Claudia Olefnik
Artista plástica
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En una primera mirada, el ojo se engaña. Lo que parece una fotografía es, en realidad, una pintura. Lo que aparenta ser una imagen digital está hecho a mano. Y lo que muchos atribuirían a la inteligencia artificial nació del tiempo, la paciencia y la destreza de un artista. En el arte contemporáneo, cada vez son más las obras que generan una reacción inmediata: “Esto no puede ser real”. Pero lo es.
El hiperrealismo y las ilusiones ópticas llevaron la representación visual a un nivel extremo. Rostros donde se percibe cada poro de la piel, reflejos imposibles en vidrios, telas que parecen poder tocarse y esculturas que obligan al espectador a acercarse para comprobar si respiran. Este tipo de obras no solo buscan imitar la realidad, sino superarla, intensificarla y desafiar la percepción.
Lo curioso es que, en tiempos dominados por imágenes digitales y filtros automáticos, estas producciones manuales cobran un valor especial. Frente a la sospecha permanente de edición o artificio tecnológico, el arte hecho a mano se convierte en una afirmación silenciosa: todavía existe el oficio, todavía hay ojos entrenados, pulso firme y horas interminables detrás de una imagen.
Muchos de estos artistas trabajan durante semanas o meses en una sola obra. Cada sombra está pensada, cada transición de color calculada. El error no se borra fácilmente; se integra o se corrige con paciencia. En ese proceso, la obra se vuelve casi un acto de resistencia frente a la velocidad con la que hoy se consume la imagen.
Pero más allá del virtuosismo técnico, estas piezas despiertan una pregunta más profunda: ¿qué significa ver? Cuando una obra parece real pero no lo es, obliga al espectador a detenerse, a dudar de su propia mirada. Y en esa duda aparece el verdadero gesto artístico: el arte no solo representa, interpela.
La experiencia suele ser colectiva. Frente a estas obras, la gente se agrupa, comenta, se acerca, se aleja, saca fotos. El asombro se comparte. Y ese momento de sorpresa, casi infantil, devuelve al arte una de sus funciones más antiguas: provocar maravilla.
Este tipo de producciones no busca reemplazar a la fotografía ni competir con la tecnología. Por el contrario, la utiliza como punto de comparación para demostrar algo esencial: la mano humana sigue siendo capaz de crear imágenes que conmueven, engañan y emocionan.
En un mundo donde todo parece inmediato y replicable, estas obras recuerdan que hay imágenes que no se descargan ni se generan en segundos. Se construyen lentamente, punto por punto, capa por capa. Y quizás por eso impactan tanto: porque detrás de cada detalle hay tiempo, concentración y una mirada profundamente humana.
El arte que parece mentira no busca confundir por capricho. Busca despertar la atención, afinar la percepción y recordarnos que mirar de verdad sigue siendo un acto consciente. Y que, aun en la era de lo digital, el asombro sigue teniendo un lugar central.








