En el corazón de la selva misionera donde el sol se filtraba sobre las gigantescas hojas de la vegetación y el aire olía a tierra húmeda y jazmines de monte, se erguía majestuosa Aldea Feliz. No había nieve, solo un calor amable y el canto de miles de insectos que acompañaban el curso del río Paraná.
Era Nochebuena, algo era diferente; no era el rocío que cubría los pinos y abetos plantados con tanto esmero por los primeros colonos alemanes, era una extraña quietud.
El Papá Noel local, Don Osvaldo, un hombre corpulento, de barba blanca, risa contagiosa, se encontraba preocupado. Su pipa de tacuara que siempre humeaba aroma a tabaco criollo y especias dulces… estaba apagada.
-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!- refunfuñó Don Osvaldo, sentado bajo un abeto que parecía un gigante vestido de gala, adornado con esferas de lapacho y guirnaldas de timbó.
-Sin mi pipa no encuentro la inspiración para recordar todos los deseos de los niños y la Navidad en Aldea Feliz, no puede ser así, sin mi pipa humeante los pequeños no tendrán sus regalos.
De repente un destello de colores vibrantes rompió la penumbra. Era Tico, un tucán de pico inmenso y plumas de azul eléctrico y naranja intenso. Tico no era un tucán cualquiera, era el guardián de los secretos del monte y el amigo de todos los niños del pueblo. Voló y reposó en los hombros de Don Osvaldo, mirando la pipa apagada con sus curiosos ojos negros.
-¿Qué te aflige, querido amigo?- graznó con voz preocupada.
Don Osvaldo suspiró: -Mi pipa… Tico. El fuego sagrado de la Navidad se ha ido de ella y sin él la magia navideña no será la misma.
Tico ladeó la cabeza: -El fuego viene de la selva guaraní y conozco al Señor de esos lugares… en lo profundo del monte se encuentra el Yacutinga, muy anciano, que guarda una brasa eterna, alimentada por el calor de la tierra y el sueño de los niños.
Los ojos de Don Osvaldo se iluminaron: -¡El fuego del Yacutinga! ¡Claro! Pero el camino es largo y la noche ya está sobre nosotros.
-No te preocupes- dijo Tico- yo conozco el camino y los pinos te guiarán.
Así, Don Osvaldo, con su traje rojo algo desgastado pero pleno de espíritu navideño y Tico, el tucán guía, se adentraron en la oscuridad del monte. Los abetos se alzaban como silenciosos centinelas, sus siluetas recortadas contra la luna llena que se asomaba entre las nubes. A medida que avanzaban el aire se llenaba de ruidos nocturnos: el croar de las ranas, el ulular de alguna lechuza, el canto de chicharras despistadas y el lejano aullido de monos carayá.
Caminaron por senderos cubiertos de hojas, esquivando lianas y raíces, mientras Tico volaba delante de vez en cuando. Sus colores fosforescentes brillaban con la luz de la luna. Finalmente llegaron a una pequeña gruta escondida detrás de una cascada de aguas cristalinas que llevaba a una cueva. Dentro, sentado sobre una roca cubierta de musgo, estaba el Yacutinga.
Un ave grande y elegante que en lugar de plumas comunes tenía un plumaje de brasas brillantes. Una luz cálida emanaba de él iluminando la gruta con su resplandor rojizo.
-¿Has venido por el fuego de Yacutinga, Papá Noel de Aldea Feliz?- graznó el ave ancestral con una voz que sonaba como el crepitar de una fogata.
Don Osvaldo asintió conmovido: -Sí, honorable Yacutinga, mis niños me esperan.
El Yacutinga extendió una de sus alas y una pequeña brasa incandescente que pareció palpitar con vida propia, flotó suavemente hasta la palma de la mano de Don Osvaldo.
-Este fuego es más que calor -dijo el Yacutinga- es la esperanza de los sueños no cumplidos, la alegría de los villancicos cantados con el corazón y el amor por tu comunidad. Solo con eso tu pipa arderá.
Con la brasa en su mano, Don Osvaldo y Tico, regresaron al pueblo justo cuando las primeras luces del amanecer comenzaban a teñir el cielo.
Bajo el mismo abeto donde habían comenzado su aventura, Don Osvaldo colocó la brasa en el hornillo de su pipa de tacuara… y en ese instante la pipa se encendió con una llama suave y un humo aromático que destellaba estrellitas, a jazmines, a tierra fértil, a la promesa de una buena cosecha, a familias construyendo hogares y al espíritu inquebrantable de la selva misionera.
El aroma se esparció por toda la comunidad llenando cada rincón con la verdadera magia de la Navidad.
Esa mañana los niños despertaron con sus regalos bajo los abetos y pinos disfrutando esa fragancia tan especial y dulce por la generosidad del soberano dueño del fuego sagrado. Así se selló en el libro del pueblo, escribiendo la historia, y cada vez que veían volar a un tucán, sabían que la magia de la Navidad siempre estaba a salvo gracias a su Papá Noel con pipa de tacuara y a su amigo Tico, un tucán de colores vibrantes…
Don Osvaldo sonreía… mientras su amigo volaba a otros cuentos, a otros lugares, a otros niños para cumplir sus sueños.
Seudónimo: Libertad
(*) XIII Concurso internacional de cuentos navideños





