No importa la edad, en la escuela siempre hay lugar

Ramona Bonjoni tiene 39 años y una oportunidad que no desaprovechó, comenzar primer grado. La meta, capacitarse para una vida mejor.

17/03/2019 16:17

Fotos gentileza Gladys Acuña

La búsqueda del saber no tiene edad, el conocimiento no ocupa lugar. Ramona Bonjoni lo entendió y sus 39 años, llenos de dificultades, pero también de alegrías, no fueron impedimento para comenzar su escuela primaria.

Ramona celebra la vida y sigue, se seca la frente y continúa sin prisa y sin pausa su primer grado en la Escuela para Jóvenes y Adultos 53 que funciona en horario nocturno en el barrio San Miguel.

Nació en Campo Ramón, creció junto a nueve hermanos, una eterna mamá y un padre que faltó más de lo que estuvo.

Su madre intentó escolarizarla en su infancia pero al ser sostén de hogar iba a los campamentos de tarefa con todos sus hijos y eso generaba que la escuela quede en un segundo plano. Ramona sabe de la cosecha a mano desde los siete años, a los once tarefeaba de manera independiente, aportando sus ingresos para la economía de la casa.

Creció y siguió en la misma actividad de manera ininterrumpida, hoy es madre de cinco hijos, los mayores trabajan en una chacra de manera permanente y una de sus hijas vive al cuidado de su hermana desde que era niña, aunque mantiene una excelente relación con ella y hace ocho meses la convirtió en abuela.

Siendo adolescente se trasladó a Villa Mosquere, donde formó su familia pero nunca abandonó la cosecha, mientras su salud lo permitía. Con el tiempo, la bebida hizo que un día se encuentre sin compañero y acostumbrada a transitar la vida con dignidad y sin esperar milagros, arremangada y sin chistar, trabajó y mantuvo a sus hijos.

Hace once años pudo acceder a una casa en el barrio San Miguel y pronto trajo a su mamá para que esté cerca suyo. Hoy son vecinas y compañeras de mate y pan casero. Luego de algunos intentos siendo adulta, este año llegó a la escuela nocturna decidida a iniciar su primer grado y de paso acompaña a su hijo que asiste sexto en el mismo establecimiento, madre e hijo vienen juntos, saludan a la Bandera y pasan a sus respectivas aulas, con dignidad más que con orgullo, como mostrando “cómo se hace”.

Ramona quiere aprender a leer y a escribir para obtener un trabajo mejor, uno que no exija tanto a su cuerpo cansado. Y en medio de crisis, corridas cambiarias y procesos eleccionarios, ella da lección de cómo se hacen los sueños, “a mano y sin permiso”, como decía el poeta.