SAN VICENTE. Cuando recibieron la llave allá por el mes de abril, no podían estar más felices. Lorena Vera y su marido estaban listos para mudarse a su nuevo hogar, ese lugar donde edificarían todos sus sueños y lo prometido a ambos en la ceremonia que los unió para siempre. Sería, además, el lugar donde crecerían sus dos hijos. Es cierto, su casa no estaba terminada. Faltaban algunos detalles pero era el orgullo del joven matrimonio. La tarde del jueves comenzó como cualquier otra. Lorena recibió la visita de su cuñada, que llegó acompañada por sus tres hijos. Entre mate y mate comenzaron a sentir la ferocidad de los vientos. “Estábamos con mi cuñada en casa cuando sentimos un soplo y, así, como si nada, el techo se desprendió y quedamos a la intemperie”. Fue de un momento para otro. “El techo voló, no se dónde, todavía no lo pudimos ubicar. Las paredes quedaron algunas pero torcidas e inclinadas. Gracias a Dios que a mi cuñada o a los chicos no les pasó nada. Yo me golpeé una pierna que todavía me duele. Pasó todo con tanta rapidez que no tuvimos ni tiempo de pensar qué hacer”, aseguró Lorena a PRIMERA EDICIÓN, todavía conmovida por lo que le había tocado a vivir. “En abril nos habíamos cambiado. Todavía no estaba terminada nuestra casa. Faltaba colocar la cerámica y el revestimiento de adentro. Era el esfuerzo de muchos años junto con mi marido. Nuestros padres nos ayudaron a tener esta vivienda y en un segundo lo perdimos todo”, le contó a este Diario. “Los muebles los vamos a llevar a la casa de mi suegro, creo. No sé qué pensar. Sólo me queda agradecer que estamos todos bien”, cerró. “Al colectivo lo movía el viento”Eugenio Jansat es amante de los autos. Tiene varios y los cuida como a sus hijos, con quienes vive en una casa que construyó en las afueras del barrio Malvinas Argentinas. Hace cuatro años que su vivienda es su orgullo. Ese jueves por la tarde, se encontraba arremangado trabajando en sus vehículos mientras el tiempo se tornaba cada vez más peligroso. “El cielo se estaba poniendo cada vez más feo y me comencé a preocupar, yo estaba solo en casa”, cuenta Eugenio a este Diario. De repente, señala con su mano hacia el oeste para mostrar de qué lado venía “esa cosa negra”, como él mismo la denomina. “De pronto se comenzó a escuchar un rugido y cuando vi que se venía para este lado, me desesperé”, asegura. Antes de que se arme el tornado, “pensé en terminar una cosita más que tenía que hacer antes de que empiece la lluvia. Pero de pronto el viento comenzó a soplar con más fuerza que no me podía quedar quieto y vi como un colectivo que estaba parado en la casa del vecino comenzó a moverse con el viento”. Esta imagen despertó sus instintos de alerta y casi sin pensar, “me tiré adentro de mi casa. En un soplido sentí cómo toda la vivienda se me caía encima. Fue un solo segundo que sentí como todo se volaba arriba mío y parte de las paredes me aplastaban”, relató. Los daños más importantes se los llevaron las casas con ampliaciones, o ubicadas por fuera del barrio Malvinas, como la de Eugenio. Una vez que terminó el viento amenazante, “vinieron los vecinos a socorrerme. Por suerte no me lastimé. Perdí toda mi casa, la que había hecho con todo el esfuerzo. No tengo más muebles porque prácticamente perdí todos. Algunas cosas pude llevar a la casa de mi papá”. Mientras mira el cielo, el mismo que lo lastimó, pero esta vez para agradecer: “doy gracias a Dios porque estoy vivo y también porque no hubo ninguna víctima entre mis vecinos. Ahora comienza la reconstrucción”.“Fue una desgracia con suerte”Cuando Roberto Gallo sintió el estruendo de una caída, lo primero que hizo fue correr hasta el cuarto de su hijo, que sabía que estaba durmiendo en la cama. Cuando entró, vio cómo el tanque de agua ya no estaba en el techo, lugar adonde pertenece, si no que se encontraba a los pies de donde descansa el niño. “Se cayó la estructura que sujeta al tanque de agua. La mampostería se cayó en la parte de los pies de la cama y mi hijo estaba durmiendo en la cabecera, gracias a Dios está bien”, le cuenta a este Diario. Todo mientras limpia los escombros y muestra su vivienda y las condiciones en que quedó. “Ahora estamos sacando y limpiando todo. Es para que vean lo que nos pasó. No se lo deseo a nadie”, dice Roberto. Pese al mal momento y a la incertidumbre de lo que pueda pasar, siempre hay lugar para agradecer la fortuna de estar vivo. “Fue una desgracia con suerte porque no hubo heridos graves en mi casa ni entre mis vecinos. Eso iba a ser más lamentable, todo lo material se recupera”, finalizó.“Yo sentí el temblor dentro de mí”Oscar Francisco Dos Santos tiene una quinta a unos 150 metros del barrio, hacia el oeste y en una pendiente muy marcada. El viento la saqueó, lo cuenta porque minutos antes de que comience el viento fuerte, Oscar había salido de su casa camino al centro de la ciudad. “Teníamos que ir al pueblo y nos quedamos en la casa de un familiar en el barrio. Yo sentí el temblor dentro de mí. Fue muy rápido como pasó y menos mal que no estaba en mi casa porque se cayó todo”, dijo a manera de agradecimiento después de que el temporal terminó. Pero para él, recién comienza: a la reconstrucción de su casa, hay que sumarle que sus animales, asustados por la furia de la naturaleza, se fueron y recién ayer por la tarde estaban regresando. “A dos cerditos aún no los encontré”, se lamentó. Esta es la segunda vez que pasó por un temporal así. “En el año 1998 cuando vino el tornado que tumbó la Cooperativa Unión en el kilómetro 1265, yo estaba en una chacra junto con mi hermano y su familia. El galpón donde nos refugiamos esa vez voló y nos quedamos en la intemperie. Con la lluvia en nuestras espaldas. Pero por suerte, no nos tocó ni una lasquita”, agradece.




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