El sueÁ?±o de los Pumas se agigantÁ?³ con otra actuaciÁ?³n para el recuerdo

Rugby | La Copa del Mundo 2007

01/10/2007 00:00

<p> PARIS.- La gloria dignificó como nunca al vencedor, y la impiadosa desolación se apropió del alma de los perdedores. Se esperaba ese cuadro, con esos contrastes tan opuestos, pues eso determinaba este choque de colosos en el cierre de la etapa eliminatoria. Cada uno había sido verdugo del otro en cruces mundialistas previos, y este tercer capítulo presentaba las mismas características decisivas. Ambos asumieron ese compromiso, pero los que mejor lo resolvieron fueron los guerreros argentinos. Fueron héroes en París en el debut, y reforzaron esa condición nuevamente en la Ciudad Luz, que resplandece más con el brillo de los Pumas. Al ver a los gladiadores de Loffreda, festejar la sensación que se decanta es inconfundible: la solvencia con la que se desempeñaron los Pumas en Parc des Princes es la razón más contundente para este acontecimiento memorable. En el Grupo de la Muerte , el seleccionado argentino salió indemne, con una vitalidad arrasadora. Terminó erguido, en lo más alto de las posiciones en una misión de extrema complejidad. Entonces, ¿cómo no caer en el lugar común de decir que esto es un hito? La inobjetable victoria ante Irlanda por 30-15, la más clara ante los de Verde (del 16-0 de este año no participaron todas las figuras de ambos conjuntos), hay que incluirla en la lista de las grandes conquistas argentinas. Los disparos certeros de Hernández -el último drop de zurda fue una obra maestra-, Felipe Contepomi y las punzantes corridas de Borges y Agulla serán las resultantes de un logro formidable. Pero los fundamentos del nivel altísimo de rendimiento estuvieron en los planes diseñados para desarticular las virtudes de los dirigidos por O Sullivan. Fiereza, coraje, sacrificio son atributos que siempre distinguieron a la selección de nuestro país, pero lo más fuerte que se le nota en esta Copa es la lucidez mental que, en comunión con la entrega inconmensurable, se transforman en una fórmula, que da signos de imbatibilidad, aunque suene exagerado en este momento del éxitoso recorrido trazado. De todas maneras, hubo unos pasajes de zozobras, con los diez minutos iniciales soportando la vehemencia Irish, pese a que unos chispazos -como la corrida en soledad de Felipe Contepomi llevándose la pelota con el pie y que Hickie anuló con su velocidad- alimentaron la certeza de que podía ser un gran día. En ese comienzo cautivante, Ostiglia robó un line, pero hubo pequeñas fallas en el control de la posesión. Se produjo un corto intercambio de cosas buenas y otras no tanto. Nada de eso derivó en vacilaciones; por el contrario, la reacción fue categórica: en un scrum en cinco yardas de los irlandeses, Longo y Pichot atacaron por el ciego, y Borges remató una acción que incluyó la distracción de los marcadores rivales. Esa conquista devolvió a la Argentina al encuentro, y las cosas empezaron a cambiar en favor de los vencedores, aunque O Gara pronto achicó la diferencia. Sin embargo, la reacción se extendió por el resto del primer período, con una pareja de conductores brillantes -Pichot y Hernández-, y un pack que puso el cuerpo y el corazón para ganar la batalla fundamental, con la que se empieza a gestar toda epopeya. Otra pequeña falla, de Manuel Contepomi, para no dejar pasar a O Driscoll, y el N° 13 se filtró a pura potencia para dejar, por primera vez y sólo por tres minutos arriba a los europeos (10-8). Poco antes del intervalo, un segundo drop de Hernández recompuso el espíritu y, sobre el final, en una acción colectiva precisa, Agulla voló hacia la bandera izquierda. Excelente cierre: 18-10, dos anotaciones y aferrados al primer puesto con los dientes apretados. Los forwards aparecieron para desgastar con un maul y la respuesta de los del Trébol provocó una infracción: Felipe Contepomi amplió el marcador en la reanudación. Pero otro espacio libre que dejó Manuel Contepomi le permitió perforar a O Driscoll, y con superioridad numérica, Murphy apoyó en el in-goal. Esta conquista insinuó una recuperación de los irlandeses, pero la fortaleza Puma nunca se debilitó. Tras ese transitorio decaimiento, se consolidó nuevamente la Argentina para terminar sometiendo a los resignados irlandeses -entraron en ese estado progresivamente-, porque ni los cambios aportaron bríos renovadores. Felipe Contepomi castigó con dos nuevos penales, y para la despedida, como premio extra, otro disparo de sobrepique -de zurda- del mágico Hernández como corolario del majestuoso éxito argentino. La Argentina está en el cuadro de honor de los mejores del planeta, un sitial que merecía justificadamente, pero que en 2003 no pudo alcanzar. Por eso, y por el presente extraordinario, el sueño crece, no tiene límites. Y no es por una cuestión triunfalista, sino por la clase de un equipo que nace desde la humildad y tiene como bandera la lucha. </p> La tarea del árbitro no tuvo incidencia Durante la semana, mucho se había hablado sobre el papel que tendría el árbitro neozelandés Paul Honiss. Su desempeño, finalmente, fue bueno; se le pueden cuestionar algunos fallos, pero no tuvo incidencia en el juego ni se mostró tendencioso. Por Santiago Roccetti Enviado especial Gonzalo Longo Dentro del enorme espíritu combativo que exhibió la Argentina, el octavo sobresalió notablemente, con un despliegue descomunal y una vocación por el tackle, que contagió a todo el equipo. Las claves 1) Un planteo inteligente La Argentina hizo lo que mejor le convenía: no darle a Irlanda la posibilidad de decidir, ni de que se sintiera cómodo a partir de sus riquezas técnicas. 2) Dos conductores de lujo La claridad para guiar de Pichot y Hernández. Los dos llevaron con sabiduría las riendas de un seleccionado que no claudica ante ninguna adversidad. 3) Un pack combativo Los ocho constituyeron un bloque determinante para el funcionamiento grupal. Sin ese primer éxito en la pulseada, no hubiera sido posible ejecutar ningún plan.