Estamos acostumbrados a decir “saco a mi perro” y no reparamos en que el paseo no es solo rutina o ejercicio físico, es juego, exploración, pero también, es una experiencia de lectura.
Cada parada, cada desvío, cada trayectoria… no es casual. Es una forma de expresión.
En el paseo, el perro nos muestra cómo está, qué necesita, qué vínculos quiere sostener o evitar. Lo hace no solo con el olfato: también con su cuerpo. Mira, gira, se detiene o cambia de dirección. Son decisiones, mensajes. Si solo pensamos en “descargar energía”, pasamos por alto ese diálogo.
Y no se trata de una regla sobre la correa, no hace falta que esté siempre larga ni siempre floja. Se trata de flexibilidad y contexto: que podamos leer la situación, ofrecer espacio cuando lo necesita y sostener cuando hace falta. Por seguridad, por presencia, por cuidado mutuo.
Acompañar un paseo no es llevarlo a algún lado. Es compartir tiempo, trayecto y mirada. Es estar disponibles para escuchar lo que el otro tiene para decir. Ese estar tan presentes con ellos -mirar lo que miran, oler lo que huelen, detenernos donde se detienen- también es una forma de cuidar de nosotros.
Porque en ese momento no estamos atrapados en el pasado, ni proyectados hacia un futuro. Estamos aquí y ahora.
Disfrutar los paseos con nuestros perros, muchas veces, nos ayuda también a disfrutar un poco más de nosotros mismos.







