Diecisiete años pasaron desde la noche que acabó con la paz de una familia de Puerto Rico. La noche en que un asesino decidió que Oscar Alberto Griss, padre de cuatro hijos, debía morir. Alguien, a quien la Justicia aún no pudo encontrar y que genera un profundo vacío, el del arrebato de un ser querido de una forma despiadada. Karina Alejandra Griss (37), hija mayor, lleva desde entonces adelante la nada grata labor de que la sociedad no se olvidé lo ocurrido."Fue el martes 29 de diciembre, un día totalmente normal, alguien nos avisa que en la casa de papi había pasado algo. De camino por la avenida 9 de Julio con el auto, mi hermana y yo íbamos rezando para que no sea nada grave, pero cuando llegamos nos encontramos con mi papá muerto en la vereda de dos disparos en la cabeza. Nadie que no lo haya vivido puede imaginarse ese dolor, de encontrarte con tu ser querido muerto, es el dolor más grande que puede haber…", rememoró lo sufrido Karina. Transcurrieron 17 años cuando, ella tenía 20 años y no tuvo alternativa más que enfrentar la terrible experiencia y salir delante juntos a su madre y tres hermanos menores.Recordó que “los primeros meses fueron de un dolor inmenso sin poder dormir después de llorar por horas, era imposible aceptar la realidad”. Debió visitar “todos los días la comisaría para saber si había alguna novedad” y recibir siempre la misma respuesta: “No hay novedad”.“Nunca nos dieron una respuesta, no se pudo encontrar al responsable. Al principio tenía muchas esperanzas pero después de los diez años del crimen ya no, ya no me amargo más. Yo siento que con mi papá no tengo ninguna deuda, que hice todo lo que pude, pero la deuda la tiene la Justicia con mi familia y con la comunidad”.Por encargoKarina Griss no tiene dudas que fue un crimen por encargo: “Sí, estoy segura de eso y quiero saber quién fue la persona que decidió que mi papá no viva más, quiero saber ese nombre, quién disparó ya no me preocupa, pero sí, quisiera saber y que todos sepan, quién fue la persona que pagó para que le arrebaten la vida a mi papá”.En todos estos años de lucha, nunca bajó los brazos y cada 29 de diciembre recuerda lo que sucedió en Puerto Rico. Participa de todas las marchas, solidarizándose con quienes viven la pérdida de algún familiar o con quienes tiene algún reclamo que realizar a la Justicia.“Ruego para que nunca más pase algo así, cuando veo en las noticias que matan a gente a diario me desespero porque sé lo que se lo va a sufrir la familia de la víctima fatal. Lo que más deseo es que ojalá esto no pase más con nadie. Lo segundo, me gustaría que la Justicia pueda mejorar. Y lo tercero es, que si a alguien le toca sufrir un crimen, que la comunidad se mueva más, porque nosotros fuimos muy tranquilos, nunca quisimos molestar o incomodar a nadie, pero con estas cosas tenemos que reclamar mucho más fuerte, nos tenemos que unir”.Sin pistas ni sospechasOscar Alberto Griss, era un empresario maderero misionero, fue ejecutado sin contemplación de dos balazos en la cabeza en la vereda de su hogar, próximo arco de acceso a Puerto Rico. El 29 de diciembre de 1998, Griss cenaba con la habitualidad dispuesta por su rutina, mientras su pareja se bañaba. Los asesinos cortaron la energía eléctrica de la vivienda, esto obligó a que saliera a revisar la caja de luz, sospechaba de un desperfecto en los fusibles.Allí lo emboscaron y descerrajaron los disparos. Lo asesinaron y huyeron sin dejar pistas.Desde entonces, la causa estuvo a cargo del juez de Puerto Rico, Éctor Acosta, pero ningún avance se produjo y el caso es calificado hoy como “un crimen perfecto”, un macabro homicidio cometido por encargo y por sicarios.Pese a los constantes reclamos y cuestionamientos a la labor judicial y policial, el tiempo pareció haber borrado cualquier esperanza de una pista que conduzca a los asesinos o a quienes idearon y financiaron el macabro crimen.De la labor judicial, sólo quedan los testimonios aportados en cuanto que Griss era un empresario sin sospechas oscuras sobre su conducta, que no habría tenido enemigos y que nadie en su entorno tenía conocimiento de amenazas de muerte.




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