostela (Galicia, noroeste) que ha provocado al menos ochenta fallecidos, el más grave desde 1944 en este país profundamente conmocionado.Mientras la delegación del Gobierno aumentaba el jueves por la tarde el balance a ochenta fallecidos, la angustia de las familias que seguían sin noticias de sus seres queridos persistía con 22 cadáveres aun por identificar, según informó la autoridad judicial de Galicia.Además, la cifra aun puede aumentar ya que de los 178 heridos contabilizados por el Gobierno regional gallego, 94 seguían ingresados, 35 de ellos en estado crítico.Entre los hospitalizados se encuentra uno de los maquinistas del tren que debe declarar ante la Policía como imputado a petición de un juez, explicó una portavoz judicial a la AFP.Horas después del siniestro, el escenario de la tragedia seguía siendo dantesco: una gran grúa blanca levantaba los vagones hechos añicos, mientras en las vías aun se veían rastros de maletas y pertenencias de los pasajeros mezclados con la chatarra del convoy.Delante del sanatorio instalado en un pabellón cercano, los coches fúnebres iban y venían mientras familiares compungidos buscaban confort en los equipos de psicólogos puestos a disposición o, algunos consumidos por la ansiedad, seguían esperando noticias de sus seres queridos.El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, que acudió ayer temprano al lugar del accidente, decretó tres días de luto oficial mientras que la comunidad de Galicia respetará siete días de duelo.El rey Juan Carlos y el príncipe heredero Felipe suspendieron todos sus compromisos tras conocer la noticia. El monarca envió una carta de pésame a las familias de las víctimas y se trasladó a Santiago el jueves por la tarde junto a su esposa, la Reina Sofía.Desde el primer momento, la excesiva velocidad ha sido considerada como la causa principal de esta tragedia, ocurrida a las 20.42 (hora local del miércoles a solo cuatro kilómetros de la estación de Santiago de Compostela, cuando el tren entró en una curva muy cerrada limitada a 80 km/h.Dos investigaciones, una judicial y otra administrativa, se han puesto en marcha. De momento, el juez ha pedido a la Policía que interrogue como imputado a uno de los conductores del convoy, bajo custodia policial en el hospital donde está ingresado.“¡Voy a 190! Espero que no haya muertos porque caerán sobre mi conciencia”, dijo uno de los maquinista por radio a la estación, en el momento del accidente, según informaciones publicadas por el diario español El País.El tren, que circulaba por una línea de alta velocidad estrenada en 2011, aunque el convoy en sí no era de alta velocidad, había salido de Madrid y tenía por destino Ferrol.“Lo que sabemos es que el tren no ha tenido ningún problema operativo”, declaró el presidente de Renfe, Julio Gómez-Pomar Rodríguez, a la radio privada Cope.Numerosos testigos hablan de un ruido muy fuerte como de una fuerte explosión.“Estaba en casa y oí un sonido como un trueno muy grande y vi mucho humo negro”, explicaba el jueves al alba María Teresa Ramos, una mujer de 62 años que vive a pocos metros del lugar del siniestro.“Era un desastre. Todo el mundo se fue a buscar mantas y toallas para ayudar. Es una cosa que nunca se había visto aquí”, recuerda sentada en el jardín de su hogar mientras las grúas empezaban a retirar los vagones de las vías.“Estaba viendo la TV en casa de mis padres y se escuché como un gran estruendo. Como si hubiera habido un terremoto”, dijo a la AFP Francisco Otero, cuyos padres también son vecinos de la zona.Varios vagones descarrilaron, amontonándose unos con otros. Uno de ellos saltó por los aires cayendo a un terraplén a varios metros de las vías. Congoja Bajo la lluvia gallega o bajo los escasos claros de luz, las imágenes de dolor se repetían ayer en Santiago de Compostela: los familiares,aturdidos o sollozando, se acercan al edificio donde debe anunciarse la lista de fallecidos del accidente ferroviario.Regularmente, la desesperación de aquellos que acaban de conocer que su familiar ha muerto quiebra el silencio, que se vuelve a implantar todavía más espeso.“Ella estaba en el tren”, escribe entre lágrimas en su móvil una treintañera, abrazada por su compañero con la mirada perdida en un punto incierto fuera del edificio.“Anoche no sabíamos si estaba vivo o muerto”, recuerda José García Pumares, de 72 años, sobre el estado de su hijo, de 42 y uno de los pasajeros del tren.Él y su mujer tomaron un taxi para ir a Santiago desde A Coruña. “Fue terrible porque no sabíamos nada. Venimos aquí y aquello sí que fue triste”, recordó con lágrimas. Para escapar del vagón, su hijo les contó que tuvo que “romper el cristal él solo”.“Tiene muchos hematomas en la cabeza, la nariz rota y un hombro, pero va mejor. Ahora ya habla”, relata. “Pero tiene muchos nervios: dijo que el tren se fue, se fue, se fue, y se acuerda de mucha gente que iba en el tren y lloraba”.




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