Señora Directora: La mayoría de las personas seguramente se mira al espejo para peinarse, afeitarse o maquillarse, entre otras cosas. Pero seguramente no se detiene a mirarse a los ojos y preguntarse: – ¿Me conozco realmente?- ¿Me afectan los rasgos que se ven en el rostro?- ¿Me importa ser mejor persona?- ¿Me molesta que me critiquen?- ¿Me quedan bien los anteojos de uso permanente?- ¿Me cuido de los rayos ultravioleta que pueden afectar mi vista, mi cerebro, etc.?- ¿Me sirve "mandarme la parte"?- ¿Soy solidario cuando puedo ayudar?- ¿Quiero colaborar para que el país salga adelante?- ¿Acepto que me critiquen, para poder mejorar como persona?- ¿Me honra ser honesto o me da lo mismo?- ¿Me importa cuidar mi salud?- ¿Respeto a los demás?Pero seguramente sabe más de lo que le sucede a los demás y esto ocurre en todos los ámbitos de la sociedad. Si se salva alguno debe ser la excepción, pero la inmensa mayoría se interesa más por su entorno que por sí mismo. Que si se compró una ropa nueva, o un calzado extravagante; si cambió el televisor por un plasma gigante para ser distinto a los demás; porque lo visitan personas en vehículos de alta gama; porque está construyendo y la pregunta de siempre: “¿De dónde sacará el dinero?”. Y ni hablar si se compró un cero kilómetro, estalla la envidia en su conjunto y el ambiente del entorno se pone espeso, raro, insoportable; si le va bien, molesta y si le va mal, se escucha por lo bajo: “¡Por algo será!” o “se lo merecía”. Conformar a toda esa muchedumbre es como pretender eliminar a todos los insectos perjudiciales del mundo, ¡algo imposible! Y es así, dirán algunos, pero de que la sociedad se acostumbró a ver más lo de afuera que su propio interior, ¡no caben dudas! Que cada uno saque sus propias conclusiones.




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