María Cristina Mierez es voluntaria de la Asociación Civil Creación desde que se jubiló, hace ya más de cinco años. “Mi objetivo de vida siempre fue ayudar pero, al jubilarme y disponer de más tiempo, pude hacerlo de una mejor manera”, confió.
Según recordó en diálogo con PRIMERA EDICIÓN, luego de jubilarse le pidió al sacerdote Alberto Barros que la orientara, que le sugiriera dónde podía ayudar, “me acuerdo que me mandó a hablar con la señora Peti Borello, quien en ese momento era la tesorera de ‘la casita’ (como muchos llaman con cariño a la Asociación Civil Creación, de ayuda al niño hematooncológico, rememorando su primera sede, una pequeña casita de madera ubicada muy cerca del Hospital de Pediatría) y así fue que empecé a trabajar como voluntaria”.
Hoy, varios años después, María Cristina da fe del trabajo titánico de los voluntarios de la organización y del esfuerzo de mucha gente, incluido los directivos de la organización civil que tiene 22 años de historia, “es una tarea continua que hacemos con la sociedad, porque muchas personas todavía no conocen lo que hacemos en este lugar al que le decimos la casita para ayudar a los pacientes pediátricos oncológicos en tratamiento y sus familias”.
“Requiere tener tiempo y compromiso”
“Los voluntarios rotamos para ir a la sede, en mi caso voy tres veces por semana. Somos entre ocho y diez voluntarios… no es fácil el voluntariado porque requiere tener tiempo y por supuesto, mucha dedicación. La voluntad conlleva el compromiso, no es que ayudo cuando puedo… el voluntario asume un compromiso”, destacó María Cristina que trabajó en el área administrativa del Círculo Médico.
“Mi trabajo era hacer auditorías con las obras sociales… algo muy distinto a lo que hago ahora pero siempre me gustó el contacto con la gente. Me encanta lo que hago, mi familia siempre fue muy solidaria, mis abuelas eran de abrir las puertas a las personas que no tenían recursos… ellos me enseñaron a ser voluntaria y siento que este es mi lugar en el mundo, me hace sentir muy bien poder ayudar a la gente”, aseguró.
“Los chicos juegan y se olvidan que están en tratamiento”
Para María Cristina, su mayor satisfacción es ver que “cuando los chicos vienen a la casita se olvidan de todo, es como que no estuvieran en tratamiento, juegan y disfrutan del momento; hay docentes y gente que colabora de todos lados, incluso tenemos una profesora de yoga que también organiza juegos con los chicos. También hay profesores que enseñan robótica, todos son voluntarios”. Los únicos empleados de la organización son una trabajadora social y una docente.
Muchas personas sueñan disponer de más tiempo en sus vidas para poder descansar, disfrutar con amigos, sus seres queridos, viajar o simplemente quedarse en sus casas sin hacer nada. Otras, como es el caso de María Cristina, aprovechó esta oportunidad para comprometer ese nuevo tiempo libre que le permitió la jubilación, en ponerse a disposición para ayudar a otros.




