Un reciente análisis del portal especializado en psicología Global English Editing sostiene que las personas que crecieron durante las décadas de 1960 y 1970 desarrollaron una resistencia emocional más fuerte que muchas generaciones posteriores.
Lejos de plantear que se trató de una crianza “mejor”, el estudio propone una explicación distinta. Según los investigadores, el contexto social de esa época ofrecía más libertad infantil, menos supervisión permanente y una mayor exposición a experiencias que obligaban a los niños a resolver situaciones por su cuenta.
Ese modelo fue definido en el análisis como “abandono benigno”, un concepto que no se refiere a negligencia ni desinterés por parte de los adultos. Por el contrario, describe una infancia con menor intervención directa y más espacio para la exploración, el aprendizaje propio y la construcción de recursos emocionales.
En ese entorno, niños y adolescentes enfrentaban conflictos cotidianos, tomaban decisiones y aprendían a manejar fracasos sin la presencia constante de adultos que intervinieran de inmediato. Con el tiempo, esa dinámica habría fortalecido habilidades psicológicas que hoy aparecen con menor frecuencia.
Las tres claves psicológicas que explican la resiliencia de esa generación
Los investigadores identifican tres factores principales que ayudan a entender por qué quienes crecieron en los años 60 y 70 desarrollaron mayor fortaleza emocional.
1. Alta tolerancia a la frustración
Uno de los rasgos más destacados es la capacidad para manejar la frustración.
Según investigaciones citadas por el especialista Cher Hillshetlands, los niños de esa época debían enfrentar desacuerdos, problemas o errores sin que un adulto resolviera la situación de inmediato.
Discusiones con amigos, dificultades en la escuela o pequeños fracasos formaban parte de la experiencia cotidiana. Esa exposición constante a situaciones incómodas funcionaba como un entrenamiento emocional.

El análisis sostiene que aprender a manejar conflictos sin intervención permanente fortalecía la regulación emocional. Con el tiempo, esa práctica generaba adultos con mayor capacidad para tolerar situaciones adversas sin reacciones impulsivas o desbordes inmediatos.
2. Autonomía para resolver problemas
Otra característica central es la autonomía.
En las décadas de 1960 y 1970 no existían teléfonos inteligentes, aplicaciones de mensajería instantánea ni sistemas de localización en tiempo real. Los jóvenes debían orientarse, organizar su tiempo y resolver imprevistos sin asistencia inmediata.
Ese contexto favorecía el desarrollo de habilidades prácticas. Los niños aprendían a tomar decisiones, gestionar conflictos con sus pares y encontrar soluciones por sí mismos.
Las investigaciones sostienen que esta experiencia cotidiana ayudó a construir una mentalidad independiente. La necesidad de actuar sin supervisión constante fortalecía la seguridad personal y la confianza en el propio criterio.
Con el paso del tiempo, esas habilidades se transformaban en una herramienta clave para enfrentar desafíos en la vida adulta.
3. Mayor resiliencia emocional
El tercer rasgo señalado por el análisis es la resiliencia, entendida como la capacidad de recuperarse frente a situaciones adversas.
El entorno de esa época implicaba una mayor exposición a riesgos moderados, errores y consecuencias naturales. Los niños podían equivocarse, enfrentar dificultades y aprender de esas experiencias.
Ese proceso funcionaba como una especie de entrenamiento emocional progresivo. Cada desafío superado contribuía a construir herramientas internas para adaptarse a nuevas situaciones.
La ausencia de una sobreprotección constante permitía que los niños desarrollaran paciencia, tolerancia y capacidad de adaptación.
Con el tiempo, estas habilidades se convertían en una base sólida para afrontar crisis, cambios o dificultades en distintas etapas de la vida.
El contraste con la infancia actual
El análisis también señala que el contexto actual es muy diferente.
Hoy, la infancia suele estar marcada por una supervisión mucho más intensa por parte de los adultos. Las tecnologías digitales permiten conocer en tiempo real la ubicación de los niños, comunicarse de forma permanente y resolver problemas de manera inmediata.
Además, muchos padres intervienen rápidamente ante conflictos escolares o discusiones entre compañeros. Aunque esa actitud busca proteger a los hijos, algunos especialistas advierten que podría reducir las oportunidades para desarrollar habilidades de afrontamiento.
La hiperconectividad y la vigilancia constante cambian la forma en que los niños experimentan el mundo. En muchos casos, las dificultades o frustraciones se resuelven antes de que los chicos tengan la posibilidad de enfrentarlas por sí mismos.





