APÓSTOLES. “Espero que no se ría de mí, ya no tengo ni vergüenza de contarlo… pero me voy a morir si no lo hago porque no voy a poder aguantar mucho tiempo más”. Así se presentó a PRIMERA EDICIÓN Carlos Lucas Glinka, quien fue el portero durante 31 años y ocho meses del Bachillerato 12 de Apóstoles. “Me dieron la jubilación en septiembre del año pasado y desde entonces la estoy pasando muy mal. Antes de jubilarme cobraba 3.200 pesos y a duras penas me alcanzaba para vivir; pero mi situación como jubilado es mucho peor, tengo una jubilación de 1.879 pesos de la que me descuentan 1.050 pesos de un crédito que saqué antes de jubilarme (tampoco le alcanza entonces su sueldo) y ahora el banco me refinanció en cuotas y 298 pesos de la cuota del Instituto Provincial de Desarrollo Habitacional (Iprodha)… no me alcanza para vivir con lo que me sobra, estoy pasando hambre”, contó el hombre entre lágrimas. Carlos es un hombre de 68 años, muy alto y de ojos sufridos. Recuerda con orgullo su trabajo como portero en el Bachillerato 12 de Apóstoles “yo fui chofer de camión durante diez años, llevada yerba por todo el país… pero sufría mucho con ese trabajo. Un día, fui a hablar con el director del Bachillerato 12 y le dije que quería trabajar ahí. Me respondió que necesitaban un portero pero que el celador quería que entrara un conocido suyo y que, a la hora de elegir, él sería imparcial. Un día nos citó al celador, su protegido y a mí para decidir quién sería el portero lanzando a la suerte una moneda. Yo elegí cara y salió la primera vez que tiró. Pero el celador dijo que la había tirado mal porque cayó en el pasto y el director propuso volver a lanzarla. Cayó otra vez cara y otra vez el celador se quejó. El director dijo que lanzaría una vez más y que sería la definitiva: salió cara. Así entré como portero, tarea que cumplí durante 31 años y ocho meses”. Coincidencias de la vida, hace poco, Carlos encontró tirada en la calle una vieja moneda de 100 pesos 1981, “yo empecé a trabajar ese año y mi sueldo era de 100 pesos”, contó. La moneda -bien lustrada- está hoy en su llavero. Remató sus pocos bienes por comidaYa no le queda nada de valor para vender a este jubilado, “vendí mi televisor, la heladera, la garrafa de 10 kilos y un reloj Orient automático original que me pude comprar hace algunos años… lo cambié por comida”, confiesa con la cabeza baja y los ojos ya enrojecidos. Da vergüenza seguir escuchándolo sin poder dar una respuesta, una solución. “Lo único que me queda es una garrafita de tres kilos”, detalló. Es la que usa para cocinarse arroz o fideo, “eso es prácticamente lo único que como porque no me alcanza para carne o verdura. No sé lo que es una chuleta con dos huevos fritos. Tengo miedo al invierno que se viene, porque estoy mal comido y creo que si me enfermo no salgo”, advirtió. En varias oportunidades, a lo largo de la entrevista, pidió perdón por ponerse mal y quebrarse. Una vida de trabajoGlinka trabajó toda su vida y aportó al Estado para poder tener una jubilación digna cuando fuera mayor. Por eso, fue al Instituto de Previsión Social (IPS) a preguntar porqué cobraba sólo 1.879 pesos de jubilación, “me dijeron que era lo que me correspondía pero yo no me quedé conforme y volví. Me atendió otro señor y volvió a decirme que lo que yo cobraba estaba bien, entonces, con mucho respeto le dije que había escuchado a la señora presidenta de la nación anunciar que ella había logrado la mejor jubilación de Sudamérica para los argentinos. Y entonces ese señor me recomendó que, si yo quería la jubilación otorgada por el gobierno nacional, tenía que reclamar ante la Nación. Eso me dolió en el alma ¿Cómo pueden decirme eso cuando aporté al IPS durante casi 32 años? Son ellos los que tienen que darme una jubilación como corresponde”. El hombre mostró copia de sus últimos recibos previsionales, donde no sólo se ve la miseria que le pagan de jubilación, sino también los descuentos que sufre cada mes: Iprodha (298,53), préstamo (1.051,49) y seguro bancario (12). Con los 529 pesos que le quedan cada mes, este jubilado tiene que pagar luz, agua, gas, farmacia y ¡comer!. “No puedo dejar de pagar mi casa, pero tuve que dejar de pagar la luz ya me dieron aviso de corte. Quizás pueda vivir sin electricidad, pero creo que no podré hacerlo sin agua”, dice casi para sí. Se lo ve agobiado y deprimido, “me dieron mi casita hace unos diez años, planté árboles y césped. Esta casita es lo único que me queda, no puedo perderla porque me quedaría en la calle”. Carlos Glinka tiene dos hijas, ambas maestras, una vive en Apóstoles y otra en Candelaria. “Una empezó a trabajar hace poco, tiene mellizos. La otra también tiene chicos y alquila su casa… no les puedo pedir que me ayuden con dinero, no me parece correcto. Con la mamá de mis hijas, de la que me separé, nos esforzamos mucho para que ellas puedan estudiar y, después de eso, salir adelante solas. ¿Porqué tengo que pedirles plata a mis hijas si yo trabajé toda mi vida y debería cobrar una jubilación que me permita vivir dignamente?”, lamentó. Una pequeña esperanza Para venir a Posadas y contar su historia a PRIMERA EDICIÓN, este jubilado salió de su casa de Apóstoles a las 3 de la madrugada para hacer dedo. “No puedo darme el lujo de gastar en un pasaje de colectivo”, admitió mientras sacaba de una bolsita unas impresiones a color con imágenes de santos y vírgenes prolijamente guardados, “compraré unas bolsitas de papel madera y les voy a pegar estas imágenes para tratar de venderlas y hacer unos pesitos. Me dijeron que en la costanera de Posadas hay un espacio para la venta de artesanías… estoy desesperado y esperanzado con este proyecto. El señor que me atendió en la vieja estación de trenes me trató muy bien y me alentó a que probara un domingo a la tarde cuando hay mucho movimiento de personas”, contó. Ojalá le vaya bien porque invirtió 100 pesos (que no le sobran) para las fotocopias y todavía le falta comprar las bolsitas de cart&
;oacute;n. Aunque lo lógico sería que este hombre de 68 años y todas las personas de esa edad percibieran una jubilación que les alcance para vivir dignamente. Aunque este trabajador jubilado admite que se está alimentando muy mal, a base de harina y arroz, no sufre ninguna enfermedad crónica que lo obligue a seguir un tratamiento farmacológico. Si así fuera, ¿podría comprar los medicamentos?. Es inconcebible que un jubilado tenga que elegir entre pagar la luz, el agua o comer una dieta adecuada.





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