Mundo: Contra los migrantes de todos los colores

El caso de los niños en campos de refugiados de Estados Unidos exhibe los extremos del uso político de la inmigración y su represión por parte de un liderazgo ultranacionalista que se multiplica en el planeta.

22/07/2018 18:53


La inmigración parece estar explicando el caos del mundo en estas horas. Es el argumento que sostiene las columnas de la ultraderecha europea y oculta al mismo tiempo las oscuridades del sistema de distribución colocando a los pobres como víctimas de esa otredad hostil y alienada.

El maltrato al otro, su rechazo y expulsión, factura a favor de los xenófobos. Matteo Salvini en Italia ha venido a confirmar la ecuación. Del otro lado del océano esta agonía se ha convertido en la principal herramienta del gobierno de Donald Trump para intentar encaramarse sobre la oposición demócrata y buscar una victoria en las legislativas de noviembre próximo.

Si existe una condición que homogeneiza a estos líderes es la brutalidad de su dialéctica y de la acción con la que intentan validarla. Así como Trump califica a los refugiados de “animales” que “infectan” a EEUU su colega húngaro Viktor Orbán, dispone cárcel de al menos un año para quien ayude, incluso con consejos, a los migrantes que huyen de la pesadilla de sus países.

Debería haber quien aconseje a Trump a cuidar un poco la lengua, si es que eso fuera posible. El jefe de las SS de Hitler, Heinrich Himmler, se refería de ese modo a los judíos y otras minorías que envió a la masacre metódica y sistemática. Eran los “subhumanos animales … (de quienes había) que deshacerse como quien se deshace de los piojos”, decía con esa banalidad del mal que reflejó implacable Hannah Arendt.

Como en tantas otras cuestiones, este litigio está rodeado de un amplio manto de mentiras, un territorio en el cual el presidente norteamericano muestra comodidad existencial. Para defender sus medidas que llegaron al extremo de separar a los niños de sus padres y amontonarlos en centros de refugiados con jaulas y maltratos, Trump revoleó su mantra de que los inmigrantes traen la enfermedad y el vicio. Citó el ejemplo de una Europa en el caos por la delincuencia creciente debido a su flexibilidad con la integración, argumentos del libreto de los neofascistas del Viejo Mundo, y denunció el gasto fiscal que implica el ingreso crónico de millones de migrantes.

Lo cierto es que la delincuencia en Europa y Alemania, en particular se ha reducido de un modo consistente. La estadística muestra un estrechamiento notable de la delincuencia que involucra a los extranjeros. Pero hay otro punto crucial en el argumento, al revés de lo que se sostiene, el flujo de migrantes se ha reducido sensiblemente en EEUU y Europa. Aún así, los gobiernos se han radicalizado.

El actual embrollo de Trump, que ha venido zizagueando con sus medidas represivas y escapando con contramedidas de las críticas y asombro que han despertado, nace de su decisión de que se presenten cargos criminales contra cualquier extranjero que intente ilegalmente ingresar a su país. Esa disposición de “tolerancia cero” incluye a quienes lo hacen reclamando asilo, lo que implica de paso la violación de leyes internacionales que EEUU ha respaldado. Pero lo central es que cambió el esquema. Al imponer ese tipo de cargos los migrantes deben ser detenidos, pero la ley autoriza solo a retener a los niños durante un mínimo de 20 días. Trump supuso que resolvía el problema apartando a los chicos y derivándolos a campos de refugiados.

La idea causó revuelo al conocerse el daño que sufrían los pequeños y el desgarro de sus gritos pidiendo por los padres. Trump, entonces, en lugar de salvar el error con una llamada, ceremonió con una nueva disposición que impone la reunificación de las familias. Un decorado muy precario que agravó el problema. La orden no era retroactiva por lo que esos chicos quedaron en un limbo en sus jaulas. Y nadie sabe qué hacer ahora con los nuevos migrantes que llegan con sus niños porque no se los puede separar y por lo tanto, tampoco, arrestar. Para salir de ese enredo, la Casa Blanca reclama que se permita detener a las familias junto a sus hijos sin límite temporal. Una barbarie que es improbable que obtenga aval del Congreso o la Justicia. Trump debe celebrar los callejones.

Este proceso con formato de crisis se produce en EEUU y en Europa con la paradójica disonancia que señalamos anteriormente. Son menos y no más los flujos migratorios en esas fronteras comparados con años anteriores aunque incluso el número de desplazados haya aumentado en el mundo a 68,5 millones.

Un informe publicado por The New York Times refiere que se redujo el volumen de mexicanos buscando llegar al norte. “En parte por la declinación de la fertilidad de ese pueblo desde los ‘70 y, además, porque la economía está mejor que en los ‘80 y ‘90 cuando su estallido promovió éxodos masivos”.

“Los arrestos en la frontera cayeron el año pasado a su nivel más bajo desde 1971”, añade. En Europa a su vez, después del millón de migrantes de 2015, el flujo se derrumbó a 374 mil en 2016, y menos de 200 mil el año siguiente, según datos oficiales de la UE. Sucede que los refugiados se reparten en áreas de su propia región debido a que se les impide seguir o porque así lo deciden como en África o Asia.

¿Por qué entonces este problema sigue en el tope de las agendas? El río subterráneo es otra crisis, no tan oculta, la de la desigualdad acuciante de ingresos que ha pulverizado el régimen igualitario que regía desde la Segunda Guerra.

El resultado es la frustración de los sectores que se achican, en particular la clase media y la respuesta a ese desencanto por parte de la dirigencia nacionalista que emerge culpando a la otredad por esa deriva.

Un informe del World Inequality Lab revela que desde los años 80 el 1% del decil de mayores ingresos recibió el doble que el 50% más pobre. La clase media global, que contiene 90% de la población de Europa y EEUU se contrajo en ese período. El informe registra una enorme trasferencia de riqueza del sector público al privado los últimos 40 años “que trajo como consecuencia una aguda concentración de la riqueza”. Y por supuesto la reducción de la habilidad de los Estados para equilibrar la balanza. Concluye: “La clase media mundial en términos de riqueza se reducirá si las condiciones actuales no cambian”.

Salvini, Trump y compañía le hablan a ese universo disgustado en cómo suceden las cosas y el argumento no es el cuestionamiento del sistema que hace eso posible, sino la invasión de un otro al cual se hace responsable de las penurias. Sean muchos o pocos pero distintos. La xenofobia es tanto arma como herramienta política. Pero también suele ser una trampa para sus ejecutores.

El Center for Global Development registra que en los países con mayores diásporas el ingreso per capita aumenta de modo geométrico.

En un “Camino a través del aire”, uno de los cuentos de Crónicas Marcianas, Ray Bradbury narra el cansancio por el maltrato y discriminación de la población negra del sur de EEUU. Para escapar de esa calamidad, se organizan… han construido cohetes en secreto y se aprestan a embarcar en ellos y abandonar por siempre un sitio donde son ciudadanos de segunda, casi animales.

Los blancos primero se burlan de la novedad, no los quieren, que se vayan, los desafían. Pero luego advierten el costo de esa pérdida. Un racista, que es uno de los ejes del cuento, el ferretero Samuel Teece, los extorsiona con los mismo modos brutales con los que antes los reprimía para intentar mantenerlos en su lugar y en los empleos que los blancos no quieren ocupar. Pero nada es ya posible y los cohetes parten llevando a los negros en su interior y dejando abajo a los blancos desolados con su realidad de aeroplano, pequeña y chata.

Por Marcelo Cantelmi. Artículo publicado en clarin.com