En Davos no todos hablaron del mismo mundo. Aunque compartieron escenario, Javier Milei y Mark Carney pronunciaron discursos que no solo fueron distintos: parecieron situarse en épocas históricas diferentes.
El presidente argentino eligió la comodidad de la doctrina. Volvió al foro con un mensaje reconocible: una defensa cerrada del capitalismo como sistema ético, una crítica frontal al socialismo y una advertencia moral sobre los riesgos de sacrificar valores en nombre de la eficiencia. En su narrativa, el problema del mundo no es la inestabilidad, sino la desviación: Occidente habría extraviado sus principios y, con ellos, el rumbo. Carney habló desde otro lugar. No defendió un sistema: describió una ruptura. No invocó un orden que ya no existe, sino que pidió dejar de fingir que sigue en pie. Mientras con furcios Milei citaba a la escuela austríaca para reafirmar certezas, el primer ministro canadiense apelaba a Václav Havel para desnudar una mentira colectiva: la de seguir actuando como si el orden internacional basado en normas aún funcionara.
Ahí aparece la diferencia clave. Milei se paró frente al mundo para decir cómo debería ser. Carney, para explicar cómo es. Uno habló de ética económica; el otro, de geopolítica sin anestesia. Uno defendió la propiedad privada como principio universal; el otro advirtió que las grandes potencias ya usan el comercio, las finanzas y la integración como armas de coerción. El contraste también fue de tiempo histórico. El discurso de Milei miró hacia atrás, hacia una arquitectura conceptual estable, previsible, casi ideal. El de Carney miró hacia adelante, a un mundo fragmentado, más pobre y más tenso, donde las potencias medias solo tienen una salida: dejar de simular soberanía y construirla con estrategia, alianzas y resiliencia.
En Davos, Milei habló de capitalismo. Carney habló de poder. Milei apeló a principios inmutables; Carney aceptó que las reglas ya no protegen a todos por igual. Mientras uno insistía en que el problema es moral, el otro advertía que el problema es estructural.Tal vez por eso uno repitió frases, se apoyó en un texto rígido y pasó casi desapercibido frente al ruido global. Y el otro se convirtió en una referencia incómoda, incluso para Donald Trump. En tiempos de ruptura, parece que el mundo escucha más a quien nombra la crisis que a quien intenta negarla con consignas.
Y por casa…
En Argentina, en tanto, la microeconomía volvió a hablar con crudeza. No lo hizo a través de grandes indicadores financieros ni de anuncios oficiales, sino en precios, deudas familiares y empleo informal.
La inflación de diciembre, que alcanzó el 2,8% según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), dejó un dato más revelador que el promedio general: las canastas básicas crecieron un 4,1%, impulsadas por el aumento de los alimentos, especialmente la carne.
Ese desfasaje -canastas subiendo por encima de la inflación y de los ingresos- volvió a empujar a miles de hogares hacia la pobreza. Así lo reflejan las estimaciones del Nowcast de Pobreza que elabora Martín González Rozada en la Universidad Torcuato Di Tella, que muestran un salto del 28,7% al 32,5% entre el tercer y cuarto trimestre de 2025.
En paralelo, las familias apelaron al crédito para sostener el consumo, pero ese recurso también empezó a mostrar su límite. El Banco Central informó que el 23,4% de los ingresos familiares se destina al pago de deudas, el nivel más alto de las últimas décadas. Préstamos personales y tarjetas de crédito explican la mayor parte de ese endeudamiento, tomado a tasas elevadas y sin el viejo “beneficio” de la licuación inflacionaria. El resultado es un aumento de la morosidad que comienza a ser alarmante. Según el BCRA, alcanzó el 8,8%, pero en los sectores más rezagados supera ampliamente ese promedio. Sebastián Menescaldi, de EcoGo, advierte que en los segmentos sin acceso al sistema bancario formal la mora ya supera el 20%. Y el exdirector del Banco Central Pablo Curat sintetiza el cuadro con un dato elocuente: el 10,1% de los créditos a personas humanas presenta atrasos mayores a 30 días, el peor registro de la última década.
Este deterioro convive, además, con un mercado laboral cada vez más precarizado. Los últimos datos del INDEC muestran que los trabajadores informales y por cuenta propia ya superan a los asalariados registrados. Más de once millones de personas trabajan sin estabilidad, sin aportes y sin red de protección. La informalidad alcanza al 43,8% de los asalariados privados y al 64% de los cuentapropistas.
Así las cosas, la microeconomía termina revelando una verdad incómoda: la estabilidad macro no se traduce automáticamente en bienestar social. Con precios esenciales en alza, ingresos que no alcanzan, deudas que se acumulan y trabajos cada vez más precarios, el ajuste no se mide en planillas técnicas, sino en la vida diaria. Y es allí, en esa economía real, donde se define el verdadero saldo de cualquier modelo.
Efectos a la vista
La actividad económica volvió a dar señales de fatiga cuando el calendario se acercaba al cierre de 2025. El EMAE de noviembre no solo marcó la primera caída interanual en más de un año, sino que confirmó que el rebote posajuste perdió impulso. El dato desnuda una tensión central del modelo: contener la inflación a cualquier costo empieza a mostrar efectos colaterales sobre la producción y el empleo.
Los números del INDEC son claros. Mientras la intermediación financiera y el agro sostienen variaciones positivas, la industria manufacturera y el comercio continúan en retroceso.
Es allí donde se siente con mayor fuerza la política monetaria contractiva que el Gobierno decidió profundizar tras el repunte inflacionario del segundo semestre. La suba de tasas, el endurecimiento del financiamiento y el sesgo contractivo del Tesoro y el BCRA buscan anclar expectativas, pero también enfrían la economía real. Forzar una inflación cercana a cero no puede ir separado de una recuperación. La sociedad necesita pesos circulando, no una aspiradora monetaria.
Ese freno macroeconómico tiene traducción directa en el empleo. El supermercadismo es hoy uno de los termómetros más visibles del ajuste. Cierres, despidos y achiques atraviesan a grandes cadenas de todo el país. En provincias como Misiones y San Juan, tal como lo publicara PRIMERA EDICIÓN, empresas redujeron drásticamente sus plantillas y reconvirtieron hipermercados en formatos mínimos para sobrevivir a la caída del consumo.
La industria tampoco escapa a este cuadro. La automotriz, históricamente dependiente de Brasil, enfrenta un cambio de escenario que enciende luces rojas. En 2025, las exportaciones argentinas de autos cayeron 10%, mientras las marcas chinas ganan terreno aceleradamente en el mercado brasileño. Desde julio, Brasil importa más vehículos chinos que argentinos, una tendencia que amenaza con consolidarse. La desventaja es estructural: los autos argentinos cargan con una presión fiscal cercana al 15% de su precio, mientras los vehículos chinos llegan subsidiados y sin impuestos. Menos exportaciones implican menos producción y, tarde o temprano, menos empleo industrial. El impacto no es abstracto: se mide en turnos suspendidos, inversiones postergadas y proyectos que no arrancan.
Algo similar ocurre con los anuncios de apertura comercial que no logran materializarse en beneficios concretos. El arancel cero para celulares, celebrado por Luis Caputo y Manuel Adorni como un alivio para el consumidor, no produjo bajas de precios. Tal como había advertido Ana Vainman, vocera de AFARTE, los stocks, los impuestos vigentes y los costos financieros neutralizaron el efecto. Una semana después, el arancel cero seguía siendo un título en el Boletín Oficial, no en las góndolas. Así, entre una actividad que se enfría, despidos que se multiplican y políticas que prometen más de lo que entregan, la economía vuelve a mostrar su costado más áspero. El dilema de la sábana corta reaparece con fuerza: se contiene la inflación sacrificando buena parte de la industria, debilitando al empleo.
Dólares
Una vez más, Argentina volvió a hablar de dólares. No como promesa de abundancia, sino como termómetro de una economía que intenta estabilizarse caminando por la cornisa. En ese equilibrio delicado conviven tres frentes que se retroalimentan: las necesidades de financiamiento, la acumulación de reservas y una deuda pública que cambia de forma, pero no de centralidad.
El mapa provincial ofrece una primera señal de alerta. Según el análisis de Alejandro Pegoraro (Politikon Chaco), trece provincias enfrentarán vencimientos en dólares por casi US$ 2.500 millones durante 2026, con una cobertura parcial vía depósitos.
La foto es heterogénea: mientras la Ciudad de Buenos Aires exhibe una holgura poco común, otras jurisdicciones llegan con márgenes mínimos y alta dependencia de refinanciamiento. El acceso al mercado cambiario existe, pero pagar deuda en dólares implica hoy una pesada erogación en pesos en un contexto fiscal ajustado.
En el plano nacional, el Banco Central volvió a comprar divisas y eso le devolvió al mercado una sensación de calma. Sin embargo, como advierten distintos informes privados, esa calma tiene costo. Cada dólar que se compra inyecta pesos que luego deben ser absorbidos para evitar desbordes. El resultado es una plaza con liquidez ajustada, tasas cortas en niveles elevados y una sensibilidad extrema ante cualquier movimiento del Tesoro.
El desafío de fondo es la remonetización. Recuperar la demanda real de pesos es condición necesaria para que el esquema funcione sin sobresaltos. Pero el margen es estrecho: el Tesoro enfrenta vencimientos abultados, poco espacio para inyectar liquidez y la necesidad de rollear deuda con tasas cada vez más exigentes. En ese contexto, la tasa deja de ser una variable técnica y pasa a ser un mensaje político y económico al mismo tiempo.
La deuda pública completa el cuadro. En diciembre de 2025, el stock total alcanzó los US$ 455.067 millones, según datos de la Secretaría de Finanzas. Si bien hay una reducción respecto de 2024, el número creció desde el inicio de la gestión de Javier Milei, empujado por mayor endeudamiento en moneda extranjera y capitalización de intereses. El vínculo con los organismos internacionales -en especial el FMI- sigue siendo una pieza estructural del esquema. Así, los dólares que sostienen la estabilidad también explican su fragilidad. Reservas que crecen con deuda, tasas que suben para sostener el equilibrio y una economía que observa, desde la tribuna, cómo cada movimiento se paga con otra variable.
En la Argentina de hoy, el dólar no se mueve solo por la escasez, sino por la tensión. Y esa tensión, más temprano que tarde, vuelve a hacerse sentir.
Amortiguar el golpe
Misiones ofrece una radiografía nítida de cómo las variables macroeconómicas terminan impactando, con nombre y apellido, en la vida cotidiana. Aun en una provincia donde el costo de vida es más bajo en términos nominales, los salarios corren muy por detrás.
El último informe de la Junta Interna de ATE INDEC lo deja en evidencia: una familia tipo necesitó en diciembre casi dos millones de pesos para subsistir en el NEA. No para vivir bien, sino apenas para sostenerse. Esa brecha se traduce en consumo retraído, endeudamiento forzado y una creciente fragilidad social.
El deterioro del poder adquisitivo no es abstracto. Como señaló Raúl Llaneza, secretario general de ATE INDEC, el ajuste salarial fue una decisión política concreta que partió desde el centro mismo del poder. La crisis también avanza sobre el corazón del sistema productivo y comercial. El aumento explosivo de los cheques rechazados, las estafas con documentos falsos -como las denunciadas por la Cooperativa Agroindustrial de Misiones- y la desconfianza creciente entre empresas y comercios exponen una cadena de pagos al límite. La recesión, la falta de liquidez y la mora ya no son excepciones: son parte del paisaje económico cotidiano.
El conflicto yerbatero sintetiza esa tensión. Productores como Jorge Lizznienz y Antonio França, ambos entrevistados por la FM 89.3 Santa María de las Misiones, describen chacras abandonadas, precios en caída y decisiones tomadas lejos de la tierra colorada. Las medidas de fuerza votadas en Campo Viera y el reclamo por un INYM con capacidad regulatoria reflejan algo más profundo: sin reglas, sin precios justos y sin financiamiento, el “libre mercado” termina expulsando a los más chicos. França lo resumió con claridad al reclamar diálogo abierto y presencia institucional en el interior, donde la crisis se vive antes y más fuerte.
En ese contexto, el Gobierno provincial busca amortiguar el golpe. La rebaja de Ingresos Brutos a los combustibles anunciada por Hugo Passalacqua apunta a sostener actividad y competitividad, mientras que el desempeño exportador muestra que Misiones sigue siendo un motor regional. Liderar las ventas externas del NEA por tercer año consecutivo no es menor, aunque ese dinamismo aún no se traduce en alivio para el mercado interno.
Así, Misiones condensa la paradoja del presente argentino: una economía que exhibe señales de orden macroeconómico, pero donde el ajuste cae con crudeza sobre salarios, producción y consumo. Mientras en Davos Milei reivindicó la pureza doctrinaria del capitalismo como una verdad moral y Carney llamó a abandonar las ficciones cómodas del orden global, en Argentina la distancia entre el discurso y la realidad se mide en changuitos más chicos, trabajos más frágiles y deudas más largas.
Dicho de otro modo: allí donde la macro promete orden, la micro revela tensión; donde el discurso ofrece futuro, la cotidianeidad ajusta presente. Tal vez esa sea la síntesis del momento argentino. Ya no alcanza con invocar principios ni con describir crisis globales.
La “libertad” -si quiere ser algo más que una consigna- deberá empezar por responder cuánto más puede resistir la vida diaria antes de que cualquier relato se quede definitivamente sin sustento.





