Mi bisabuelo se llama Serafín Narciso, nació el 30 de abril de 1933, en Campiñas de América, a seis kilómetros al Noreste de Bernardo de Irigoyen, en el límite con Brasil. Su madre era paraguaya y su padre brasilero. Nos contó que su papá criaba chanchos, gallinas y que también tenía muchas plantaciones, que se consumía mucha harina de maíz, poroto, yopará (locro con poroto), no había azúcar, tampoco heladera, y la carne se freía después de sacar la grasa para conservarla. Pisaban maíz y se hacía “locrillo”. Mi abuelo miraba a lo lejos y nos seguía contando: “Pasábamos bien, se trabajaba en la chacra, no comprábamos aceite, se usaba la grasa, se cosechaba batata, mandioca, de las gallinas se juntaban los huevos”. Todavía en su niñez vinieron a Eldorado, viajando a “lomo de burro”, cuando tendría 8 o 9 años. Durante tres años estudió en la Escuela Nº 280, del Kilómetro 8, de Eldorado, donde era director el Sr. Ceballos. Mientras lo escuchamos no deja de sorprendernos la memoria de mi bisabuelo.
Tenía muchos compañeros, jugaban al truco, lotería, y como distracción los fines de semana se jugaba un poco al fútbol. Era el menor de 14 hermanos, su madre falleció cuando él era muy chico, unos 2 o 3 años tendría. Su padre se ocupó de su crianza junto a sus hermanos.
Después de un largo suspiro siguió contando, como si estuviera viviendo de nuevo aquellos tiempos y, que, al llegar a su juventud, 15 años dijo, comenzó a trabajar en el Molino de Yerba “Yabotí”, que no existe más en Eldorado. Un día de cobro, su compañero le contó que se iría del lugar, buscando nuevas oportunidades en San Pedro. -“Yo me voy junto, le dije”-. Entonces juntó sus pertenencias: una frazada y unas ropas nomas tenía, y viajaron, se hizo de noche y durmieron bajo un gran cedro que había allí. Esa noche, en sueños, luego de caminar por un lugar muy espinoso y difícil, visualizó a dos personas: una de ellas vestida completamente de negro y otra vestida de blanco, esta última se sentó cerca de él y le dijo:
“Quedate tranquilo Serafín, vas a tener una buena vida y vas a vivir más de 90 años”, -se quedó pensando mi abuelito (como lo llamó), tomó su bastón, apoyó las dos manos, mientras recapacitó, y con una pequeña sonrisa agregó: “Seguramente es cierto, ya voy a cumplir 92 años”-.
Ya en San Pedro, al día siguiente irían a Paraíso, consiguieron subirse a un camión y estaban en marcha. En el camino el vehículo se descompuso, por lo que siguieron a pie, llegaron a una fábrica que estaban empezando a construir llamada “Paraíso” y consiguieron empleo.
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Su tarea era la de hacer pozos para levantar los cimientos, se construyó un aserradero, una fábrica de terciados. Nos contó que era muy voluntarioso en su trabajo y hacía de todo un poco también para mantenerse ocupado.
Se acomodó en su silla, se secó la cara con su pañuelo y continuó con su relato: nos contó que un buen día, a unos 10 días de cumplir sus 18 años, lo llamaron a la oficina: “Tenemos que despacharte,” le dijeron los patrones: Luis y Edgardo Henn, esto se debía a que era menor de edad; pero como los jefes de sector lo querían mucho, hablaron con los patrones ya que faltaban pocos días para cumplir su mayoría de edad y finalmente pudo quedarse trabajando allí. Siempre tan predispuesto, aprendió muchas cosas del oficio, tan servicial, no tenía problemas desde servir un mate o un tereré, hasta hacer mantenimiento en alguna máquina o hacer tareas pesadas. Así, trabajó 27 años en aquel lugar que ayudó a levantar “Terciados Paraíso”, en Paraíso, San Pedro. Entre medio, también empezó a construir su familia, no todo era trabajar. Se había casado, su esposa con 16 años y el con 23.
Sin embargo, a Montecarlo llegó, buscando trabajo nuevamente, ya que aquella fábrica de terciados se había incendiado y presentado quiebra. Arribó ya con su esposa e hijos, transcurría el año 1978, se palpitaba el mundial de fútbol, él contaba para ese entonces con 45 años.
Vino por referencia de su viejo amigo “Flaco” Grün, donde se quedó la primera noche a descansar, y al día siguiente lo llevó a la Fábrica “Henter”. Los caminos lo habían llevado encontrar a uno de sus viejos patrones Don Edgardo Henn, dueño de la Fábrica “Henter” en Montecarlo. Éste le facilitó la compra de un terreno cerca de la fábrica, donde se asentó con su esposa y ocho hijos sampedrinos, y continuó trabajando allí cerca de 20 años más. Trabajador incansable.
Su familia aumentó con el nacimiento de la décima hija, la única montecarlense. Su primer hijo, fue un varón: Antonio Ramón, tristemente fallecido a los pocos meses de nacido, aparentemente una meningitis, a mi abuelito aún le duele la pérdida de su primogénito, lo notamos en sus ojos cuando cuenta sobre él. Después nacieron, de mayor a menor, Dora Margarita, Jorge Ismael, Adolfo Ramón, Aníbal Epifanio, Romelia Nielsen, Alberto Herver Omar, Flavia Maricel (mi abuela materna), Walter Erik Hugo y la montecarlence Lorena Sabrina Emilce.
Así son en total nueve hijos y su esposa, mi bisabuela Olga Estela Benítez: Doña Maru, a quien no pude conocer porque falleció un 21 de mayo de 2009, mucho antes que yo naciera; ese año festejarían, en septiembre, sus primeros 50 años de casados.
Desde aquel día, que llegó aquí con mi bisabuela, desde ese entonces vive en Montecarlo, en el mismo lugar de Barrio Henter, con sus mismos vecinos y algunos más que han llegado con el paso de los años.
Por estos años ya tiene 26 nietos y 13 bisnietos (entre ellos estoy yo). Felizmente jubilado, me dice que cuando se acercó a la ANSeS, contaba con todos sus papeles, orgulloso me repite: -40 años de aporte-, después pudo realizar los trámites para la reparación histórica.
“En esta edad me enorgullecen mis hijos, me gusta mucho cuando me visitan y se llena la casa con mis nietos”, acotó emocionado. Los festejos de sus 80 años fueron una gran sorpresa, pudieron asistir conocidos con los que trabajó en la Fábrica Terciados Paraíso y con los que se jubiló en la Fábrica Henter, familiares y amigos. Y a los 90 años lo festejaron en Buenos Aires, en la casa de la menor, con casi todos sus hijos, algunos nietos y muchos sobrinos, que lo aprecian y quieren tanto. El 30 de abril cumplió 92 años y estuvimos con él para agasajarlo como se merece.
Muchas gracias a mi bisabuelo por permitirme que se escribiera su historia.
Testimonios de familia
“Los sábados para mi eran una fiesta…” le brillaban los ojos, y me empezaba a contar mi tía/abuela Dora (la mayor). “Mi papá trabajaba de lunes a sábado al mediodía. Mi mamá, a la tarde hacía pan casero en el horno de barro que le había hecho tu abuelo, mientras él se iba al almacén de Don Lobato a comprar una bocha de mortadela y queso. Teníamos un pozo de agua de 80 metros de profundidad, al costado de la casa, entonces a alguno de nosotros nos mandaban a exprimir limón en un balde que bajábamos para enfriar, para tomar más tarde limonada helada”.
“Frente a nuestra casa había un árbol de paraíso gigante o éramos tan chicos que nos parecía gigante. Y cada uno tenía una tora de paraíso que era nuestra silla. Cuando papá daba la señal, a la tardecita más o menos, todos nos sentábamos bajo el paraíso, cada uno sobre su tora, mamá traía el pan recién horneado con la mortadela y el queso nos preparaba sandwichitos y papá nos traía la limonada mientras ellos tomaban cerveza negra”.
“Nos contaba sus historias de la colimba. Él pertenecía a la caballeriza, siempre nos decía de la importancia de hacer bien el trabajo. El suyo era lustrar los caballos, y si el general en jefe veía un caballo mal lustrado, lo mandaba a rehacer su trabajo hasta que el caballo brillara. Siempre me gustó escuchar con atención a mi papá”. Se emocionó e hizo un silencio mi tía. “Era el único día de la semana que nos permitían ir a dormir más tarde. Ahora que lo pienso, lo fuimos haciendo con nuestros hijos de generación en generación. El resto de los días a dormir temprano porque al otro día se trabaja, pero los sábados eran una fiesta”, recordó feliz.

“Mi abuela me enseñó a crecer en una familia ecuménica. Mi mamá siempre me cuenta historias sobre su abuela materna, a través de ella pude conocerla un poco mejor. Lo que más atesoro en mis recuerdos son las mesas largas de fin de año en la casa de mis abuelos”, asegura mamá Sheila, que es la mayor de las nietas mujeres de la familia Narciso. “Mi abuela era adventista y el abuelo es católico como nosotros y algunos tíos y primos, además tenemos tíos y primos evangélicos. Pero como mi abuela decía, todos somos cristianos, hijos del mismo Dios. Así que, en un gran abrazo ecuménico, mi abuela nos reunía a todos en su casa para pasar las fiestas y vivir una verdadera Navidad, en familia, sin distinción y para un solo Niño Jesús en el pesebre. Esa noche nadie salía a bailar, se amanecía riendo y bailando en familia”.
“Cuanto más larga la mesa mejor, a las nueve de la noche ya comenzaba el lío que ese es mi lugar, que yo me siento acá, que en la punta estaba yo, en fin… Siempre faltaba una silla o un cubierto, los vasos alguno que otro compartíamos. Al fin y al cabo, ese era el espíritu de la Navidad, compartir con nuestros seres queridos desde un vaso hasta un abrazo. Eso sí, en la mesa podía faltar de todo menos un plato.
Siempre había uno de más para quien se quería sumar a nuestra loca familia; un/a novio/a que alguno se animaba a presentar esa noche, cuando estábamos todos: si pasaba esa noche, pasaba la prueba.
Había manjares en cada rincón de la mesa, mi abuela siempre cocinó muy bien y fue heredado por quiénes aprendimos de ella: Yo aprendí muy bien los platos dulces, no tanto lo salado.
Diez de la noche, todos acomodados y la mesa servida: ¡a comer!!!! La abuela era la encargada de bendecir la mesa, con amor, con sentimiento, con valor, no era cualquier bendición, -pone énfasis mi mamá, le brillan los ojos-, durante la cena y la sobremesa, los adultos reían y contaban anécdotas que los más chicos ya sabíamos de memoria, pero que esperábamos cada año volver a escuchar. Reírnos con nuestros padres, de las travesuras de nuestros padres. No tenía precio imaginar qué pasaría si nosotros nos animáramos a hacer algo igual”.
“Hoy la mesa ya no está completa, pero valoramos el poder seguir juntándonos en un cumpleaños, Navidad, Año Nuevo, en familia y ecuménica, al menos los que podamos hacerlo. Seguimos armando la mesa laaarga, y sorteamos quien hace la bendición, que jamás debe faltar. Y a la cabeza, todavía está sentado la piedra angular de esta familia: tu bisabuelo”. Mi mamá me abraza, y así termina.
Por: Ariana Lujan Benítez, bisnieta y Sheila Flaviana Narciso, nieta.






