A 14 años de la partida de Luis Alberto Spinetta, su figura no se recorta como un monumento de mármol -ese que él mismo habría dinamitado con un chiste filoso- sino como algo más incómodo y duradero: un mapa genético de la identidad cultural argentina. Más allá de las declaraciones de ocasión y de los homenajes automáticos que cada 8 de febrero saturan las redes, queda lo único que realmente importa: la obra. Un corpus que no admite lecturas lineales y que sigue desafiando la comodidad del oído promedio.
Spinetta no fue el “padre del rock nacional” por una cuestión de cronología, sino por una cuestión de lenguaje. Mientras muchos traducían el blues que venía de Londres o copiaban gestos del rock anglosajón, él metía a Artaud en una canción de tres minutos y te explicaba la ciudad desde una lógica surrealista que, paradójicamente, resultaba más real que el asfalto mismo.
La coherencia como anomalía
Lo que suele olvidarse es que Spinetta no fue un iluminado errático, sino un trabajador obsesivo. No es que “le bajaba la musa”: se quedaba horas puliendo un acorde hasta que sonara exactamente como lo imaginaba. Su carrera fue una negativa sistemática a la repetición, una anomalía en una industria que vive de fórmulas.
Cuando el mundo le pedía más Muchacha ojos de papel, respondió con Pescado Rabioso. Cuando esperaban rock pesado, apareció con la sofisticación de Invisible. Cuando el mercado ya había aprendido a venderlo, volvió a cambiar. Esa fue su lección más política -mucho más potente que cualquier militancia de pancarta-: la libertad radical de no ser lo que el sistema espera.
El vacío en la era del algoritmo
En 2026, la ausencia de Spinetta se siente menos en la música que en la ética. En un ecosistema digital donde la relevancia se mide en segundos de atención y la repetición es premiada por el algoritmo, la densidad de Luis parece un anacronismo. Y, sin embargo, su vigencia entre nuevas generaciones -del indie al trap más experimental- demuestra que su búsqueda no envejece.
Porque Spinetta no ofrecía hits: ofrecía procesos. No prometía éxito: proponía movimiento.
Al margen de los mitos, queda el hombre que cocinaba para sus amigos, el que se involucró activamente tras la tragedia del colegio Ecos, y el artista que entendió antes que muchos que “mañana es mejor” no era un eslogan optimista, sino una obligación moral: no quedarse quieto, no repetirse, no claudicar.
Catorce años después, Spinetta no descansa en el panteón del pasado. Circula. Como todo lo que sigue vivo.
A continuación, algunas de sus creaciones esenciales:
Muchacha (Ojos de papel): su máximo hit, un desborde de ternura que abre el primer álbum de Almendra. Renegó del tema durante años y no lo cantó mucho en vivo. Fue el cierre del recorrido histórico que desandó en el Vélez de Bandas Eternas.
Todas las hojas son del viento: incluido en Artaud, es un gran inicio para un álbum monumental editado como Pescado Rabioso pero de clara factura solista, grabado con una pequeña ayuda de amigos, que intervinieron en algunas canciones.
Canción para los días de la vida: en plena etapa jazz-rockera se cuela una gema que parece compuesta para el nacimiento de su primer hijo Dante, pero que en realidad pertenece a la ópera inédita de Almendra.
Todos estos años de gente: descriptivo y entrañable, el tema es un exponente de las altas cumbres del LP doble grabado con Fito Páez en 1986.
Seguir viviendo sin tu amor: al nacer su hija Vera, en 1991, surge en el álbum Pelusón Of Milk, un sorprendente Spinetta pop y radial, con toda su lírica intacta y una melodía inolvidable.
Rezo por vos: en algún momento los dos gigantes del rock argentino (Charly García y Spinetta) estuvieron trabajando en un proyecto conjunto, que nunca vio la luz. A pesar de tener más de 30 horas de grabación, solo se editó una canción. La única vez que se presentó la dupla fue durante un programa de televisión, pero terminó abruptamente pues le avisaron a García que su departamento se estaba incendiando. Tomaron esto como una señal y nunca volvieron a componer juntos.
Fuente: La Capital (Rosario)






