El 21 de enero de 1976, el aire de los aeropuertos de Heathrow en Londres y Orly en París vibró de una manera distinta. No era el rugido habitual de los motores a reacción de la época; era un estruendo metálico, profundo y autoritario que anunciaba el nacimiento de una nueva era. Ese día, hace exactamente medio siglo, el Concorde despegaba en su primer vuelo comercial simultáneo, marcando el inicio de una odisea tecnológica que, 50 años después, sigue pareciendo ciencia ficción.
Mientras el ejemplar de British Airways ponía rumbo a Baréin y el de Air France se dirigía hacia Río de Janeiro (vía Dakar), el mundo observaba con asombro cómo la ingeniería europea lograba lo impensable: cruzar el Atlántico en menos tiempo del que toma ver una película larga.
Una joya nacida de la diplomacia y el acero
El Concorde no fue solo un avión; fue un proyecto político y un desafío a las leyes de la física. Fruto de un tratado anglo-francés firmado en 1962, su nombre -que significa “unión” o “acuerdo”- simbolizaba la cooperación entre dos naciones que decidieron liderar la vanguardia aeroespacial frente al dominio estadounidense.
El diseño era una ruptura total con lo establecido. Con su característica ala delta y su morro inclinable (droop nose) para permitir la visibilidad durante el aterrizaje, el pájaro blanco de Aérospatiale y British Aircraft Corporation parecía una escultura aerodinámica. Pero su verdadera magia residía en sus cuatro motores Rolls-Royce/Snecma Olympus 593, capaces de empujar la aeronave a una velocidad de crucero de Mach 2.04.
La experiencia de volar al borde del espacio
Para los pasajeros de aquel 1976, subir al Concorde era entrar en un club exclusivo. A pesar de que la cabina era estrecha -similar a la de un avión regional moderno-, el lujo no estaba en el espacio, sino en el tiempo y el prestigio.
Volar en el Concorde significaba viajar a 18.000 metros de altura (60 mil pies). Desde las ventanillas, del tamaño de una mano, los pasajeros podían ver claramente la curvatura de la Tierra y el azul oscuro, casi negro, del espacio exterior. Mientras el champán corría y se servía caviar en vajilla de porcelana, el avión se estiraba hasta 30 centímetros debido al calor generado por la fricción del aire a 2.170 kilómetros por hora.
“Llegabas antes de haber salido”, recordaban los ejecutivos que cruzaban de Londres a Nueva York en apenas 3 horas y media, ganándole la partida a los husos horarios.
El sonido que rompió el sueño
Pero no todo fue gloria. El éxito tecnológico del Concorde se enfrentó a una realidad económica y ambiental implacable. El principal enemigo no fue la competencia, sino el “sonic boom” o estampido sónico.
Debido al ruido ensordecedor que generaba al romper la barrera del sonido, muchos países prohibieron que el avión volara a velocidades supersónicas sobre tierra firme. Esto limitó sus rutas casi exclusivamente a trayectos transoceánicos, estrangulando su potencial comercial.
Además, el consumo de combustible era astronómico: el Concorde quemaba aproximadamente 25.600 litros por hora, una cifra insostenible tras la crisis del petróleo de los años 70. De las cientos de opciones de compra iniciales de aerolíneas de todo el mundo, solo British Airways y Air France terminaron operando la flota.
El principio del fin
El declive comenzó simbólicamente con el trágico accidente del vuelo 4590 en Gonesse, Francia, en julio de 2000. Aunque fue un evento fortuito causado por una pieza en la pista, la confianza se vio herida. Poco después, los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos hundieron la industria aérea global.
Finalmente, el 24 de octubre de 2003, el Concorde realizó su último vuelo comercial. El retiro del avión supersónico marcó un hito inusual en la historia de la humanidad: fue una de las pocas veces que la tecnología dio un paso atrás. De repente, el mundo volvió a ser “grande” y los viajes de Londres a Nueva York regresaron a las tediosas 8 horas de duración.








