Patricia Couceiro
Máster en Constelaciones
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Cada 6 de enero, la figura de los Tres Reyes Magos vuelve a ocupar un lugar central en nuestra memoria colectiva. Melchor, Gaspar y Baltasar no son solo personajes de una tradición infantil: representan un relato ancestral sobre la búsqueda, la fe y la capacidad humana de reconocer lo sagrado en medio de lo cotidiano.
Según el Evangelio de Mateo, eran sabios de Oriente que, guiados por una estrella, emprendieron un largo viaje hasta Belén para rendir homenaje al niño Jesús. No partieron por casualidad ni por imposición. Partieron porque supieron leer una señal y confiar en ella. En ese gesto se vuelven símbolo de todos aquellos que, en algún momento de la vida, sienten un llamado interior y deciden escucharlo.
El camino de los Reyes Magos no fue simple ni cómodo. Atravesaron desiertos, incertidumbres y noches sin respuestas. Como toda búsqueda verdadera, implicó renuncias y preguntas sin resolver. Sin embargo, siguieron avanzando, sabiendo que la fidelidad al camino es, muchas veces, más importante que la certeza del destino.
Los regalos que ofrecieron tampoco fueron elegidos al azar. El oro, signo de realeza, reconoce a Jesús como Rey; el incienso, utilizado en rituales sagrados, honra su dimensión divina; y la mirra, asociada al dolor y a la muerte, anticipa su condición humana. Cada presente encierra una verdad profunda: luz, misterio y fragilidad conviven en un mismo ser, como conviven también en cada uno de nosotros.
En el acto de ofrecer, los Reyes Magos enseñan algo esencial: no se trata de llegar con las manos llenas de objetos, sino con el corazón dispuesto a reconocer. Reconocer lo sagrado en lo pequeño, lo extraordinario en lo simple, lo eterno en lo frágil.
Hoy, en un tiempo marcado por la prisa, el ruido y la distracción, esta historia nos invita a detenernos. Nos recuerda que todavía existen estrellas que pueden guiarnos, si nos animamos a mirar hacia adentro y a sostener el silencio necesario para escucharlas.
Quizás los Reyes Magos no llegan solo una vez al año. Tal vez regresan cada vez que alguien decide confiar en su intuición, seguir una señal y caminar aun cuando el camino no esté del todo claro. Regresan cuando elegimos la fe por sobre el miedo, la búsqueda por sobre la comodidad.
La enseñanza permanece viva: cada uno de nosotros es, en algún momento, viajero y ofrenda. Somos quienes buscan y también quienes entregan. Y el verdadero regalo no siempre es aquello que esperamos recibir, sino aquello que nos animamos a dar: tiempo, presencia, verdad, amor.
Que cada 6 de enero sea una invitación a preguntarnos qué estrella estamos siguiendo y qué dones llevamos en el alma. Porque cuando el viaje nace desde lo más profundo del ser, incluso el camino más incierto puede convertirse en un acto sagrado.








