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“Trabajo solo, pero en realidad casi nunca siento que estoy solo del todo”

En el cementerio del kilómetro 3 de Eldorado, Antonio Andino se encarga de mantener los panteones que se quedaron sin visitas o sin cuidador. Su tarea combina limpieza y albañilería; pero además existe un vínculo singular con el camposanto: su padre fue sepulturero, y él aprendió el oficio durante su juventud en Paraguay. Ahora un giro del destino lo volvió a llevar a caminar entre los difuntos para cuidar de sus ruinas.

12 abril, 2026

por Myrian Beatriz Vera y Juan Carlos Marchak, enviados especiales

Cuando la siesta vacía las calles de Eldorado, el cementerio “La Piedad” del kilómetro 3 queda casi sin movimiento. No hay visitas y el tiempo parece avanzar lento entre la hilera de tumbas…

En ese escenario, donde el silencio es parte del paisaje, Aníbal Antonio Andino trabaja en soledad. Su tarea no es la tradicional del sepulturero, porque en los tiempos que corren su oficio se transformó. En general no cava fosas, salvo unos pocos encargos especiales, ya que se trata de una tarea que actualmente se realiza con maquinaria pesada.

Así lo encontró PRIMERA EDICIÓN, caminando solo, observado entre las lápidas para hallar un panteón que le habían encargado refaccionar en esa ocasión.

Con humildad y un halo de calma en el andar lento, como si el silencio del camposanto fuera su elemento natural, el hombre interrumpió la tarea que lo tenía ocupado y accedió a contar su historia.

“Una vez vine a limpiar un panteón que una señora me pidió y se me ocurrió la idea de prestar este servicio, pensando más que nada en los familiares de los difuntos que se fueron lejos, los que no visitan las tumbas o los que no se animan a hacer el mantenimiento que se necesita para que no se vengan abajo”, explicó con sencillez.

Durante su adolescencia Antonio ya había trabajado como cuidador y sereno en el cementerio municipal de Mayor Otaño (Itapuá, Paraguay). Comenzó como ayudante de su papá a los 15 años. Actualmente su mayor deseo es no solo cuidar las tumbas de otros, sino pertenecer a ese lugar para siempre, como un guardián de los panteones.

Servicio para particulares

De forma privada don Antonio realiza limpieza, pintura, corte de pasto y acondicionamiento general de albañilería en las tumbas. Especialmente lo contratan familiares del difunto que ya no residen en la ciudad, aunque cualquiera puede contratar sus servicios. “Si el panteón tiene nombre, porque en muchos han quedado anónimos por culpa de los saqueadores que se llevan todas las placas de bronce; yo le pido permiso al difunto (…)”, prosiguió.

“A mí se me ocurrió hablar con la persona enterrada allí. Le cuento al fallecido que fui a trabajar, que estoy ahí para limpiar y cuidar su tumba porque me están dando trabajo de esa manera (…). Soy muy cuidadoso para no pisar tanto por encima de ellos, para mí ese es el mayor cuidado que hay que tener”, aseguró como buen conocedor de una tarea que lo obliga a estar en la tierra de los muertos y el misterio del “más allá”.

“Recuerdo que ni bien empecé con este oficio, la segunda tumba que estaba limpiando, que estaba bastante abandonada, yo le empecé a hablar de esa manera, le conté que fui a trabajar. No había viento ese día, pero sentí una brisa, eso me dio a entender que el difunto se estaba poniendo cómodo porque le estaba haciendo esa limpieza”.

Con el tiempo, el trabajo creció a partir de recomendaciones y contactos.

Actualmente, recibe solicitudes de personas que viven fuera de Eldorado. Le envían fotos, nombres o ubicaciones aproximadas, y él se encarga de ubicar la tumba y realizar el mantenimiento. Luego, documenta el antes y el después con imágenes y videos, cuando la persona está conforme con lo realizado él recibe el pago por transferencia. Aunque visto así puede parecer un trabajo como cualquier otro, él mismo asegura que “no es para todos andar trabajando entre los muertos”.

“Pero yo lo tomo como una trabajo más”, aseguró mientras volvió a insistir en que no es una actividad habitual: “La verdad no creo que cualquiera se anime a trabajar en un cementerio”.

Si bien, las tareas de mantenimiento de tumbas no suele figurar entre los servicios “tradicionales” más visibles, sí lo sigue siendo en ciudades intermedias y zonas del interior de Misiones, donde ocupa un lugar cada vez más necesario.

La migración interna, las distancias y los cambios en las dinámicas familiares hacen que muchas personas no puedan visitar regularmente a sus seres queridos.

En ese contexto, tareas como las que realiza Andino adquieren otro valor. A su vez, el proceso, aunque parece simple, requiere tiempo y conocimiento del terreno, puesto que el cementerio del kilómetro 3 no cuenta con una organización completamente sistematizada para quien no lo recorre a diario. Las referencias pueden ser imprecisas y muchas veces dependen de detalles mínimos.

“Hay veces que cuesta encontrar. Pero con la foto, con el nombre, caminando uno va ubicando (…)”.

“Hay mucho abandono”

“Hay muchos que dejan abandonados a sus seres queridos”, afirmó con pesar en un tramo de la charla mientras señaló a su alrededor.
“Pero muchas veces no es que no quieran venir, sino que no pueden”, opinó. La distancia, los costos de traslado y las obligaciones cotidianas dificultan la visita periódica. En ese sentido, su trabajo se ubica en un punto intermedio: no reemplaza la presencia familiar, pero permite sostener un mínimo de cuidado.

Mientras habla, a lo lejos se divisa a una anciana que también recorre las lápidas en búsqueda de su ser querido. En esa pausa contó que el cementerio del kilómetro 3 es uno de los más extensos del municipio donde existen otros camposantos privados.

El recorrido en el enorme predio municipal presenta sectores con distintos niveles de conservación. Mientras algunas tumbas reciben visitas periódicas, en la parte “nueva”, otras evidencian el paso del tiempo y la falta de mantenimiento…

Entre charla y charla se hace la hora de mayor calor de un otoño seco y atípico. Don Antonio hace otro alto porque tiene que seguir antes que caiga la noche. Cuando el cementerio queda nuevamente vacío, continúa con su rutina. Limpia, ordena y, antes de empezar su tarea, habla en voz baja frente al panteón…

“Hay que ser cuidadoso, no pisar las tumbas y sobre todo no hacer daño”

Mientras la siesta avanza sin cambios bruscos en el cementerio “La Piedad” del kilómetro 3 en Eldorado y el movimiento de visitantes sigue siendo mínimo. Aníbal Antonio Andino termina una tarea, guarda sus herramientas y se detiene frente a una tumba. Observa. Acomoda un detalle. Habla en voz baja. Después sigue caminando.

Verlo hacer su trabajo en un lugar donde el tiempo parece detenido y en ese entorno de absoluta soledad introduce una visión distinta sobre la tarea del cuidador de los panteones. Desde afuera es una tarea que no busca protagonismo, pero que sostiene, en silencio, una forma de presencia.

“Trabajo solo, pero en realidad casi nunca siento que estoy solo del todo ”, comentó durante la dificultosa caminata para hallar un árbol que dé buena sombra ante un calor misionero que se vuelve implacable. Es imposible no notar que uno de los aspectos más particulares de su trabajo es la forma en que se relaciona con las tumbas.

“Hay muchos que piensan que el que muere ya muere, que en su tumba hay solo huesos y nada más. Yo no creo que sea así y estoy seguro que a ese panteón donde descansan nuestros seres queridos hay que hacerle una limpieza, visitarle…”, reflexionó.

Y después de una larga pausa soltó: “Cuando uno está haciendo este trabajo siempre tiene algo que se le cruza en la cabeza”. Así dio a entender que en realidad no se sabe del todo que pasa cuando una persona fallece y si algo de ese difunto queda suspendido en la vida terrenal…

En ese sentido, para Antonio el trabajo que hace no es únicamente de una cuestión operativa. Con las palabras sencillas de quien no recibió instrucción escolar, Antonio dio a entender que en los cementerios hay una dimensión simbólica que, aunque no todos compartan, él sostiene como parte del oficio.

Para Andino, el cuidado de las tumbas no es solo material. También implica una forma de respeto que va más allá de lo visible.

“Hay que ser cuidadoso, no pisar de cualquier manera sobre la tumba o pisar lo menos posible y sobre todo no hacer daño”.

Ese aprendizaje no surgió de un manual ni de una capacitación formal. Está vinculado a su experiencia temprana, cuando acompañaba a su padre en trabajos similares. En aquel entonces, la relación con la tierra y con las tumbas era más directa. “Antes se hacía todo a pala. Ahora ya no es así”.

El avance de la tecnología modificó gran parte del trabajo físico. Sin embargo, ciertas prácticas como el cuidado en el trato con el espacio se mantienen.

Tal como relató Antonio durante la charla con este Diario, el rol del sepulturero fue cambiando en las últimas décadas. La incorporación de maquinaria para la excavación, el crecimiento de las cremaciones y la falta de espacio particularmente en ese cementerio, de los tres que existen en Eldorado redefinieron las tareas tradicionales.

“Ya casi no hay lugar, más de una vez me pidieron hacer un pozo y cavando hasta cierto punto hallamos huesos”, aseguró enfático.
Por ello, recalcó que el mantenimiento que él ofrece adquiere una importancia mayor. No solo por una cuestión estética, sino también por orden y conservación.

El crecimiento de servicios independientes, como el que él ofrece, aparece como una respuesta a esa transformación. “Yo me dedicaba a cortar el pasto, como changa, pero cuando se me ocurrió este servicio todo mejoró”.

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Tags: Cementerio La PiedadEldoradohistoriasoficiosSepulturero
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