A diferencia de otras ciudades fundadas por razones estratégicas o militares, Mar del Plata nació de la tenacidad -y del interés comercial- de un solo hombre: Patricio Peralta Ramos.
El 10 de febrero de 1874, el entonces gobernador bonaerense Mariano Acosta firmó el decreto que oficializó la creación del pueblo en la zona de la Laguna de los Padres. Pero el camino hasta ese acto administrativo estuvo lejos de ser una donación filantrópica.
Más allá del bronce y las placas conmemorativas, la fundación de Mar del Plata fue el resultado de una disputa administrativa y económica. Peralta Ramos, que había adquirido las tierras a un consorcio portugués, necesitaba el reconocimiento estatal para consolidar un enclave productivo donde ya funcionaban un saladero y un puerto rudimentario.
El proyecto chocó con la resistencia de vecinos y autoridades del Partido de Balcarce, que veían en la nueva jurisdicción una amenaza directa a su control territorial y a sus intereses económicos.
El Estado provincial no avanzó hacia el Atlántico por iniciativa propia. Fue la presión sostenida de Peralta Ramos la que terminó forzando la decisión política. El decreto de 1874 no solo validó el trazado urbano, sino que legitimó la visión de un empresario que entendió antes que nadie el potencial económico de esa costa, más allá de la industria del tasajo.
Aunque hoy Mar del Plata se asocia al turismo masivo, en su origen fue un enclave productivo privado. La transformación en balneario de elite -la futura “Biarritz argentina”- llegaría recién una década después, con la llegada del ferrocarril en 1886 y el impulso de la Generación del 80, que adoptó el diseño urbano de Peralta Ramos como espacio de recreo y sociabilidad.
En ese marco, si bien el fundador cedió terrenos para edificios públicos como la iglesia, la escuela y la municipalidad, el grueso del loteo respondió a un negocio inmobiliario privado, clave para la consolidación del nuevo pueblo.




