Guillermo David Subreski Román
Cada vez que una persona se conecta a una red WiFi, usa un celular o depende de un equipo médico de alta complejidad, hay una arquitectura silenciosa que hace posible esa experiencia. No suele verse ni discutirse, pero ordena la vida digital contemporánea.
Detrás de esa trama está el Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE), la organización técnica más grande del mundo, que acaba de estrenar liderazgo bajo la presidencia de Mary Ellen Randall, una ingeniera con perfil técnico y humanitario que busca redefinir el rol social de la ingeniería.
Con más de 425.000 miembros en 160 países, la IEEE no es solo una asociación profesional. Su influencia es estructural: define estándares que permiten que los dispositivos funcionen entre sí y publica cerca de un tercio de la literatura técnica mundial en ingeniería eléctrica, informática y electrónica. La norma IEEE 802.11, por ejemplo, es lo que el usuario conoce simplemente como WiFi.
La historia de la institución se remonta a 1884, cuando figuras como Thomas Edison y Alexander Graham Bell fundaron el Instituto Americano de Ingenieros Eléctricos. En 1963, esa entidad se fusionó con el Instituto de Ingenieros de Radio y dio origen a la IEEE actual, convertida hoy en un actor clave del desarrollo tecnológico global.
Randall llega a la presidencia con una trayectoria que combina gestión corporativa e innovación. Trabajó durante años en IBM, donde lideró proyectos internacionales de hardware, software y sistemas operativos, y luego fundó Ascot Technologies, enfocada en aplicaciones empresariales móviles. Pero su perfil se consolidó dentro de la IEEE, especialmente a través del programa IEEE MOVE, que brinda comunicaciones y energía en zonas afectadas por desastres.
El escenario que enfrenta no es menor. La expansión de la inteligencia artificial generativa y de los sistemas autónomos obliga a repensar no solo marcos técnicos, sino también responsabilidades éticas.
Bajo su liderazgo, la IEEE impulsa estándares como la serie 7000, pensados para que la ética no sea un concepto abstracto, sino una herramienta práctica que permita detectar riesgos como sesgos algorítmicos o vulneraciones de privacidad antes de que los sistemas entren en funcionamiento.
Ese cambio redefine el rol del ingeniero. Ya no alcanza con que un sistema funcione: la pregunta pasa a ser cuáles pueden ser las consecuencias de sus decisiones autónomas. Se trata de un corrimiento desde la responsabilidad técnica hacia una responsabilidad ética, que exige diseñar límites y salvaguardas desde el inicio.
Randall también destaca el potencial de la IA para anticipar desastres naturales, optimizar evacuaciones y coordinar emergencias, siempre con una condición: que la tecnología acompañe y no reemplace el juicio humano. Lo mismo ocurre en el plano educativo. Para ella, la ética debe atravesar toda la formación universitaria, de modo que los futuros ingenieros aprendan no solo a construir modelos, sino también a evaluar equidad, transparencia e impacto social.
En un mundo atravesado por tecnologías invisibles, la apuesta de Mary Ellen Randall es clara: que la ingeniería no sea solo un motor de innovación, sino también una herramienta consciente de su poder para modelar la vida cotidiana.







