“No puedo resistir a la tentación de volver a escribir”, señaló Azucena Victoria Godoy Gómez (75) hace más de treinta años, pero su amor por las letras es claramente superior, por lo que recientemente estrenó “Corazón de plastilina”, su noveno trabajo dedicado, esta vez, a sus nietos: Santiago, Milena, Facundo, Francisco, Gino y Serena. “Es una necesidad, es como el apetito, es igual de fuerte que lavarme el pelo todos los días, son dos cosas que hago mucho de forma cotidiana”, manifestó quien empezó a escribir poesías de chiquita y llamó “Mi casa” a su primer poema.
En “Corazón de plastilina” -prologado por la licenciada Evelin Rucker- la autora ahonda en la memoria y la identidad. La metáfora del título sugiere que la palabra se moldea para dar forma a las vivencias, los afectos y la nobleza de un terruño que la autora adoptó como propio allá por 1955, según se desprende de la presentación efectuada a mediados de noviembre, en el Palacio del Mate. Además, materializó: Segunda piel, Corazón a mano, Pagaré sin protesto (prólogo de Gustavo García Saraví), La oscuridad del agua (orden composatelana al mérito por Sobrados motivos), Corriéndole un telón al corazón, Antología y Del amor y otras calamidades.

Contó que llegó desde Asunción, Paraguay, donde nació, cuando tenía poco más de cinco años. Lo hizo junto a sus hermanas: Carmen y Mirta, y a sus padres, el contador Silvio Godoy Jiménez y la licenciada en letras, Yolanda Ester Gómez Lópes, que se habían casado en Encarnación e hicieron su luna de miel en el hotel Savoy. La familia residía en 3 de Febrero y Catamarca y Azucena era alumna de la Escuela 4 “Fraternidad”, donde su primera maestra fue Elena de Iturrieta. Al último año de la primaria lo cursó en la Escuela 3 “para a terminar con Roberto Rolón, que era el maestro de séptimo grado que todos teníamos que tener para lucirnos con el examen de ingreso a la secundaria”. Rolón era, además, su profesor de danzas españolas y clásicas en el Conservatorio Fracassi. Esto le permitió, con los años, abrir la primera academia de danzas en la localidad de Jardín.
Recordó que Lyda Beatriz “Nené” Vignolles, que era su maestra de segundo grado, “me incentivó y estuvo detrás de mí” en lo que respecta a las letras como al recitado. “Hice por primera vez mi recital en la sala “Maruja Ledesma” cuando “Tito” Morales era su director”, comentó quien también cantaba folclore.
Con la belleza que la caracteriza, en el Colegio Nacional fue electa reina aniversario y, más tarde, soberana de los estudiantes de Posadas y provincial, en 1967, coronada en San Javier. “No me creía linda, me creía divertida. Era muy buena alumna y fui la primera que llevé una bandera de Misiones”, contó, quien obtuvo el título de maestra en la Escuela Normal, aunque tenía ganas de estudiar medicina. “Fui a rendir a la UNNE de Corrientes, salí bien, pero me enamoré y los planes fueron otros”, manifestó la licenciada en organización, gestión y administración educativa, madre de Lisandro, Luciano y Leonardo Leoni.

Otros escenarios
Expresó que, por los 200 años de la fundación de Buenos Aires, realizó un recital en la sala “Enrique Muiño” del Centro Cultural San Martín y en el Teatro de las Provincias. Lo que hacía era recitar. Quería ser y creo que superé a la actriz y recitadora Berta Singerman, a quien vi en dos oportunidades. Estudié y me recibí de profesora de declamación y teatro, con la directora de teatro, Azucena Zelaya, de la Escuela Julio Correa, de Asunción. Cuando terminaban las clases, no tenía vacaciones. Con mamá, viajábamos en colectivo desde Encarnación y nos quedábamos en casa de la abuela. Papá, que era un gran crítico, un buen lector y un frustrado periodista, decía que era redundante porque el que hace teatro está declamando, y declama la letra de otro, por eso decía que yo la llame Escuela de Arte”, explicó quien durante 35 años se desempeñó como profesora de filosofía, ciencias de la educación, con orientación en pastoral juvenil, en el Instituto Superior del Profesorado Antonio Ruiz de Montoya.
Respecto a su presentación en Buenos Aires, expresó que “llegué hasta ahí por mi propia cuenta, lo leí en los diarios y pedí una audiencia con el director del Centro Cultural San Martín, que era un coronel, porque quería hacer un recital poético. Me indagaron y un día llegó un telegrama diciendo que me presente en Buenos Aires de tal fecha a tal fecha. Me quedé en el hotel San Carlos. Me llamaron para preguntarme si podía actuar en la noche. Hacía cambio de vestuario en seis ocasiones. Después de dos temas, entraba a cambiarme, con la asistencia de mis dos hermanas Carmen y Mirta”.
Aseguró que “para mí era fácil enfrentar a un público multitudinario, me gusta más. En Buenos Aires fue un desafío. Corría el mes de julio de 1980. En la primera fila se encontraba la misionera Mabel Marelli y Ricardo Alfonsín, quienes me fueron a saludar. Aprendí todo esto gracias al incentivo de mi maestra de segundo grado ‘Nené’ Vignolles, y empecé con los recitales”. En total fueron cerca de treinta. “Recito, teatralizo la poesía y la voy convirtiendo en una obra de teatro. A la gente le gusta mucho. En el Centro Cultural Vicente Cidade, de Posadas, estuve dos veces. Y estoy dispuesta a actuar, si me llaman”, desafió. En el Festival Nacional de la Música del Litoral “recité y bailé la misa criolla de Ariel Ramírez, vestida de verde, con el grupo del Conservatorio Fracassi, dirigido por el profesor Roberto Rolón. Entre ellas, estaba Norma Vera, Cristina Galmarini y Mercedes Echeverría”.
Asimismo, Azucena, quien pudo pisar la tierra de los cinco continentes, tuvo un rol activo en la gestión pública, ocupando cargos como el de Directora de Cultura, Deporte y Turismo y Subsecretaria de Gobierno, Municipal y de Turismo Social.
También estuvo en la extensión cultural de la Cámara de Representantes, desde donde promovió la Antología compilada “Mujeres en voz alta”. Así se logró homenajear a distintas mujeres de Misiones, publicando sus poemas. Algunas tuvieron la posibilidad de editar también sus libros. Para ello recorrió los lugares más recónditos de la tierra colorada en un viejo Torino.
El primer tomo estaba dedicado a la docente Clotilde González de Fernández Ramos. El segundo tomo fue en homenaje a la médica Marta Teodora Schwartz, llamada el “Ángel de la Selva”.











