Con la llegada de las jornadas más frías del año, miles de personas vuelven a experimentar una situación que conocen bien: el aumento de los dolores articulares y musculares. Aunque el frío no provoca enfermedades reumáticas, sí puede intensificar los síntomas en quienes ya conviven con ellas, generando mayor rigidez, limitaciones para moverse y una sensación general de malestar que se acentúa durante los días húmedos y lluviosos.
Según explicó el médico reumatólogo Rodolfo Fernández Sosa, la combinación de bajas temperaturas, humedad y lloviznas suele ser especialmente difícil para los pacientes que padecen enfermedades crónicas vinculadas al aparato locomotor.
“Los pacientes lo perciben claramente. Cuando se juntan el frío y la humedad aparece una mayor rigidez muscular y articular, especialmente al levantarse por la mañana. Es una situación que nos comentan permanentemente en los consultorios”, señaló el especialista durante una entrevista radial.
La rigidez matinal es uno de los síntomas más frecuentes. Muchas personas sienten dificultades para iniciar sus actividades cotidianas, experimentan dolor al realizar movimientos simples o necesitan varios minutos para recuperar cierta movilidad. En algunos casos, la sensación disminuye progresivamente a medida que avanza el día y el cuerpo entra en movimiento.
Fernández Sosa explicó que detrás de lo que popularmente se conoce como “reuma” existe una amplia variedad de enfermedades con características muy diferentes entre sí. Por ello, insistió en la necesidad de evitar generalizaciones y buscar siempre una evaluación médica adecuada.
“Las enfermedades reumáticas no tienen una edad determinada. Existen patologías que pueden aparecer durante la infancia, otras en la adultez y otras que se vuelven más frecuentes con el envejecimiento”, detalló.
Entre las afecciones que pueden manifestarse en niños y adolescentes mencionó la fiebre reumática, la artritis crónica juvenil y algunas enfermedades autoinmunes como el lupus.
A partir de los 40 y 50 años comienzan a observarse con mayor frecuencia cuadros de artritis reumatoidea, mientras que en la tercera edad predominan la artrosis y la osteoporosis.
Precisamente, la artrosis es la enfermedad reumática más frecuente. Se trata de un desgaste progresivo del cartílago que recubre las articulaciones y que suele afectar especialmente las rodillas, las caderas, las manos y la columna vertebral.
Su incidencia aumenta con el paso de los años y constituye una de las principales causas de dolor y limitación funcional en adultos mayores.
La osteoporosis, por su parte, representa otro de los grandes desafíos sanitarios asociados al envejecimiento. La pérdida de densidad ósea incrementa el riesgo de fracturas y suele afectar especialmente a las mujeres después de la menopausia.
Sin embargo, no todos los dolores musculares o articulares tienen el mismo origen. El especialista destacó que una de las claves para mejorar la calidad de vida de los pacientes es contar con un diagnóstico preciso que permita identificar correctamente la enfermedad que provoca los síntomas.
“Los tratamientos son completamente distintos según la patología. No es lo mismo tratar una artrosis que una artritis inflamatoria, una osteoporosis o una fibromialgia. Cada cuadro requiere estrategias específicas y, en algunos casos, medicamentos muy particulares”, explicó.
En el caso de las enfermedades autoinmunes, como la artritis reumatoidea, el objetivo es controlar una respuesta anormal del sistema inmunológico que termina dañando las propias articulaciones. Sin tratamiento adecuado, estas patologías pueden provocar deformaciones, pérdida de movilidad y lesiones irreversibles.
Otro de los cuadros frecuentes es la fibromialgia, una enfermedad caracterizada por dolores musculares generalizados, fatiga y múltiples síntomas asociados. Fernández Sosa explicó que estos pacientes suelen experimentar molestias variables que pueden cambiar de ubicación a lo largo del día y acompañarse de trastornos digestivos, cefaleas, palpitaciones o dificultades para descansar correctamente.
Frente a este escenario, uno de los errores más habituales consiste en reducir la actividad física por miedo al dolor. Sin embargo, los especialistas sostienen exactamente lo contrario.
“La actividad física es fundamental. Debe ser regular, de bajo impacto y adaptada a cada paciente. El movimiento ayuda a mejorar la movilidad, fortalece la musculatura y contribuye a disminuir el dolor”, afirmó.
Según indicó, muchas personas con fibromialgia tienden a aislarse o abandonar actividades cotidianas porque las asocian con el malestar físico. Esa conducta, lejos de mejorar la situación, suele agravarla.
Los ejercicios de fortalecimiento muscular, las caminatas, los trabajos supervisados por kinesiólogos o profesores de educación física y las rutinas de movilidad constituyen herramientas importantes para conservar la funcionalidad y reducir la rigidez que suele incrementarse durante el invierno.
Además de la actividad física, el especialista destacó el papel de la alimentación dentro de una estrategia integral de cuidado. Una dieta equilibrada, rica en frutas, verduras, legumbres y alimentos frescos, puede contribuir al bienestar general y complementar los tratamientos médicos.
Por último, Fernández Sosa recomendó no minimizar los síntomas cuando los dolores se vuelven persistentes o comienzan a interferir con las actividades habituales. La consulta temprana permite arribar a un diagnóstico oportuno y evitar complicaciones futuras.
Mientras el invierno continúa avanzando en la región, los especialistas recuerdan que el frío puede ser un enemigo incómodo para quienes padecen enfermedades reumáticas, pero también coinciden en que mantenerse activo, seguir los tratamientos indicados y adoptar hábitos saludables sigue siendo la mejor receta para atravesar la temporada con menos dolor y una mejor calidad de vida.







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