Toda ciudad, barrio o alguna calle, tiene algún personaje característico o peculiar que le brinda alguna identidad, las personas que transitan por esos lugares los identifican, y si alguna vez estos llegan a notar su ausencia, se dan cuenta que a ese rincón le falta algo, quizás su esencia, hasta el alma de ese paisaje.Este protagonista era un perro, de esos que observamos comúnmente, hasta de manera frecuente, estos personajes se llegan a mimetizar con el paisaje urbano, a veces desaparecen de nuestra atención, quizás a causa de nuestro apuro de llegar a alguna parte. Este viejo animal recorría las calles de Villa Urquiza, tal vez buscando comida entre la basura o simplemente escoltando a las personas hasta la parada de colectivo, una acción que muchas veces era reprochada por estas personas, pero él siempre hacía caso omiso a esos gritos y desaprobaciones. Incluso, sus ladridos molestaban a la hora de la siesta o en la madrugada, los vecinos se enojaban con frecuencia, pero él se había ganado su derecho, que le habían dado sus quince años recorriendo el vecindario. Pero no siempre fue así, antes él era la querida mascota de un antiguo vecino del barrio, que la cuidaba y hasta la trataba mejor que cualquier otra persona. Cuando ese perro de alma nómade se cansaba de sus habituales recorridas por los empedrados del barrio, volvía a su casa y rasguñaba la puerta de este hombre, o ladraba hasta que le abrieran para poder ingresar y descansar. Una vez, este hombre se fue para siempre, y dejó su más preciada herencia, lo dejó simplemente porque no podía llevarlo, porque si Dios lo hubiera permitido, seguro estaría a su lado para seguir disfrutando de esa compañía que tanto bien le hacía. Tom se quedó sin esa persona que lo quería como si fuera un miembro más de su familia sin la personas que cumpliera los caprichos al que una mascota que es bien querida, fácilmente se acostumbra. Pero esa mascota siguió con ese alma libre, al que muchas personas envidiarían, el vecindario lo adoptó, no como un miembro de su familia, sino como el alma del barrio y él siguió con su tradición de entrar a la casa, pero todo era distinto, ya no era recibido por su dueño, ya no había quien cumpliera sus caprichos.Incluso, era muchas veces reprochado por sus ladridos en la cuadra, pero él siempre seguía haciéndolo sin importarle, porque ya no tenía dueño, porque se convirtió en amigo de la lluvia, del sol y de la luna que alumbraba su andar cansado, sin miedo en la calle y a las bocinas de los autos. Una fría tarde pareció que su alma indomable se había ido para siempre, se acostó en su viejo colchón y no pudo cumplir con la rutina de recorrer el barrio, ni siquiera de ladrarle a la luna o al camión de la basura, ni siquiera se molestó en rasguñar la puerta para entrar y protegerse del frío. Las personas a su alrededor lo miraron con piedad y con la mirada le decían que su deber estaba cumplido. Pero Tom no se entregaría fácilmente, con dificultad un día se levantó por la mañana y salió a recorrer su barrio, al ver su colchón vacío las personas se preocuparon y pensaron que no se iría tan lejos, pero luego regresó y se acostó en su viejo colchón en silencio. Esa vez fue la última que el barrio volvió a mirar sus cuatro patas caminar por las calles del barrio. Las personas a su alrededor comprendieron que fue una solemne despedida, y fue la última enseñanza de esa alma vagabunda en nuestras vidas.Es curioso como las cosas cambian y extrañamos: sus ladridos, el rascuñar de la puerta y su nariz húmeda y fría. Pero estoy seguro que Tom fue a buscar a su dueño, y volver a disfrutar de aquellos caprichos, porque un fiel animal siempre vuelve a buscar la compañía de un ser querido. Casualmente el destino quiso que el alma de esa esquina, se haya ido en el día del animal, en su día.





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