En casi cualquier parte del mundo, consumir agua con altos niveles de arsénico sería una sentencia silenciosa. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda un máximo de 10 microgramos por litro. Superar ese límite implica riesgos graves: cáncer, lesiones cutáneas, malformaciones congénitas y muerte prematura.
Sin embargo, en San Antonio de los Cobres, en el altiplano del noroeste argentino, la historia es distinta. A más de 3.700 metros de altura, esta comunidad ha convivido durante siglos —y probablemente milenios— con agua que llegó a contener cerca de 200 microgramos de arsénico por litro, veinte veces por encima de lo recomendado. Antes de la instalación de un sistema de filtración en 2012, esa era su realidad cotidiana.
Un metabolismo diferente
El arsénico no es un veneno menor. Cuando ingresa al organismo, se transforma en distintas formas químicas. Algunas son relativamente menos dañinas, pero otras —como el compuesto monometilado (MMA)— resultan especialmente tóxicas.
En la mayoría de las personas, el cuerpo produce cantidades significativas de este derivado peligroso antes de poder eliminar el arsénico en su forma más segura, el dimetilado (DMA). Pero en San Antonio de los Cobres ocurre algo distinto, según el sitio dw.com.
A mediados de los años noventa, estudios en la población femenina detectaron un patrón inusual: sus organismos generaban menos del compuesto más tóxico y avanzaban más rápido hacia la forma eliminable. En otras palabras, metabolizaban el arsénico de manera más eficiente.
Durante años, el fenómeno fue una curiosidad bioquímica. Hasta que la genética empezó a dar respuestas.
En 2015, un equipo liderado por las biólogas evolutivas Carina Schlebusch y Lucie Gattepaille identificó una posible explicación en el ADN.
Al analizar muestras de 124 mujeres de la región y compararlas con poblaciones de Perú y Colombia, los investigadores encontraron variantes del gen AS3MT, clave en el metabolismo del arsénico, que eran mucho más frecuentes en San Antonio de los Cobres.
Estas variantes favorecen una conversión más eficiente del arsénico hacia formas menos tóxicas. Pero el hallazgo más importante fue otro: las señales de un “barrido selectivo”, es decir, la huella genética de la selección natural actuando rápidamente en una población. En términos simples, quienes tenían estas variantes tenían más probabilidades de sobrevivir y de transmitirlas.
Según el estudio, se trata de la primera evidencia clara de adaptación humana a una sustancia química tóxica.
Una adaptación que no es única
Lejos de ser un caso aislado, investigaciones posteriores detectaron patrones similares en poblaciones indígenas de los Andes bolivianos.
En estos grupos, las variantes favorables del gen AS3MT aparecen con una frecuencia aún mayor, junto con señales intensas de selección natural. Todo indica que la adaptación al arsénico no es un evento puntual, sino un proceso evolutivo sostenido en distintas comunidades expuestas durante generaciones a este contaminante natural.
Sin embargo, no toda adaptación se escribe directamente en los genes. La epigenética —los cambios en la forma en que los genes se activan o silencian sin modificar su secuencia— también juega un papel clave. Investigaciones recientes en poblaciones andinas detectaron alteraciones epigenéticas en genes vinculados al sistema cardiovascular y al crecimiento de vasos sanguíneos.
Estas modificaciones podrían ayudar a explicar rasgos característicos de las poblaciones de altura, como la mayor viscosidad de la sangre o el engrosamiento de las arterias, adaptaciones a la hipoxia, la escasez de oxígeno en grandes altitudes.
A diferencia de las mutaciones genéticas, estas respuestas son más flexibles y no siempre se transmiten de forma estable entre generaciones. Aun así, su persistencia en poblaciones que habitan estas regiones desde hace miles de años plantea una pregunta clave: ¿hasta qué punto la epigenética participa activamente en la evolución humana?
El caso tibetano
La adaptación a la altura no sigue una única fórmula. En el Tíbet, por ejemplo, la evolución tomó un camino distinto.
Estudios recientes demostraron que las mujeres tibetanas con mayor éxito reproductivo no tienen niveles elevados de hemoglobina, como se creía. En cambio, presentan una mayor eficiencia en el transporte de oxígeno, evitando el espesamiento de la sangre y la sobrecarga del corazón.
Parte de esta ventaja se debe a una variante del gen EPAS1, heredada de los denisovanos, una especie humana extinta. Es un ejemplo fascinante de cómo distintas poblaciones pueden resolver el mismo problema —la falta de oxígeno— de maneras completamente diferentes.
Una evolución que sigue en marcha
El caso de San Antonio de los Cobres, junto con otros ejemplos andinos y tibetanos, desafía una idea muy extendida: que la evolución humana es cosa del pasado. Por el contrario, todo indica que sigue ocurriendo.
Frente a entornos extremos —toxinas naturales, falta de oxígeno, condiciones climáticas adversas— el cuerpo humano continúa adaptándose. A veces a través de mutaciones genéticas, otras mediante cambios epigenéticos o ajustes fisiológicos.
La biología humana, lejos de ser estática, sigue negociando con su entorno. Y en algunos rincones del mundo, como en el altiplano argentino, esa negociación puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.





