El 8 de febrero de 1828, en la ciudad portuaria de Nantes, nacía Julio Verne. No nació un escritor de ciencia ficción -género que, de hecho, él ayudó a fundar sin saberlo-, sino algo más preciso y duradero: un arquitecto de lo posible. A casi dos siglos de aquel nacimiento, su obra dejó de ser literatura de aventuras para adolescentes y pasó a leerse como un manual anticipado del mundo moderno.
Verne no era un adivino, aunque muchos lectores actuales se empeñen en atribuirle dones proféticos. Era algo mucho más raro para su tiempo: un lector voraz de publicaciones científicas y un observador meticuloso del progreso técnico. Su mayor mérito no fue “predecir” el submarino o el viaje a la Luna, sino extrapolar la ciencia disponible hasta sus últimas consecuencias lógicas.
A diferencia de otros autores decimonónicos que apelaban a la magia o a lo sobrenatural, Verne se imponía una regla estricta: sus máquinas debían ser teóricamente posibles.
En De la Tierra a la Luna, calculó con notable precisión la velocidad necesaria para escapar de la gravedad terrestre y eligió Florida como punto de lanzamiento, no por azar narrativo, sino por la rotación del planeta.
En Veinte mil leguas de viaje submarino, el Nautilus no es una nave fantástica, sino un prodigio de ingeniería eléctrica, imaginado en una época que aún se iluminaba con gas.

Más allá de los monstruos marinos o las selvas subterráneas, el motor de sus novelas fue siempre el mismo: el conocimiento humano como herramienta para enfrentar -y comprender- un mundo hostil.
El periodismo cultural suele cometer un error recurrente: relegar a Verne al estante de la “literatura juvenil”. Es una lectura cómoda, pero profundamente reduccionista. En su obra conviven una crítica al colonialismo -encarnada en la figura del capitán Nemo- y un escepticismo lúcido frente a una tecnología que, cuando se deshumaniza, deja de ser progreso.
Lejos de ofrecer un optimismo ingenuo, Verne escribió sobre los límites del avance técnico y sobre la responsabilidad ética que acompaña al saber. Su literatura es, en esencia, un tratado sobre la curiosidad.
En un presente dominado por algoritmos que dosifican el asombro y achican el horizonte, volver a leer Viaje al centro de la Tierra es recuperar una idea casi subversiva: todavía existen fronteras por explorar, aunque hoy sean digitales, científicas o microscópicas.




