Colabora Guillermo David Subreski Román
Cuando Lisa Su asumió como CEO de AMD en 2014, la empresa estaba lejos de su mejor momento. Las acciones caían y la competencia parecía inalcanzable. En ese contexto, su nombramiento no fue leído como un golpe audaz, sino como una apuesta técnica: una ingeniera para resolver un problema de ingeniería.
Hija de inmigrantes taiwaneses en Estados Unidos, creció en un hogar donde el estudio era sinónimo de futuro. No hubo una escena fundacional dramática. Hubo curiosidad.
A los diez años ya desmontaba objetos para entender cómo funcionaban. Quería comprender la lógica interna de las cosas, no simplemente usarlas. Esa inquietud la llevó al MIT, donde estudió ingeniería eléctrica en aulas donde las mujeres todavía eran minoría visible.
Su carrera se forjó en laboratorios y equipos de investigación. Aprendió a moverse en entornos altamente competitivos, donde la autoridad no se impone: se demuestra. Con el tiempo, esa disciplina se convirtió en su marca personal. No es una CEO estridente ni cultiva el aura de genio disruptivo. Habla con calma, escucha más de lo que interrumpe y toma decisiones basadas en datos, no en intuiciones de corto plazo.
Cuando tomó el control de AMD, optó por una estrategia paciente. En lugar de perseguir todas las tendencias, concentró recursos en rediseñar la arquitectura de sus procesadores. Fue una apuesta silenciosa y arriesgada. Los resultados tardaron en llegar, pero cuando lo hicieron, cambiaron el equilibrio del sector.
Hoy, los chips de AMD alimentan consolas de videojuegos, computadoras personales y, sobre todo, centros de datos que sostienen sistemas de inteligencia artificial en todo el mundo.
Paradójicamente, su trabajo es invisible para la mayoría. No diseña aplicaciones ni redes sociales; fabrica el sustrato que permite que existan. Mientras el debate público se centra en las promesas y riesgos de la IA, Su dirige el engranaje que la hace posible.
En entrevistas ha reconocido que, durante años, debió demostrar competencia técnica más veces que sus colegas varones.
No convirtió esa experiencia en consigna, pero sí en convicción: insiste en que las niñas deben sentirse cómodas en las ciencias desde temprano, no como excepción, sino como norma.
La historia de Lisa Su no está hecha de gestos grandilocuentes. Está hecha de persistencia. De horas en laboratorio. De decisiones difíciles tomadas sin espectáculo.
En un ecosistema que celebra la velocidad y la disrupción permanente, su trayectoria recuerda otra forma de liderazgo: la que se apoya en el conocimiento profundo y en la confianza que solo da el trabajo sostenido, porque el liderazgo no siempre hace ruido. A veces, simplemente funciona.








