El psicólogo Matías Santander abordó uno de los debates más actuales en su sección de YouTube “Espíritu Adolescente”, donde entrevistó a Nataya Flores, una joven profesional que encarna el cruce entre tecnología, salud y divulgación, en una charla atravesada por la inteligencia artificial, la educación y los desafíos culturales que aún persisten en el mundo científico.
Flores, ingeniera de datos y estudiante de bioinformatica, planteó desde el inicio una mirada práctica sobre estas herramientas. Oriunda de Oberá, actualmente residiendo en Quilmes, explicó que el primer paso para aprovecharlas mejor es entender cómo interactuar con ellas. En ese sentido, señaló que “el prompting”, es decir, la forma en que se le da instrucciones a la IA, resulta clave para obtener respuestas útiles y precisas. A su vez, recomendó organizar el uso en distintos chats o conversaciones para evitar errores o “alucinaciones” del sistema cuando el historial se vuelve demasiado extenso.
En el plano funcional, la especialista sostuvo que estas plataformas pueden ser aliadas para tareas cotidianas, desde resumir información hasta organizar contenidos, aunque advirtió que su uso debe ser consciente. “No le den datos sensibles”, remarcó, en referencia a contraseñas, direcciones o información personal que podría quedar expuesta sin control claro sobre su destino.
La conversación avanzó luego hacia el terreno ético, donde emergen tensiones cada vez más visibles. Flores explicó que muchas de las herramientas actuales se entrenan con datos preexistentes, lo que abre debates sobre derechos de autor y uso indebido del trabajo de terceros. También señaló la falta de regulación frente a un desarrollo tecnológico que avanza más rápido que las normativas. En ese contexto, consideró necesario “ponerle la correa a las grandes empresas” y acelerar marcos legales que protejan a los usuarios.
Santander, por su parte, introdujo una mirada más vinculada a lo psicológico y social, al advertir sobre el uso acrítico de estas tecnologías. En ese punto, ambos coincidieron en que la inteligencia artificial no es el problema en sí, sino la forma en que las personas la incorporan a su vida cotidiana.
Uno de los aspectos más sensibles abordados fue el impacto en la salud mental. Flores planteó que el uso excesivo o inadecuado puede generar dependencia y afectar habilidades cognitivas. “Si dejo que la IA haga todo por mí, dejo de entrenar mi cerebro”, explicó, al comparar el funcionamiento mental con el de un músculo que necesita ejercitarse para mantenerse activo.
En esa línea, advirtió sobre el riesgo de delegar procesos como el aprendizaje, la lectura o la escritura. Si bien reconoció que herramientas como los resúmenes automáticos pueden ahorrar tiempo, sostuvo que el uso indiscriminado puede deteriorar la capacidad de concentración y comprensión. “Mi relación con la tecnología puede dejar de ser sana si reemplaza el esfuerzo propio”, señaló.
La discusión se volvió especialmente relevante en el ámbito educativo. Allí, la posibilidad de que la inteligencia artificial resuelva trabajos prácticos, redacte textos o sintetice contenidos plantea un desafío inédito. Si bien reconoció que puede ser una herramienta valiosa para acompañar el aprendizaje, remarcó que no debería reemplazar el proceso. “No está bueno que te haga todo el trabajo”, señaló.
En esa línea, propuso un uso más equilibrado, donde la IA funcione como apoyo y no como sustituto. Mencionó experiencias docentes que incorporan estas herramientas de manera creativa, por ejemplo, utilizándolas para corregir textos escritos por los propios estudiantes o para generar devoluciones que fomenten el aprendizaje.




