
Miguel Omar Sosa llegó a estas tierras -Cerro Corá- hace 32 años y desde cero comenzó a trabajar en un campo cubierto de “tacurús” junto a su padre. Ambos habían dejado atrás una vida cómoda en Posadas abrazando un sueño…
Ese deseo se plasmó en una enorme chacra, donde Miguel Sosa se dedica, junto a su esposa e hijas, a la cría de cabritos y corderos, como actividad principal. Sumado a ello, mediante los proyectos Caminos de los Cerros y los Patios Culturales impulsados por la Provincia, la chacra familiar también comenzó ampliar sus servicios de paseos a experiencias de turismo y gastronomía rural. La idea es generar oportunidades de desarrollo entre los emprendimientos de cercanía…
“Este lugar se llama Miguel Omar Sosa llegó a estas tierras -Cerro Corá- hace 32 años y desde cero comenzó a trabajar en un campo cubierto de “tacurús” junto a su padre. Ambos habían dejado atrás una vida cómoda en Posadas abrazando un sueño…, en honor a mi padre porque su apodo era ‘Pajarito’. Estamos en Cerro Corá desde 1994. La chacra tiene una superficie de 40 hectáreas y nuestra actividad principal es la cría de chivitos de las razas Boer, Angora, Anglo Nubian y Saanem; también tenemos corderos de raza Dorper, Santa Inés, Texel y Hampshire Down. Comenzamos con siete cabras y actualmente tenemos un plantel de 135 madres en caprino y 85 ovinos”, contó don Sosa con orgullo a PRIMERA EDICIÓN.
Mientras alternaba el trabajo con la leña, la atención de los animales y la preparación de la tierra para las verduras de chacra, Miguel Sosa hizo un alto para recibir cordialmente a este Diario con unos mates.
Contó que el proyecto comenzó con su padre, quien trabajaba en el ámbito de la electrificación rural y conoció la región por cuestiones laborales. Al tiempo surgió la posibilidad de adquirir el campo y eso los llevó a tomar una decisión que cambiaría para siempre la vida familiar.
“Esto es el anhelo de mi padre”, recordó Sosa sobre aquellos primeros años, “cuando el lugar todavía era un terreno cubierto de tacurús”, reiteró con una sonrisa.
Sin demasiados conocimientos sobre la vida rural, comenzaron con la cría de cerdos. Se capacitaron, realizaron cursos y aprendieron sobre el manejo de los animales. Al mismo tiempo, avanzaron con las instalaciones necesarias para quedarse: hicieron alambrados, construyeron un pequeño galpón y comenzaron a levantar la casa familiar.

Después incorporaron algunas vacas y un caballo. El crecimiento fue gradual, a partir de las posibilidades que surgían y del sacrificio del día a día.
“La decisión de trasladarnos desde Posadas implicó reorganizar la vida familiar. Pero mis hijos se adaptaron bien al lugar y disfrutaban de los animales y las actividades de la chacra. Mi esposa, por su parte, ya conocía las costumbres rurales porque se había criado en Irigoyen”.
Uno de los principales obstáculos fue la distancia con los establecimientos educativos. Las escuelas quedaban a unos tres kilómetros y, durante muchos años, en el pueblo tampoco había opciones de nivel secundario. Los chicos debieron mudarse a Posadas para seguir sus estudios y volver los sábados y domingos. Fueron años duros…
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“Queríamos que los chicos estudien; optamos que se queden en Posadas. De viernes a domingo, se venían a la chacra, haciendo cosas, colaborando, jugando, andando a caballo”.
Dentro de su relato, que alternaba pasado y futuro, Sosa rememoró la etapa de gran movimiento de Cerro Corá, pero que, con las modificaciones en los caminos y las rutas, perdió circulación y población.
Recordó, por ejemplo, la historia de una vecina directora de la escuela de la zona que llegó a tener 400 alumnos. Con los años se convirtió en aula satélite y ahora ya no existe… “Eso llevó a que muchos jóvenes se trasladaran a otros lugares para estudiar y buscar oportunidades. Nuestros hijos igual”.

Un regalo…del cielo
Mas tarde, luego de una larga caminata hacia las vertientes, Don Sosa reconoció que la cría de cabras comenzó casi por casualidad.
“Un amigo nos regaló siete ejemplares y con la familia se decidió incorporarlos como un pasatiempo. Sin embargo, años después, esa actividad se convertiría en principal”.
El punto de inflexión llegó en 2016, con la conformación de la Cuenca Ovino Caprina que abarca a toda esa región. Sosa comenzó a considerar la crianza como un emprendimiento económico, se capacitó en el rubro y fue encontrando posibilidades de desarrollo en la producción de cabritos y corderos.
Según destacó, el acompañamiento de instituciones como “el Ministerio del Agro, el INTA y el INTI, además de los programas vinculados a las leyes Ovina y Caprina contribuyeron a mi formación”.
La experiencia ayudó afrontar las dificultades que enfrentan los pequeños productores para competir en determinados mercados de cerdo. En sus primeros años, cuando trabajaban a tiempo completo con los porcino, Sosa observó el peso económico de las grandes empresas y las limitaciones que eso imponía a los emprendimientos de menor escala.
“Empezó a salir a pérdida y comenzamos la búsqueda de alternativas para sostener la familia. Desde 2021 mejoraron accesos y eso volvió a generar movimiento y posibilidades para quienes seguimos invirtiendo aquí”, sostuvo.

En ese contexto, aseguró que sigue buscando ampliar las actividades de la granja mediante la recepción de visitantes.
“Más allá de estar en Caminos de los Cerros y la cuenca ovina, hace unos meses nos incorporamos a Patios Culturales, una iniciativa del Ministerio de Cultura que combina la gastronomía con las experiencias turísticas”, dijo y recordó que su familia ya tenía experiencia organizando jornadas abiertas en la chacra, con comidas, pesca en los estanques, juegos, paseos a caballo y contacto con los animales.
Esas actividades permitían compartir una jornada al aire libre y ventas de productos. En esta nueva etapa, la atención a los visitantes se organiza mediante reservas, debido a que el establecimiento no cuenta con capacidad para muchas personas. La intención, a futuro (porque siempre se sigue soñando), es preparar el espacio para ampliar las visitas y ofrecer experiencias vinculadas a la vida rural.






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