Anahí Fleck
Magister en Neuropsicología. 0376-154-385152
El tacto afectivo es mucho más que una sensación agradable: constituye un lenguaje corporal profundo que sostiene la regulación emocional y la construcción del “yo” corporal. Investigaciones en modelos animales, como gatos, han identificado células y fibras nerviosas ubicadas en epitelios vellosos que conectan el contacto físico con la afectividad; estas aferencias no mielinizadas responden de forma óptima a caricias (lentas y cálidas) transmiten señales que informan sobre seguridad y vínculo más que sobre la mera localización o textura. Así, el sistema cutáneo integra dos dimensiones complementarias: la discriminativa —presión y vibración, temperatura, picazón y dolor— y la afectiva, mediada por fibras especializadas que proyectan a regiones interoceptivas, límbicas e insulares.
Estas señales afectivas alcanzan la ínsula (dentro del cerebro), núcleo que Bud Craig describió como central para la interocepción y la construcción de sentimientos conscientes. La ínsula integra la información visceral y somática, transformando cambios en el cuerpo (ritmo cardíaco, temperatura, tensión) en estados emocionales que sirven de guía para la conducta. Cuando las aferencias táctiles afectivas (células especializadas en tacto afectivo) activan estas vías, se produce co regulación: disminuye la activación autonómica, se facilita la liberación de moduladores como la oxitocina y se refuerza la sensación de contención corporal necesaria para la exploración y la autonomía emocional.
En la infancia, la estimulación táctil afectiva enseña al cerebro a distinguir entre cercanía segura y amenaza; en la adultez, mantiene la capacidad de poner límites desde la experiencia somática y no solo desde la razón. Sin embargo, cuando el tacto es inconsistente, invasivo o ausente, las mismas vías que sostienen la seguridad pueden volverse fuente de disrupción. El trauma táctil o la privación de contacto alteran la integración interoceptiva en la ínsula y condicionan respuestas de hipervigilancia, disociación o búsqueda compulsiva de validación externa.
A nivel neurocognitivo esto se traduce en dificultades para identificar sensaciones internas, problemas de atención y memoria emocional, además de una mayor reactividad ante la cercanía.
Históricamente la investigación sensorial se centró en la función discriminativa de la piel —qué, dónde y cómo se siente—, pero la evidencia contemporánea muestra que la piel también es un órgano social y afectivo: sus submodalidades (presión/vibración, temperatura, picazón y dolor) no solo informan sobre el mundo externo, sino que, a través de vías específicas, regulan estados internos y vínculos. Esta doble función explica por qué la ausencia de contacto o su violación tiene efectos que trascienden lo físico y afectan la capacidad para establecer y mantener vínculos y límites sanos.
Frente a estas heridas, la ecosanación propone un camino de recuperación que combina prácticas somáticas con experiencias en la naturaleza. La exposición a texturas naturales —corteza, hojas, agua— y el contacto lento y consciente con estos materiales activan vías sensoriales lentas (donde la lentitud da lugar a la evaluación y síntesis emocional y somátiva) similares a las que responden las fibras afectivas, promoviendo una re sensibilización táctil segura. Caminatas lentas y ejercicios de kinestesia en entornos naturales favorecen la regulación autonómica, reducen la reactividad y facilitan la liberación de oxitocina en contextos de confianza. Al integrar la naturaleza como co terapeuta, la ecosanación restituye la piel como frontera viva: no solo protege, sino que también informa y contiene.
Un protocolo ecosanador práctico puede comenzar con anclajes somáticos breves —escaneos corporales y respiración coherente— para activar la ínsula como centro de referencia interna; seguir con ejercicios de contacto natural guiado, tocando superficies con movimientos lentos (1–10 cm/s) para reactivar aferencias afectivas sin forzar la intimidad; e incorporar rituales de consentimiento y límites claros en parejas o grupos, porque la distinción entre cercanía segura y violación debe re aprenderse desde la experiencia.
Las prácticas grupales en la naturaleza que incluyan co regulación consensuada (masajes suaves, sincronía respiratoria, contac) ayudan a restaurar la confianza interpersonal y a consolidar redes de apoyo.
La convergencia entre la neurociencia del tacto, la teoría de la interocepción y las prácticas ecosanadoras muestra que recuperar la sensibilidad táctil y los límites sanos es posible y profundamente transformador. No se trata solo de restituir una sensación perdida, sino de reconstituir la base corporal de la emoción y la autonomía: una piel que siente, una ínsula que integra y vínculos que sostienen. En tiempos de sobreexposición y erosión de fronteras, devolver a la piel su papel de límite y puente es un acto de sanación personal y comunitaria que restablece el equilibrio neuropsicológico y la mirada profunda sobre el bienestar.








