Hay indicadores que se publican todos los meses -inflación, actividad, empleo registrado- y hay otros que funcionan como termómetro político del sistema productivo. La conflictividad laboral es uno de ellos.
El informe “Conflictividad laboral a 2 años del gobierno de Milei”, elaborado por el Centro de Economía Política Argentina (CEPA), releva 717 casos entre enero de 2024 y febrero de 2026. No es un número menor. Es un mapa. Y ese mapa muestra algo más que disputas salariales: exhibe tensiones estructurales en el corazón del aparato productivo.
La pregunta que atraviesa el documento es simple pero incómoda: ¿qué tipo de mercado laboral está emergiendo tras dos años de ajuste fiscal, apertura importadora y desregulación?
La industria como epicentro
El 62,1% de los conflictos registrados se concentran en la industria. No en el Estado. No en el empleo público. En la producción privada. Textil, alimentos, metalurgia, siderurgia y automotriz encabezan el listado. El dato no es aislado: el propio informe vincula el fenómeno con la apertura importadora y la caída del consumo.
Aquí aparece el primer contraste con datos oficiales. Según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), el índice de producción industrial manufacturera mostró durante 2024 y 2025 niveles de utilización de capacidad instalada por debajo de los registros previos. En el caso del sector automotriz -citado en el informe- la capacidad instalada llegó en octubre de 2025 al 56,1%, 5,1 puntos porcentuales menos que un año antes. Al mismo tiempo, el déficit comercial del sector automotriz entre enero y noviembre de 2025 alcanzó los US$ 8.019 millones, un aumento del 155% respecto de 2023. Más importaciones, menos producción local. El esquema es claro. La conflictividad no surge en el vacío. Es la consecuencia visible de esa ecuación.
Despidos como núcleo del conflicto
El 63,6% de los casos registrados tienen como causa principal despidos. Le siguen cierres (12,3%), suspensiones (10%) y crisis empresarias (7,8%).
El dato dialoga con cifras oficiales de la Superintendencia de Riesgos del Trabajo (SRT), que registraron la pérdida de 272.607 puestos de trabajo registrados entre noviembre de 2023 y octubre de 2024, número que el propio informe recupera. El patrón no es el de conflictos salariales en expansión económica. Es el de reestructuraciones defensivas. No se trata de negociación colectiva. Se trata de supervivencia empresaria.
PYMES y capital nacional: los más expuestos
El 39,1% de los conflictos corresponde a PYMES. Y el 71,5% de los casos involucra empresas de capital nacional. Esto desarma una lectura simplista que atribuya el fenómeno únicamente a conglomerados internacionales reacomodándose. La tensión se concentra en el tejido productivo local.
El contraste es relevante: mientras la política económica promueve apertura y competencia externa como mecanismo disciplinador de precios, los conflictos se acumulan en empresas que operan con márgenes estrechos y alta dependencia del mercado interno. El resultado es una presión doble: caída del consumo y competencia importada.
El salto después de octubre
Uno de los datos más significativos del informe aparece en su tramo final. Hasta septiembre de 2025 se registraban en promedio 24 conflictos por mes. Desde las elecciones legislativas de octubre de 2025, el promedio subió a 42 casos mensuales. El aumento es casi del 75%.
No se trata de un freno del conflicto tras el respaldo electoral. Ocurre lo contrario: se intensifica .Aquí el análisis se vuelve político. El fortalecimiento legislativo del oficialismo coincidió con una profundización del proceso de ajuste y reestructuración productiva. El conflicto no se modera; se acelera.
El informe no se limita a porcentajes. Enumera casos paradigmáticos. En la industria textil, que concentra el 23,6% de los conflictos industriales, aparecen cierres como Emilio Alal y recortes en Grupo DASS. En metalurgia y siderurgia, suspensiones masivas en Acindar y cierre de Fornax. En electrónica, ajustes en Newsan. En automotriz, el proceso de reducción de personal en General Motors, que pasó de más de 1.000 empleados a alrededor de 600 en menos de dos años. Son nombres propios. No estadísticas abstractas.
¿Transformación o contracción?
Desde el oficialismo se argumenta que el ajuste era inevitable, que el modelo anterior era insostenible y que el orden macroeconómico es condición para cualquier recuperación futura. Es una hipótesis válida. Pero el informe del CEPA sugiere que el proceso no es neutro sectorialmente: golpea con mayor intensidad a la industria y a las PYMES de capital nacional. La pregunta estratégica es si se está transitando una reconversión productiva hacia sectores más competitivos o una simple contracción del entramado industrial.
Los datos oficiales de empleo y producción muestran caída y estancamiento. El informe muestra conflicto. Ambas curvas parecen moverse en la misma dirección. La conflictividad laboral no mide solo paros o protestas. Mide incertidumbre. Que el 63,6% de los conflictos se originen en despidos indica que el problema no es distributivo sino estructural.
La negociación ya no es por salario real, sino por continuidad laboral. Ese es el dato más relevante de estos dos años. La Argentina atravesó crisis profundas en su historia reciente. Lo distintivo del período actual es que la conflictividad no está asociada a hiperinflación ni colapso financiero. Está asociada a una estrategia de estabilización que redistribuye costos.
El informe del CEPA no ofrece juicios de valor explícitos. Pero los números hablan: 717 conflictos en 25 meses. La estabilización macro puede estar avanzando. El tejido productivo, en cambio, muestra señales de tensión. Y la historia argentina enseña algo: cuando la industria se contrae, el conflicto no desaparece. Se transforma.
La pregunta de fondo no es si habrá más ajuste. Es si habrá un nuevo equilibrio productivo capaz de absorber el empleo que hoy se pierde. Porque si ese equilibrio no llega, la conflictividad que hoy es industrial mañana será social.
El conflicto no es ideológico: es productivo
Hay una tentación en la Argentina contemporánea: leer cualquier dato incómodo como parte de una disputa política. Si un informe muestra caída del empleo, es oposición. Si muestra mejora fiscal, es oficialismo. Todo parece traducirse en alineamientos.
Pero hay números que trascienden el relato. Que en dos años se registren más de 700 conflictos laborales no es una opinión. Es una señal. Y las señales no responden a ideologías: responden a tensiones reales en el sistema productivo.
La estabilización macroeconómica era necesaria. El desorden heredado era profundo. La inflación descontrolada tampoco protege el empleo ni la industria. Nadie serio discute eso. Lo que sí se discute es el costo y su distribución.
Cuando el 60% de los conflictos se concentran en la industria, el mensaje es claro: el ajuste no está golpeando primero al Estado, sino al aparato productivo privado. Cuando más del 60% de los casos se originan en despidos, no estamos ante huelgas expansivas sino ante defensas desesperadas del empleo. Eso no es una lectura ideológica. Es una lectura estructural.
La apertura comercial puede disciplinar precios. Pero también disciplina empresas. Y cuando la competencia externa llega en un contexto de consumo deprimido, el resultado no es eficiencia inmediata: es achicamiento. Hay quienes sostienen que se trata de una transición inevitable. Que toda transformación profunda genera costos de corto plazo. Que el mercado reasignará recursos hacia sectores más competitivos. Puede ser.
El problema es el tiempo. El mercado reasigna, pero las personas viven mes a mes. La industria no se reconvierte en un trimestre. Y el empleo perdido no siempre reaparece en el mismo territorio ni con la misma calidad.
La historia argentina está llena de aperturas que prometieron modernización y terminaron consolidando primarización. También está llena de proteccionismos ineficientes. No hay soluciones mágicas.
Pero sí hay una evidencia incómoda: cuando la conflictividad crece en el corazón industrial, algo estructural está ocurriendo. Y hay otro dato que debería preocupar más que los porcentajes: la conflictividad se intensificó después de las elecciones legislativas. Es decir, no estamos ante un fenómeno de incertidumbre política previa. Es posterior al respaldo electoral. Eso sugiere que el ajuste no fue coyuntural. Fue programa.
La pregunta no es si el rumbo es coherente. Lo es. La pregunta es si el tejido productivo argentino tiene la espalda suficiente para absorber el ritmo del cambio. Porque una cosa es ordenar las cuentas públicas. Otra es sostener el entramado que genera empleo.
El conflicto laboral no es una anécdota sindical. Es un termómetro del sistema. Y cuando el termómetro sube de manera sostenida, el problema no se resuelve acusando al instrumento de medir mal. Se resuelve revisando la temperatura.
Argentina puede tolerar ajuste. Lo que no tolera durante mucho tiempo es la sensación de que el costo siempre cae sobre los mismos.Y hoy, el mapa del conflicto muestra con claridad dónde está cayendo.
El informe completo aquí👇
Informe-conflictividad-laboral-a-2-anos-del-gobierno-de-Milei-CEPA-Febrero-2026-1




