En Misiones, la chacra no arranca cuando amanece. Arranca mucho antes, cuando todavía es de noche y en la cocina a leña ya hay movimiento. Ahí están ellas. Preparando el mate, organizando la jornada, dejando listo lo que después nadie ve, pero que sostiene todo lo demás.
Después, el día sigue en el lote. En el yerbal, en el mandiocal, en el gallinero o en la huerta. Las mujeres trabajan a la par -y muchas veces más- que los hombres. Pero su rol sigue siendo, en gran medida, invisible.
“Nosotras estamos en todo. Desde la comida hasta la cosecha, pero pocas veces figuramos”, dice Marta, productora de la zona de San Vicente. Mientras habla, no deja de moverse: acomoda, limpia, ordena. La rutina no se detiene. “Cuando vienen a preguntar, siempre buscan al ‘dueño’. Y capaz que la que sabe cuánto se cosechó, cuánto se vendió y cuánto se gastó soy yo”.
El esquema es conocido en toda la provincia. En un territorio donde predominan las chacras familiares, el trabajo femenino es estructural. No solo en las tareas productivas -plantar, cosechar, cuidar animales- sino también en la administración doméstica, la organización de la mano de obra y la gestión de recursos. Un trabajo que no siempre se paga, no siempre se registra y casi nunca se reconoce como tal.
Rosa, de Aristóbulo del Valle, lo explica sin vueltas: “Si no estamos nosotras, la chacra se cae. Pero eso no se ve. Parece que es una ayuda, y no es ayuda: es trabajo”.
En su caso, combina el cultivo de tabaco con una huerta diversificada. Vende parte en ferias locales y el resto lo destina al consumo familiar. “La huerta la manejo yo. Ahí sacamos para vivir y también para tener un ingreso. Pero eso no aparece en ningún lado”, cuenta.
Esa invisibilización tiene consecuencias concretas. Muchas mujeres no figuran como titulares de la tierra, lo que limita su acceso a créditos, programas estatales o asistencia técnica. Tampoco aparecen en las estadísticas como productoras, lo que termina distorsionando la lectura real del sector.
“Hay un subregistro enorme del trabajo femenino en el agro”, explica Claudia, técnica vinculada a la agricultura familiar. “Cuando uno mira los números, parece que los productores son todos varones, pero en la práctica no es así. Las mujeres sostienen buena parte del sistema productivo”.
En los últimos años, sin embargo, algo empezó a moverse. Las ferias francas, las cooperativas y los espacios de organización rural comenzaron a visibilizar más el rol de las mujeres. En muchos casos, son ellas las que toman la iniciativa para diversificar la producción y agregar valor.
“El cambio viene por ese lado”, señala Claudia. “Las mujeres están impulsando producciones más intensivas, más diversificadas, con venta directa. Eso fortalece la economía de la chacra”.
En Posadas y otras ciudades de la provincia, las ferias francas son un ejemplo claro. Allí, la presencia femenina es predominante. No solo venden, también negocian precios, organizan la logística y construyen redes de intercambio.
“El ingreso propio te cambia la cabeza”, dice Elvira, feriante desde hace más de diez años. “Antes todo pasaba por lo que traía el hombre. Ahora una tiene su plata, decide, invierte. Eso te da otra seguridad”.
Pero más allá de los avances, las barreras culturales siguen siendo fuertes. En muchas chacras, la división de roles se mantiene: el hombre como “productor”, la mujer como “acompañante”. Esa mirada no solo invisibiliza, también condiciona.
“Todavía cuesta que se reconozca que somos productoras”, insiste Marta. “No es una cuestión de ayuda. Nosotras tomamos decisiones, trabajamos la tierra, manejamos la plata. Eso es producir”.
El tema también empieza a colarse en la agenda pública. Desde distintos organismos y programas se promueve la participación de mujeres en capacitaciones, acceso a financiamiento y titularización de tierras. Aunque los avances son desparejos, hay una tendencia a reconocer un rol que históricamente fue relegado. En un contexto complejo para el agro misionero -marcado por costos crecientes, presión fiscal y desafíos climáticos- la participación femenina aparece como un factor clave para la sostenibilidad. No solo por la cantidad de trabajo que aportan, sino por la lógica con la que muchas encaran la producción: más diversificada, más resiliente, más conectada con el mercado local.
“Las mujeres tienen otra mirada”, señala Claudia. “Piensan en el equilibrio de la chacra, en la alimentación de la familia, en el largo plazo. Eso es fundamental”.
En el fondo, lo que está en discusión no es solo el reconocimiento simbólico, sino el lugar real que ocupan dentro del sistema productivo. Porque en cada kilo de yerba, en cada cajón de verduras, en cada litro de leche, hay horas de trabajo que no siempre se ven, pero que hacen posible que la rueda siga girando.
“Nosotras siempre estuvimos”, dice Rosa, casi como una conclusión. “La diferencia es que ahora empezamos a decirlo”.
En la chacra misionera, donde todo parece moverse al ritmo de la tierra, hay algo que empieza a cambiar. Lentamente, sin estridencias, pero con firmeza. Las mujeres ya no solo sostienen la producción en silencio. También empiezan a ocupar el lugar que les corresponde.





