Marta Collazo
Especialista en Arte-terapia
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“Solo no se forma nadie”, afirma Pujía, me emparento con esta cadena estética que viene desde siempre. Antonio Pujía y su obra escultórica nos depara un recorrido de su historia artística entrelazada con la historia de los lugares de su vida.
Sus recuerdos míticos lo ubican naciendo en una aldea pobre de Calabria, donde hacia juguetes propios junto a otros niños, esto sucedía a los 5 años de Pujía, a los 8 años ya estaba en Buenos Aires con la herencia de sus abuelos molineros, de los cretenses, etruscos, griegos, sin hablar nada de castellano comienza a tejer su vida.
Hubo una docente que lo alentó a seguir, a escribir, a pintar. Pujía nació en Italia en 1929/2018 y falleció en Buenos Aires. Estudió en las Escuelas de Bellas Artes: obtuvo premios, distinciones, participando en números salones de escultura.
En los años ‘80, como un homenaje a Modigliani, crea figuras femeninas lánguidas en mármol de carrara de tamaño grande que se duplican en pequeñas piezas. “La cárcel del alma”, elaborada entre el 76/80, compone una serie de imágenes de hombres y mujeres, son piezas que se separan, descomponen con lo que se pueden armar otras imágenes, otras metáforas, hay una serie de barrotes de metal que apresan estas formas, que delatan la imagen de esa época. Otra serie “desarmable” se inicia con la cabeza de un joven “inocente lleno de amores”, dejan salir de su interior una serie de parejas en bronce.
Otra serie “La crueldad”, es una cabeza de un anciano, que tanto por fuera y por dentro, se ve atormentado por una multitud de figuras, Pujía comenta que esta serie de formas intercambiables, fue pensado para que el espectador juegue, participe, transforme.
Hay infinidad de trabajos del artista, que manifiesta una suerte de trabajo con los ojos, la mirada: “hay un instante que me doy cuenta lo que dice la obra, ahí empieza el diálogo”, finalmente dice: “La persistencia que he tenido en esto me ayudó toda la vida”.
El psiquiatra suizo Carl Jung dice: “No nos urge saber la verdad, sino experimentarla. La necesidad imperiosa no es poseer una concepción intelectual, sino encontrar la senda hacia la experiencia interna, no racional y, quizás impracticable en palabras”.
Fue por los 60, profesor en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano, donde lo conocí, hoy después de tantos escribo sobre él. No soy escritora, no poeta. Pero como decía W. Benjamin: “si uno no se entrega al arrebato del decir…”.








