
Hay días en que el color me habla antes que las palabras. Me sucede cuando entro al taller, cuando el olor del óleo se mezcla con la luz que entra por la ventana, cuando las paletas se quedan abiertas esperando que algo suceda. Entonces me detengo y pienso: ¿cuántas veces el color ha sido mi manera de entender el mundo, de ponerle nombre a lo que no podía decir?
El color, para mí, no es solo un recurso técnico ni una decisión estética. Es una emoción que se materializa. Es una forma de estar en el mundo. Hay colores que me serenan y otros que me encienden, tonos que me acercan a la infancia y otros que me recuerdan quién soy hoy. A veces, al mezclar pigmentos, siento que también mezclo pedacitos de historia: la mía, la de mis alumnos, la de todos los que alguna vez encontraron en el arte una manera de respirar distinto.
Durante años acompañé a otros en su búsqueda, viendo cómo el color los transformaba, cómo algo en ellos se abría frente al lienzo. Pero también comprendí que mi propio camino como artista no se detiene ahí. Que enseñar no me exime de seguir aprendiendo, y que el arte que nace de mí también necesita su espacio, su voz, su silencio.

He pensado mucho en esa relación entre el adentro y el afuera, entre el color que se elige y el que aparece solo, sin pensarlo. Tal vez el arte sea eso: dejar que los colores hablen por nosotros, que lo invisible se vuelva visible. En cada trazo hay una emoción que busca su lugar, y cuando finalmente lo encuentra, algo se acomoda también adentro nuestro.
No pinto para explicar. Pinto para sentir, para comprender lo que de otra manera no sabría nombrar. A veces el color me sorprende, me contradice, me desordena, y otras veces me abraza. Me recuerda que sigo viva, curiosa, que todavía tengo algo por decir, aunque no siempre sepa qué.
El color que me habita no tiene un nombre fijo. Cambia con los días, con las estaciones, con las personas que me rodean. Pero siempre vuelve, insistente, como una respiración que me acompaña. En él encuentro consuelo, fuerza, y una alegría que nace del simple acto de crear.
Hoy entiendo que mi camino de artista no es distinto del de mis alumnos ni del de cualquiera que se anima a expresarse: todos buscamos un tono que nos represente, una mezcla única que solo puede surgir de lo que somos. Y cuando la encontramos, aunque sea por un instante, sentimos que el mundo tiene sentido.
Quizás por eso sigo eligiendo el arte. Porque en medio del ruido, del cansancio o la duda, el color sigue ahí, esperándome. Y mientras haya color, habrá siempre una forma de volver a mí, de empezar otra vez, de seguir pintando la vida con lo que tengo: mis manos, mi historia y ese pulso inagotable que me recuerda quién soy.






