Las vacaciones son un periodo de descanso esperado, que cada año altera por algunas semanas la rutina diaria de las familias. Sin horarios fijos y más tiempo compartido en casa, la convivencia se vuelve más intensa y, en muchos casos, más compleja.
“Para muchas familias realmente se vuelve mucho más estresante que lo que es durante el año”, aseguró entrevistada por PRIMERA EDICIÓN la psicóloga Macarena Koderer, al describir un escenario frecuente en esta época del año.
Lejos de pensar el receso como una etapa sin reglas, la especialista explicó que en las vacaciones también es importante la organización y la rutina, sobre todo si algunos miembros de la casa son niños, niñas o adolescentes.
En ese sentido, evaluó que el receso plantea un desafío particular: sostener un mínimo de organización sin perder de vista que se trata de un tiempo distinto. “Es importante saber que estamos de vacaciones y que, si estamos hablando de menores, hay un disfrute y una flexibilidad extra”, afirmó.
Así, tanto las reglas como la flexibilidad sirven para establecer un nuevo equilibrio en este periodo especial, que puede ser una oportunidad para establecer nuevos acuerdos en casa y evitar conflictos con los vínculos más cercanos.
Compartir más tiempo
Para Koderer, lo primero que hay que entender es que la ausencia de la rutina escolar y laboral genera un escenario distinto en casa, en el que muchas veces no está claro cómo organizar el día.
Esa falta de estructura es la que deriva en otros problemas, y el que más se repite hoy es el aumento del tiempo frente a las pantallas. “Cuando estamos aburridos, lo primero que hacemos todos es agarrar el celular”, señaló Koderer.
El uso excesivo de dispositivos impacta no solo en que la falta de rutina persista: también afecta el estado emocional. “Hay mayor irritabilidad, mucha menos paciencia, menos disfrute por las cosas cotidianas y básicas”, indicó la especialista.
Además, si se considera que los más jóvenes pueden recurrir a otros dispositivos, como computadoras o consolas de juego, los periodos de exposición a la pantalla pueden ser aún más extensos y relegarlos a que habiten un único punto de la casa.
Así, el aislamiento se transforma en una de las consecuencias más fuertes de la tecnología en casa, de la que finalmente derivan otras situaciones más complejas. “A partir del aislamiento empieza la depresión. Entonces hay un montón de problemas que se van sumando”, indicó.
El cambio hacia una rutina diferente no es fácil, porque las pantallas ofrecen a los chicos una satisfacción inmediata y difícil de igualar, explicó la psicóloga: “Lo que encuentran en una pantalla no lo encuentran a niveles de satisfacción en ningún otro lado. Entonces todo parece muy aburrido”.
Y sobre esta situación, la especialista fue contundente: “El problema es de los adultos, que estamos dando celulares muy a temprana edad”. Incluso mencionó que muchos padres evitan problematizar el uso del celular.
“Cuando planteas el problema, porque aparecen problemas para dormir también, están negados a la idea de sacarle las pantallas porque hay momentos que a nivel familiar conviene que estén todos bajo los efectos de la pantalla”, contó.
Por lo tanto, la apuesta implica revertir esa ecuación, donde la tecnología organiza los tiempos y actividades de la familia, y empezar a construir “un hábito, un orden al menos, dentro de casa, para que las cosas dentro de todo se mantengan cuerdas y sanas” y sin dependencias y malestar emocional asociado a las tecnologías.
Acuerdos claros para convivir mejor
El punto de partida para organizar el tiempo en familia, sobre todo si el receso se transita sin viajes y salidas programadas, es establecer acuerdos previos que sean claros para todos los miembros de la familia.
Koderer fue clara con esta recomendación. “Todas las familias tienen que tener definidas sus condiciones de supervivencia”, afirmó. Estas condiciones son reglas negociadas en conjunto, que no solo organizan aspectos de la convivencia familiar como la distribución de los quehaceres de la casa.
“Yo recomiendo siempre un cronograma semanal donde nos dividimos las tareas. Así no está todo el día uno recordando lo que hay que hacer”, ejemplificó.
En este caso, además de evitar la sobrecarga de tareas en las personas adultas, principalmente las madres, valoró que los más jóvenes pueden hacer su aporte para sostener el orden en el hogar.
También sugirió pautas concretas, como horarios definidos para el uso del celular o “una hora de actividad física y, una vez a la semana, una actividad juntos en familia”.
Para Koderer, estas reglas básicas ayudan a prevenir conflictos y a ordenar la convivencia durante el receso, pero pueden convertirse en una herramienta que se actualice y perdure durante todo el año.
En el caso de los adolescentes, la forma de comunicarse es clave. “La adolescencia de por sí es complicada. Es una etapa donde están muy hipersensibles a la crítica”, opinó Koderer.
Por eso, un punto central es que “como padres hay que elegir las batallas. No podemos pelearlas todas”, dijo. Evitar la imposición y optar por esos acuerdos previos, negociados entre todos, es una estrategia valiosa en ese escenario.
Finalmente, remarcó la importancia de no minimizar las emociones de los chicos. “A veces subestimamos lo que sienten y ahí estamos en un problemón. Esa es su realidad. Si no los entendemos, no vamos a llegar nunca a acuerdos”, cerró la psicóloga.







