Sobre un tema de Sui Generis
Buen vecino, discreto, amable, formal. Cuando llegó al barrio -tantos años transcurridos ya- fue motivo de curiosidad y al principio de chanzas en las que participé y ahora me pesan. No salía sino de saco –ambo, muchas veces-, calcetines al tono y el eterno sombrerito gris, de fieltro, que en oportunidades trocaba por otro –gris también, bombé, con cinta discretamente más oscura- que se quitaba ceremonioso para saludar a las damas. Era prolijo hasta para estar en casa, aunque reemplazaba sus zapatos acordonados, siempre lustrados, por alguna pantufla cómoda, y su saco por un suéter o un chaleco abrigado.
En la verdulería y en el almacén sabían de sus hábitos frugales. Se cuidaba. De tanto en tanto, algún chocolate, amargo siempre, como el cafecito que se permitía los viernes en ese barcito coqueto, cuando regresaba de lo de Amelia, a quien amaba con devoción no sé si absolutamente correspondida, para la que escribía versos de amor y pequeños ensayos de la vida en la ciudad, que conocía de caminarla palmo a palmo porque era un flâneur observador y sensible.
Más bien solitario, nostalgiaba a menudo. Entonces, iba a la costanera, a ver la imponencia del Plata, que nunca era el mismo. Sufría su timidez, que le impedía enfrentar la dureza de Cayetana, la tía solterona con la que vivía Amelia, quien permanentemente alertaba a su sobrina sobre la inconveniencia de una relación con un hombrecito del que se desconocían origen y trabajo. ¿Lo había visto alguna vez en overol, cumpliendo un horario, empuñando una herramienta, haciendo algo más que cuidar las macetitas de geranios de su balcón?
Yo, que tuve el privilegio de visitarlo a menudo en su departamentito, tan pulcro como el mismo Natalio, de disfrutar de sus conversas, interesantes siempre, de tener acceso a su biblioteca variada –leía algo de filosofía, para mí inaccesible y mucha literatura clásica y poesía, exquisita toda- tampoco me atreví jamás a preguntarle de qué vivía. ¿Qué importaba? Era estoico, medido, rutinario si se quiere. Buena gente.
Eso sí. Obsesivo en la preservación de su salud. Higiene, dieta, buenos hábitos, caminatas y controles. Se sobresaltó un día cuando al escuchar “Ruiz Natalio”, otro hombre se levantó para la consulta. Un Natalio derruido, excedido en peso, con dificultades para desplazarse, para respirar, ganó la puerta y luego el consultorio. Averiguó con el médico de siempre: “Está en las últimas. Trato de hacerle llevaderos estos meses finales”.
El hombrecito del sombrero gris quiso proteger su derecho a la alegría. Estuvo atento a la sorna de algunos, a la amabilidad esquiva de Amelia, para quien seguía comprando unas veces fresias y otras bombones, a la creciente hostilidad de Cayetana.
Cuando en el obituario apareció la participación del “deceso del señor Natalio Ruiz, cuyos restos descansan en un panteón de La Recoleta”, los vecinos se conmocionaron un poco. Comentaron que La Recoleta era el sitio perfecto, tan pituco como fue siempre, y empezaron a atar cabos: el departamento cerrado, el balcón desprovisto de malvones, la ausencia de los lugares que solía frecuentar, la desolación de la enamorada, la satisfacción poco disimulada de la harpía -que así apodaban a la tía-…
Yo acudo a menudo al sepulcro de Natalio, por los dos: por el que yace acá, y por el que debe andar la plaza mayor y las callecitas amables de vaya a saber qué ciudad de qué país, con su sombrerito gris y su prestancia. Para ese hombrecito que seguramente debe andar componiendo versos cuando no siembra geranios, de cuando en cuando deposito fresias o violetas, en una lápida de La Recoleta.





