Patricia Couceiro
Máster en Constelaciones
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El miedo a la muerte y el desapego de quien creemos ser. ¿Te pusiste alguna vez a pensar por qué nos da tanto miedo la muerte? Tal vez no sea solamente el miedo a morir. Tal vez sea el miedo a perder todo aquello que construimos para sentir que somos alguien.
Cuando morimos, perdemos los recuerdos, las relaciones, los acontecimientos, los lugares, las historias y esa secuencia de vida que fuimos construyendo día tras día. Se termina el relato de esta existencia temporal y finita. Y quizás eso sea, justamente, lo que más nos asusta: el olvido de la personalidad que construimos en esta vida. Porque tuvimos que construir una personalidad para poder vivir.
Necesitamos un nombre, una historia, una familia, una profesión, vínculos, experiencias, deseos, heridas, logros. Necesitamos una identidad que nos permita movernos por el mundo y reconocernos en él. Pero esa identidad no es todo lo que somos. Hay algo que permanece en nosotros mientras vivimos. Algo que se va transformando a medida que atravesamos las experiencias. Algo que no tiene tanto que ver con lo que conseguimos, sino con aquello en lo que nos convertimos.
No nos llevamos los acontecimientos. Nos llevamos -si podemos decirlo así- el movimiento interior que esos acontecimientos produjeron en nosotros. El esfuerzo que hicimos para transformarnos. La capacidad que desarrollamos para abrir el corazón.
El amor que pudimos dar. La conciencia que pudimos alcanzar. La capacidad de soltar. La posibilidad de conectarnos con algo más grande que nosotros mismos. Tal vez eso sea lo que verdaderamente permanece.
El alma necesita del ego para manifestarse en esta vida. Sin personalidad, sin identidad, sin una estructura que nos permita vivir en el mundo, el alma no tendría esta experiencia humana. Pero llega un momento en que aquello que fue necesario para vivir puede convertirse en aquello que nos impide descubrir quiénes somos realmente. Y ahí aparece el desapego.
No como renuncia a la vida. No como indiferencia. No como dejar de amar. Sino como la capacidad de dejar de aferrarnos a la idea de que somos aquello que construimos.
Entonces, ¿qué somos realmente?
Dejo abierta la pregunta porque cada uno la va a contestar desde su introspección personal, ya que, todas las respuestas son válidas.






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